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Euskal Idazleen Elkartea

Xabier Galarreta > Extractos

Narrativa

2001 | Hiria

Micro relatos extraídos del libro Kosmogonia

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LXX



Metido dentro de la botella, el mensaje llevaba cientos de años en el mar. Llevaba el mensaje de un naufrago verdadero que lanzó la botella al mar. Habían pasado cientos de años desde entonces y el naufrago ya estaba muerto, claro (de sed, de hambre y de soledad o devorado por caníbales, a saber). Pero la botella siguió atravesando los mares, como si en su interior llevara un mensaje de vida o muerte, juguete de las olas, amiga de las corrientes marinas. La botella nos demostraba que el mundo era realmente redondo, y por tanto, que también era infinito (como el cosmos, o sea, redondo e inacabable, o sea, como un sueño, o sea, como la Eternidad que todos al parecer nos espera a todos nosotros). En el mar el viento rugía a menudo –aunque nunca haya habido nadie para poder asegurarlo, excepto nuestra intrépida botella-. Un día, en cambio, la botella llegó a una playa, donde un chaval estaba jugando. Recogió la botella, sacó el mensaje de dentro y lo leyó. Decía así: Sálvate. Esa es “la historia del mensaje que llevaba cientos de años metido en una botella en el mar”.

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LXXXV



Aquel hombre dominaba todas las lenguas. Hace miles de años, hizo un pacto con el Diablo: el Diablo le daría el tiempo necesario para aprender todas las lenguas; y tras ello, el hombre le ofrecería su alma, como regalo. Habían pasado miles de años y ya había aprendido todas las lenguas que hay en nuestro planeta, incluidas sus variantes. Estaba sentado sobre una roca, a la espera de que el Diablo hiciera acto de aparición, pues en breve aparecería ante él a reclamar su alma. En una de estas, el Diablo apareció a su lado y le preguntó si ya había aprendido todas las lenguas. El hombre comenzó a explicarle el largo y complejo proceso de su aprendizaje, pero el Diablo le interrumpió, diciéndole que no entendía nada de nada, que a ver qué lengua era esa. El hombre le miró sorprendido, y finalmente le explicó su asombro mediante signos. Entonces, el Diablo sacó un magnetófono, le ordenó al hombre que hablara, y le grabó lo que decía. Luego, le dijo que se callara, rebobinó la cinta y le hizo oír al hombre lo que acababa de decir. El asombro del hombre sobrepasaba todos los límites, pues ni siquiera él entendía las palabras grabadas en el magnetófono, aunque fueran pronunciadas por él. Siendo tan malvado como el Diablo –como suele ser habitual-, adivinó inmediatamente la razón: mezclaba todas las lenguas del mundo y ni él mismo entendía la lengua en la que hablaba ahora. Al Diablo le hizo tanta gracia que le perdonó al hombre la deuda y marchó de allí partiéndose de risa, dejando al hombre sentado sobre una roca y estupefacto. Esa es la “historia del hombre que dominaba todas las lenguas”.

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XCIII




Fue el primero que arrancó a la naturaleza el secreto de convertir las piedras en oro. ¡El sueño de tantos y tantos alquimistas, una riqueza tal que ni todo los reyes del mundo juntos pudieron soñar! El alquimista estaba muy nervioso. Llevaba más de cuarenta años en aquella cárcel acondicionada como laboratorio. Pues el Rey le dijo: Hasta que encuentres el modo de convertir las piedras en oro, estarás preso en este laboratorio. El rey cumplió su palabra. En lo que a él le correspondía... allí estaba el descubrimiento, lo tenía frente a sus ojos, el descubrimiento que le traería la libertad. Por el contrario, aquel mismo día, se llevó otra gran sorpresa: el rey le hizo ir ante él y así le dijo: Ya llevas cuarenta años preso en este laboratorio. No has encontrado la fórmula y no la encontrarás. Vete de aquí. Que eres libre. Hizo lo dicho por el alquimista. Pero cuando estuvo lejos de allí, envió un mensajero donde el rey quien le daría la noticia del descubrimiento. En la cabecera de lo escrito en el pergamino que tenía la fórmula para convertir las piedras en oro, se podía leer claramente lo siguiente: Usted rey tripón, aquí tiene la clave del descubrimiento que tanto ansió, la que me ha privado de mi libertad durante cuarenta largos años. Yo, tan libre como un pájaro, soy el dueño de un tesoro más preciado que el tuyo: dueño de mi libertad. Tú eres, ahora, el que queda preso. Que te vaya bien. Esa es «la historia del alquimista que encontró la fórmula para convertir las piedras en oro».

