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Yolanda Arrieta Malaxetxebarria > Extractos

Narrativa

2001 Aguja e hilo | Alberdania

Supongamos que yo soy tu madre y tú mi hija. Supongamos que aún no has nacido y que en el año 2012 cumples 18 años. Supongamos que te hacemos este regalo.

Supongamos eso...


¿Qué somos? ¿Lo que por naturaleza traemos con nosotros, o lo que hacemos a lo largo de nuestra vida? ¿Una mezcla de los dos, tal vez?
Estas son las preguntas que me han servido de base a la hora de escribir Aguja e hilo; porque por un lado, somos un cúmulo de historias que vamos cosiendo; pero, al mismo tiempo, las semillas de dichas historias nacen ya con nosotros, como nuestros ojos, nuestras piernas, nuestros brazos y nuestro corazón.
Ésta es, pues, la esencia: la historia que cuenta una madre a su hija que está a punto de nacer. Una historia en doble sentido, porque, aunque parte de una base real, Aguja e hilo es ficción en un 99%. Por otro lado, y aunque está construida a trozos y filtrada por un tamiz personal, Aguja e hilo hace un recorrido a través del último siglo.

La madre soy yo. La amama es mi madre y la abuela es la madre de tu padre.
La madre coserá las ramas familiares de la amama y de la abuela, y anudará los hilos que unen su niñez con el momento de nacer su hija. Contará sus vivencias en Jostunetxe, la casa familiar, y todo lo que ha oído de boca de la amama y de la abuela. También hablará de tu padre. Utilizará la primera persona y aunque se le noten guiños de la amama o de la abuela, ella usará frases más cortas.
La amama desenredará los hilos de su juventud y de su época adulta, desde que se casó y se marchó a vivir a Jostunetxe hasta nuestros días. Con estos hilos nos dará a conocer a tu aitita. Hablará también en primera persona, pero con las palabras de su tierra.
La abuela devanará sus historias de ciudad y nos hablará de tu bisabuelo, de tu abuelo y de tu padre. Lo hará en primera persona, en un lenguaje urbano con guiños de su pueblo natal.
Además de estas mujeres, aparecerá una cuarta voz. Esa voz lo coserá todo, como si fuera una aguja de verdad, pero lo hará con la ayuda del hilo sin fin, que es el tiempo. Utilizará la tercera persona y un lenguaje parco y escueto.

Por lo demás, las herramientas cotidianas de costura irán disfrazando los acontecimientos de cada momento. Así mismo, un trozo de cuero, una tela o un vestido negro irán apareciendo a medida que finalice un ciclo y comience otro. A pesar de lo dicho, no te olvides de una cosa: esta historia de ficción no es la historia real de nuestra familia.

Porque todo lo que hemos tirado a la basura, trozos de tela, hilos, agujas, patrones y tizas, eso también es historia.

...Y también son historia los bolsillos, parches, botones, cinturones, cuellos y mangas que hemos dejado en el costurero para cosérselos a otro vestido...

...Así como la camisa, los pantalones y la txapela del muñeco de la noche de San Juan...

...Y esos apuntes de costura de la amama que han quedado para otra ocasión...

...Y el vestido rojo que tu abuela recordó mientras me contaba sus historias de cuando cosía...

...Y los trajes marrones y azules que aparecen en las fotos de tu aitita y tu abuelo...

...Y los cuentos de Ojal pequeño y Botón Grande que te contará tu padre cuando salgáis de paseo...

...Y el patrón que hemos creado para escribir esta historia...

...Y los remiendos que nos han quedado por coser en el corazón...

...Y los hilvanes que han quedado en nuestra cabeza a la espera de su propia puntada...

...Y las palabras-puntadas que estoy cosiendo-escribiendo en este momento para dar comienzo a esta historia...

Porque la Historia y el Tiempo son dos telas sin borde.
Que tienen su comienzo al final y su final en el comienzo.

Sin cortes, sin esquinas.
Al principio
Al principio todo estaba desnudo. El pueblo parecía un solar sin tierra y el barrio, una casa sin paredes. La calle, un cuerpo sin vestido.
Alguien creó la tierra, pues era menester un lugar donde posar.

Otro construyó las paredes, pues era preciso un lugar para guarecerse. El tercero juzgó necesaria la ropa, para que no se ahuyentaran las almas.
Y se pusieron a coser.
Entonces, se dieron cuenta de que los ropajes, además de cubrir almas, servían para esconder vergüenzas, tristezas, alegrías y todo tipo de emociones.
Y que también servían para calentarse...
O para resguardarse...
Para adornarse...
Para hacer regalos...
O para recordar...
Hasta que un día vieron que tenían los armarios llenos de vestidos.

