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Euskal Idazleen Elkartea

Uxue Alberdi Estibaritz > Extractos

Narrativa

2007 Con una sola mano |

-El día que lo rompas con una sola mano, niña –me decía mi difunta madre- El día que aprendas a romper los huevos con una sola mano estarás preparada para casarte.

Me recuerdo con el delantal que tenía fresitas bordadas, rompiendo y rompiendo las cáscaras de huevos en la cocina, con una sola mano. Por aquel entonces el lechero nos traía los huevos. Venía los lunes y los traía en una bolsa de plástico, a veces once y otras veces trece, apilados uno encima de otro, y no como se venden hoy en día, ordenados por docenas, siempre igual, cada uno en su agujero.

-¿Y? ¿Cuándo te casarás conmigo?

Daba al timbre y eso es lo que me decía todas las mañanas, nunca "buenos días" u "hola". Yo me reía, roja de vergüenza. Sería porque el lechero era guapo, tenía grandes manos, blancas, como del color de la leche. Sus manos no se parecían a las de ningún otro hombre del pueblo, no tenían una sombra negra alrededor de las uñas.

-Todavía no puedo ¡Cuando aprenda con una sola mano! –le respondía, y recogía los huevos de sus manos blancas.

También el lechero, como la mayoría de los hombres de su edad, tenía el anillo en el dedo más largo, pero no se lo veía. Para qué. Mamá le pagaba los huevos y se despedía hasta la semana siguiente.

-¿Cuánto?

-Era un Gin-Kas y un paquete de Camel, ¿no? Siete euros. Muchas gracias.

Eso mismo, tú también te irás con Eneida. Qué te ha dicho, que acaba a las tres, ¿no? Tranquila, Eneida, no pasa nada. Es un gran placer la compañía de la fregona y la escoba, ni qué decir tiene a las tres de la mañana. Dos mangos son dos mangos, ¿no? Como tú dices, tía, no te quejes, que un mango es un mango. No te apures, guapa, Mari Carmen cerrará el local, que para algo nació con las tetas pequeñas. Estas dos pasas arrugadas no pueden igualar el reclamo del canalillo que va entre ese par tuyo. Para ti también ese chico, total, a mí no me gusta mucho. Casi nada en absoluto. Don't worry, beauty, Carmencita echará a la calle a los últimos borrachos, del mismo modo en que esos borrachos han vomitado el último vaso de vino, fuera; y oirá sus palabras pegajosas, ajadas, recicladas; y sentirá unas gruesas manos en las nalgas. Sí, cariño, tienes razón, en este trasero fofo y con celulitis que es un trozo más grande que el tuyo.

-¡Carmencita! No te importa si salgo, ¿no? ¿Has visto la escultura que me está esperando ahí fuera? Mamma mia. Hala, maja, muchas gracias, ¿eh? Mua, mua y mua. ¡Hasta mañana! ¡Ya te contaré!

Claro que me lo vas a contar, sin cuidado. ¿Cómo no me lo vas contar, guapa? Y gustosamente además. "Me dijo que tengo el par de tetas más bonitas que nunca había visto, y que para el segundo cubata ya sabía que como no pasara la noche conmigo se volvería loco, y que la cremallera del pantalón le hizo daño durante toda la noche, y...". Lo de siempre, ¿no?

-¡¡Carmencita, no me vas a creer!! ¿Te acuerdas del tipo de ayer? ¿Recuerdas? Pues, he pasado con él toda la noche, y no te lo vas a creer. ¿Sabes qué me ha dicho?

-Si no me lo dices...

-¡No te lo vas a creer, Carmencita!

-A ver, a que lo adivino: que eres bonita, que tienes unas tetas soberbias, que le pones cachondo...

-¡Y que a ver si quiero casarme con él! ¡Ca-sar-me! ¡Jódete!

-Eh... casarte? Y... Y qué le has dicho?

-Le he metido las bragas en la boca, y me he ido. Eso le he dicho.

-Esas son cosas de mayores, Carmencita. Tú no puedes entenderlo –eso mismo me dijiste, y aquel día cuando no vino el profesor de la última hora y llegué una hora antes a casa. –Son cosas de mayores, niña.

Y yo lloraba, como lo mismo que era para ti, como una niña. Lloraba agarrada a la muñeca a la que le faltaba un ojo de cuando era niña, y no había nada en el mundo que deseara más que ser como aquella muñeca de plástico. Quería tener un solo ojo, y que ese único ojo fuera de plástico, para no ver nada. Para no ver nada en absoluto, nada en absoluto, pero, sobre todo, mamá, para no ver la blanca mano del lechero en tu nalga, no en tu nalga, mamá, con anillo de oro y todo en el dedo más largo.

