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Xabier Etxeberria Garro > Extractos

Narrativa

¿Hace un café a la noche? |

Ha empezado a comer pasadas las tres. A las dos y media finaliza su guardia, pero los del turno de tarde siempre llegan tarde. Tienen la excusa del trabajo. Como si él no tuviera cosas que hacer. En cambio nunca se atreve a decir nada, y hasta menos cuarto siempre allí, metido en ese agujero. Llega a casa muerto de hambre. Menos mal que su madre le tiene preparada la comida. Sólo hay que calentarla. Ventajas de vivir con los padres.

Hoy ha llegado especialmente hambriento y más que comer ha devorado lo que le han puesto. Nada especial a pesar de ser hoy su cumpleaños. Puré de verdura filete con patatas. De postre un plátano. El sábado lo celebrará con una opípara comida.

Su madre está en la cocina poniendo la lavadora y viendo cómo devora lo que le ha puesto en el plato, por qué no te llevas algo de almuerzo, le pregunta, y así no pasas tanta hambre. Tasio le responde que normalmente le basta con la palmera de chocolate que se come hacia las once, pero que hoy han tenido un mal día, que han tenido que ir escaleras arriba y abajo. Su madre suelta un, ¿de verás?, pero, aunque se ha quedado con la curiosidad, no ha seguido preguntando. Pues a Tasio no le gusta comentar lo ocurrido, aunque escriba en un pequeño diario todas las salidas que ha hecho en la ambulancia.

Hoy han tenido que ir donde una abuela que tenía problemas para respirar. Estaba medio ahogada para cuando han llegado. Justo. No ha sido para tomárselo a risa. Hemos llevado a Felixa a San Sebastián, dice Tasio. Felixa, pregunta su madre, qué Felixa, la de la tienda. Saber que la viuda de setenta y seis años que vive en la calle de al lado está enferma, sin duda le ha sorprendido tanto como que su hijo hable de ello.

Seguidamente le cuenta cómo cuando ellos han llegado estaba muy mal y la han tenido que bajar a toda prisa. Con el oxígeno puesto. Al parecer se ha puesto muy nerviosa dentro de la ambulancia y Tasio le ha empezado a contar tonterías, sobre el tiempo, los cotilleos del barrio y cosas así, para intentar calmarla. Parecía un renacuajo sacado del pozo, ha comentado, abriendo y cerrando la boca, cerrándola y abriéndola, inútilmente.

Pero se arrepiente al decir eso. Te hace gracia, se echa en cara así mismo, enfadado. Pero no es gracia. No, no es eso, vuelve a decir. Se está acostumbrando a ver el sufrimiento. Acostumbrando. Nada más. Pero eso le ha entristecido más que nada. Pues es triste de por sí. Pronto no le importará, se asusta. Y no ha vuelto a hablar durante el resto de la comida, encadenado a pensamientos oscuros. De verdad que somos miserables.

Sin embargo para las cuatro tiene que cambiar el chip. A esa hora llaman a su puerta los niños que vienen a que les de clases particulares de matemáticas. De tres a cinco y otro tanto de cinco a seis. Y también a las siete una chica que está haciendo COU, pero solo los martes y jueves.

No es mucho. Pero al menos vale para sacar un poco de dinero. Para poder irse de juerga los fines de semana sin tener que pedir la paga a sus padres.

Eso sería demasiado duro para él, lo de pedir la paga. Y de todos modos bastante baja tiene ya la moral. Hace casi dos años que finalizó los estudios de Empresariales y está buscando trabajo desde entonces. Enviando currículos aquí y allá. Bastante desesperado ya. Pues en todas partes piden un nivel que no tiene. Al menos un año de experiencia. Ingles. Francés. Alemán (se valorará). Sin embargo, todos los domingos sigue examinando las ofertas del periódico. Aunque preferiría leer las esquelas.

Pero así está la situación para todos. Difícil. Eso es al menos lo que su madre le repite una y otra vez. La cosa está difícil, difícil, se queja su madre cuando ve a su hijo metiéndose las manos en los bolsillos, encontrar trabajo está difícil, Tasio, hasta que acabe la maldita mili.

Mientras, por eso da clases particulares. Nunca le han gustado demasiado las matemáticas, pero algo hay que hacer. Con su edad y en el paro no puede andarse con tonterías.

Además tampoco está tan mal. Quitando un par que de vez en cuando resultan ser unos cabroncetes, en general es buena gente. Algunos de ellos bastante cortos. Sin embargo el único problema que tiene la mayoría es que son vagos hasta para coger el lápiz. Demasiado bien acostumbrados. Aunque intenten esconder su vagancia tras argumentaciones pseudofilosóficas. Y para qué me van a valer las matemáticas en la vida.

Entre una cosa y otro, llega bastante cansado a las seis. Cuánta pelea para que hagan bien una simple ecuación. Para esa hora se siente un devoto seguidor de Herodes. Creyendo firmemente que unos buenos azotes en la educación de algunos niños habría ido de maravilla.

De todos modos no tiene tiempo para estar tranquilo. A las seis y media va a inglés. Los lunes, miércoles y viernes. Hoy es miércoles. Por tanto, se pasa con el to be or not to be y demás verbos irregular-existenciales hasta las siete y media. Repitiendo atentamente los ejercicios que siempre son iguales. If I had one thousand pounds no estaría aquí, the phone started ringing when estaba cantando en la ducha y así. Very interesting.

Cuando vuelve a casa no tiene ganas de nada. Pero ha quedado para ir a jugar a pala con uno de su cuadrilla. Cagüenlaputa. Qué pala ni que leche, se enfurece, ahora más que ir a jugar a pala preferiría ponerse a mover el quiosco de la plaza.

Después de todo ha tenido suerte. Pues su amigo, Anartz, le ha llamado por teléfono para decirle que no va a ir. Que han tenido un día duro en la fábrica, que tenía la cintura hecha un cristo de estar toda la tarde puliendo cajas de hierro y que además le ha parecido que al mirar por la ventana empezaban a caer unas gotas. Gracias, Virgen mía de Aranzazu.

- ¡Tú! ¿Pero hace un cafecito a la noche?
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