...Pero ya no recordaban lo que era coser...
Tres palabras
Supongamos.
Supongamos que Txomin es el primero.
Y Mari, su mujer.
Supongamos que nos hallamos al principio de la Prehistoria. Los hombres y las mujeres trabajan la piedra, cazan y recogen los frutos.

Txomin es joven y alto. Y también es fuerte. Como Mari.
Txomin está contento y orgulloso. Hoy se ha levantado temprano y ha salido a cazar. Mari se ha quedado en la cueva. Mari vino anteayer a vivir con Txomin. Para ello, la madre de Mari le prestó a Txomin el vestido de su difunto marido, y, en ese instante, Txomin se convirtió en el marido de Mari.
Es por eso por lo que hoy Txomin está contento. Porque Txomin es ya un hombre, y porque lleva la piel de jabalí más hermosa del bosque, y porque esa piel, además de darle la fuerza del jabalí al que pertenecía, lo impregnará del espíritu de quien la vistió. Mari ha recibido como herencia los colmillos del animal. Se los dio la madre, en memoria de su padre, para que la sombra de la negra tormenta no le hiciera ningún daño. Mari se los quiere colgar del cuello, como un collar. No sabe aún que está a punto de crear una joya que se usará como adorno miles de años después. Para Mari ese colgante hecho de venas y colmillos de jabalí no es más que una protección, un amuleto, un talismán.
Mari está en ello cuando entra Txomin en la cueva. Trae la mejilla izquierda cortada y el sayo de piel de jabalí rasgado de arriba abajo:

—¡Camisa rast crasc!

—pronuncia tres vocablos, respira agitadamente y muestra a su mujer la piel rasgada.

—¡¿Camisa rast crasc?! —repite Mari los tres vocablos, mitad pregunta, mitad exclamación, las manos a la cabeza y un gran temblor en el corazón.

Txomin deja en el suelo el jabalí recién muerto que traía a hombros. Después, pasa la mano por la húmeda mejilla y comienza a representar cómo lo cazó como si con ello quisiera recibir el perdón de Mari. Poco a poco, el ceño de ella comienza a relajarse.
Txomin acaba con sus explicaciones y se quita la camisola. Mari recoge del suelo la piel que perteneciera a su difunto padre y mira la cara de su hombre. Da tres pasos y se acerca a él. Lame su herida, y, de paso, limpia también la sangre, ya seca, que recorre su cuello.
Los lamidos se vuelven mimos, los mimos caricias, las caricias gritos, y, de pronto, se olvida el dolor.
Después de yacer con su mujer, Txomin se levanta del suelo y comienza a despellejar y trocear con un hacha el jabalí recién cazado. Por si no fuera suficiente con haberlo matado, lo golpea una y otra vez, como si con cada golpe quisiera castigar al culpable de sus heridas. Duele, de nuevo, la mejilla. Duele, también, la sombra del sayo.

Mari calla. El búho ulula. Viento. Estrépito. La mujer comienza a hacer fuego.
Un palo y dos manos. Mari frota y frota el palo con sus manos. Y del palo sale la chispa. Y de la chispa la llama. La llama hace crecer el fuego. Del fuego nace la luz. La luz ilumina la negra cueva.

Mari mira las dos pieles, la vieja y la nueva. Las coloca una junto a otra. ¡Si hubiera algún modo de unirlas!
Mira a su alrededor. Necesita algo. Necesita algo pero aún no sabe exactamente qué es. Su hombre duerme. Los trabajos con el hacha y otra clase de trabajos lo han dejado exhausto. Mari observa a su alrededor y se lleva la mano derecha al cuello. ¡El amuleto! ¿Dónde está?
¡Ah! Enseguida lo recuerda. Estaba justamente atravesando los colmillos con el hilo de vena en el momento en que entró Txomin en la cueva. Lo recuerda bien, porque los colmillos tenían dos agujeros pequeñitos. Parece que su imponente amo sufría de caries. Mari remata su trabajo y atraviesa fácilmente el agujerito de uno de los colmillos. Luego hace lo mismo con el segundo.

Más tarde, coge una antorcha y dirige sus pasos al exterior de la cueva. Lleva uno de los colgantes al cuello y el otro en la mano. Y va al otro barrio. Donde otra vecina. Donde otra Mari.Y llega.

Mari primera ofrece a Mari segunda el amuleto que lleva en la mano. A cambio, Mari primera pide con gestos a Mari segunda el hueso de pescado que tiene en el suelo. Mari segunda entiende enseguida lo que le propone la primera. Y lo acepta.
Ahora, Mari primera vuelve a su cueva con la raspa de pescado en la mano.
Al llegar, coge la vieja piel rasgada. Hace unos pequeños cortes en la esquina con el hacha de su hombre. Hace lo mismo con la nueva. Después las pone una junto a otra y va pasando la raspa con la vena por cada uno de los agujeros de ambas pieles.
Y cose.
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