Y a ti no se te ocurrió nada mejor que decir. Que no podía entenderlo. ¡Claro que no podía entenderlo! ¿Cómo iba a entenderlo, mamá? ¿Cómo, en tu nalga? Lo peor, en cambio, no fuiste tú, mamá, aunque te odiara con todo mi ser, mi piel, ojos y melena. Lo peor fue el timbre del lunes por la mañana:

-¿Ya? ¿Cuándo te casarás conmigo?

Me quedé mirando a los huevos los cuales estaban apilados uno sobre otro en la bolsa de plástico, y antes de que se enterara de nada le reventé a patadas uno, dos, trece huevos. No cambió ni una palabra de la frase. Ni una letra, tras pasar su mano de color leche sobre las nalgas de mi madre.

-¡Nunca! ¡¿Has oído?! ¡Nunca! ¡Ni aunque aprenda a romper los huevos sin usar ni una mano siquiera! ¡Nunca jamás! –y dando un portazo le dejé la puerta a dos centímetros de la nariz.

Desde entonces no he probado los huevos. Tampoco la leche.

-¿A qué hora saldrás?

Sin levantar la mirada, vuelvo la cabeza buscando las tetas de Eneida. Te juro que el hígado se me ha apretado contra los riñones cuando no te he visto. Eneida está en el almacén... ¿Me dices a mí?

-¿Me dices a mí?

-Umm... Todavía no estoy tan borracho como para ponerme a hablar con una botella de cerveza...

-A las tres, cerramos a las tres.

-Casualidad, mi casa se abre a la misma hora. Hasta luego, Carmen.

Carmen, me ha llamado Carmen. ¿Es que ha estado preguntando por ahí para saber mi nombre? ¿Ha cogido ese trabajo por mí? Hasta que un hombre borracho de sesenta años le ha dicho Carmen, bonita, ponme otra, no me he dado cuenta de la tarjetota que tenemos en el pecho, justamente al lado de las tetas. Normal que en esta taberna el nombre de Eneida sea más conocido que el del presidente. Pero... ¿qué demonios? Sepa o no mi nombre, ¡me ha invitado a mí a su casa! Hoy los dos mangos serán para Eneida, el de la escoba y el de la fregona, a mí me vale con uno...

-Eneida, no te importa si salgo, ¿no? ¿Ves a aquel chico que tiene el brazo contra la puerta? Aquel moreno. Voy a su casa.

-¿Pero cómo así?

-Así, majita. ¡Y no te quejes, que un mango es un mango!

Y escucho el sonido de mis tacones acercándome a la puerta, aunque el volumen de la música esté a tope. También he sentido las nalgas más firmes y levantadas que nunca sobre las piernas, más aún cuando este tipo ha puesto en ellas su mano y me ha dicho vamos.

Vamos, pues. Vive en la parte vieja, sólo, parece que se aburrió de los mocosos de sus compañeros de piso.

-Vaya pedazo de casa... ¿Y todo esto solo para ti?

-Estás en tu casa.

Miles de libros sobre Historia, Filosofía y Política... ordenador... ¿Eres escritor? Un aparato de música... el disco de Chavela Vargas sobre la mesa... No me digas que a ti también te gusta... tulipanes negros en una bandeja de cristal... un póster enmarcado de Chaplin... ¿Quieres que me enamore de ti?

-¿Quieres algo para comer, Carmen?

¡Y te has acordado de mi nombre! ¡Ahora no tengo la tarjeta al lado de las tetas!

-Eh, bueno, me da igual.

-Yo elegiré la música, ¿Quieres preparar algo para comer? Coge lo que quieras del frigorífico, si a mí me haces una tortillita... ¡te lo agradeceré!

Cómo no, cómo no. Te la haré. Eso y todo lo que quieras, cariño.

...Slow down everyone you're moving too fast...

Jack Johnson. Cómo no, cariño. Tienes ordenados los huevos en el frigorífico, cada uno en su agujero. ¿Tendrás bastante con dos, cariño? Creo que sí. Ay, cariño mío, no me vas a creer, lo he roto con una sola mano. ¿Nos casaremos? Tú y yo. Lo he hecho con una sola, cariño. ¿Sí?

-¿Qué tal va esa tortilla?

-De primera, te vas a chupar los dedos. Además he roto los huevos con una sola mano, ¿y sabes qué decía nuestra madre sobre eso?

-¿Qué decía?

Y llevas tu traviesa mano por debajo de la falda a mi nalga, la acaricias... te gusta, cariño. La aprietas con fuerza...

Tienes el anillo en el dedo más largo.
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