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CXXIX



Él sabía que allí fuera había un universo. El mismo universo que todos nosotros conocemos. Tan sólo uno, sin embargo. Porque aunque un universo único puede ser infinito, dos universos o doscientos universos, por decir algo, siempre pueden ser todavía más infinitos. Sin olvidar que la misma cantidad de universos puede ser infinita, claro está. Por tanto, hasta aquí todos estamos de acuerdo. y entonces -y seguramente por eso- el creador del universo –algún artista seguramente- comenzó a abrir espacios en varios lugares de su habitación; y cada vez que abría un espacio, se encontraba con un universo. No se paraba, en cambio, a examinar cada universo, porque para eso necesitaría un tiempo infinito -y él todavía no estaba muerto, aunque algún día estaría muerto, y ese día tendría infinito tiempo para explorar los universos de uno en uno-, en cierta medida eso parecía bastante racional, pues los universos eran infinitos -y en verdad, así eran; como hemos dicho que podría haber uno sólo infinito- pues entonces, después de la muerte habría otro tipos de muerte y eso probaría que el tiempo después de la muerte es de alguna manera limitado, y que no es más que el paso -o el atajo- para otros infinitos, y que, en consecuencia, todas las Muertes, son una sola, hasta aniquilar el mismo significado o concepto de la muerte. Así las cosas, el creador del universo –quizás algún artista- concluyó que no valía la pena crear espacios y por ende universos, ya que le saldrían productos de ese tipo sin hacer ningún tipo de esfuerzo, universos como ese, cosmogonías de esa naturaleza. El todo y la nada al mismo tiempo, como en el nido de la avispa. «Esa es la historia del creador de universos que dejó de crear infinitos».

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CXXXIII



Hola, buenas noches le dijo a la persona que salió del ascensor, y se cruzó con él cuando entró al ascensor. Se dio cuenta de inmediato del olor especial que flotaba en el ascensor; no era malo, pero tampoco bueno. Vivía en el octavo; y según subiendo, se sintió nervioso. La persona con la que se había cruzado en el ascensor llevaba sombrero; y vestía gabardina clásica, con las solapas levantadas, como para esconder la cara... . ¡Anda, la cara! No se la pudo ver; se le hizo que en vez de una cara no había más que un agujero. El ascensor siguió subiendo. Era raro, y parecía tan largo... . Sabía que algo había ocurrido; que se llevaría una desagradable sorpresa. Para cuando llegó al octavo se temía lo peor. Las puertas del ascensor se abrieron solas. Llegó a la puerta de la casa de su madre, sacó la llave, metió la cerradura y la giró. Entonces, cuando abrió la puerta, de nuevo notó el mismo olor que había en el ascensor, ni bueno ni malo. Llamó a su madre, pero ella no contestó. Se dirigió a la cocina –el lugar que él más quería- y no la encontró; luego, miró en el dormitorio y se la encontró allí mismo, sobre la cama, todavía caliente pero ya cadáver. Y entonces, supo sin ningún género de dudas que con quien se había cruzado en el ascensor era la Muerte. Esa es «la historia del hombre que se cruzó con la Muerte en el ascensor de su casa».

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