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Narrativa

El de los concursos de relatos |

Hace ahora tres años empecé a ganar concursos de relato. Ganaba casi todos en los que participaba para ser más exacto. Ganaba hasta el punto de sorprender a mi amigo Gotzon con el que compartía mi afición por la literatura. No me conocía ese don para escribir. Yo tampoco, a decir verdad. Cuando estábamos en el colegio, Gotzon y yo enviábamos relatos a diestro y siniestro, la mayor parte de las veces son demasiada suerte. Y he de confesar que en la pocas ocasiones que hubo suerte siempre se decantaba del lado de Gotzon. Él ganaba algún segundo premio o cosas así. Yo, por el contrario, siempre al hoyo. Generalmente, mis relatos solían ser más insípidos que los suyos. Parecía ser que no tenía suficiente arrojo para seducir al jurado o al menos para persuadirlo. Mi forma de escribir era floja –ahora me doy buena cuenta de ello-, tanto en la forma de escribir como en los temas que utilizaba. De ahí su asombro cuando aparecí ante él con el talón en mano que había recibido en aquel certamen de relato erótico (el primero que gané) a la reunión semanal de oficinistas del servicio de cultura del Gobierno.

Invité a cenar a Gotzon y a su esposa Rosa, pues era una profesora de euskera tan metódica como estricta, al restaurante más caro de la ciudad. Vaya mosqueo llevaban. Me atacaron con miles de preguntas tan celosas como incrédulas tan pronto nos sentamos los tres alrededor de la mesa del salón más elegante del restaurante desde donde se podía ver el mar. Cómo no, les llevé una copia del relato, primero una y luego la otra, el cual leyeron sin decir ni pío. Parece que el regusto misógino y crudo del relato hirió la sensibilidad femenina de Rosa. A Gotzon, por el contrario (aunque no lo confesó), le dolió la calidad innegable del relato. En circunstancias normales la reacción de Gotzon y Rosa habría sido más dura pero, claro, habiéndoles ofrecido una cena como esa, no tuvieron más remedio que ceñirse a los límites de la cortesía.

Al poco tiempo, estando en el bar al que íbamos a tomar el cafecito de las once, le anuncié a mi compañero de trabajo que había ganado el concurso de relato fantástico. En los tiempos del colegio Gotzon me echaba en cara tener poca imaginación. Por aquel entonces teníamos la costumbre de hacernos « critica constructiva», aunque casi siempre era él el único que se atrevía a poner el dedo en la llaga. Y, a decir verdad, no le faltaba razón como pude comprobar al releer aquellas narraciones mías. En aquella ocasión no les invité a cenar. ¡Qué demonios! Reservé el dinero que había ganado para viajar. Pude hacer la peregrinación a San Petersburgo que quería hacer desde hace tiempo, el apartamento de Fedor Dostoievski y de paso con la intención de visitar el barrio. Eso sí, les envié desde allí a Gotzon y a Rosa la postal más bonita que encontré. No creo que les hiciera demasiada gracia aquella última frase que puse: «Besos de vuestro amigo Joxemanu inmerso en las noches blancas de este lugar buscando inspiración para los próximos concursos».

Al poco de ganar el décimo concurso, alguna editorial se puso en contacto conmigo proponiéndome hacer una colección de relatos para su publicación. Les pedí su opinión a Gotzon y Rosa, pues no sabía bien con quién publicar. Huelga decir que hice lo contrario de lo que me aconsejaron. Entonces Gotzon empezó a enfermar. Tragándose sin protestar el insulto que le acababa de hacer, una mañana que se acercó a mi oficina me preguntó educadamente, si podía presentar alguno de sus relatos a la editorial que acababa de elegir. Le dije que sí dándole una amigable palmada en la espalda que ya empezaba a encorvarse por la enfermedad. Claro, también hice hincapié en que sería difícil, que no era como hace algún tiempo cuando se publicaba todo lo que se escribía en euskera. El pobre ya no tenía fuerzas para contestar a mi ironía.
Tres meses después se lo llevó el cáncer. En homenaje a Gotzon le ofrecí a Rosa un relato que versaba sobre la muerte, también premiado, junto con la corona de flores de costumbre.

He metido el relato en mi colección que ha salido publicada esta primavera, hasta con oferta de lanzamiento. El libro está teniendo éxito. Normal, vista la calidad de los relatos. Y no digo eso porque soy un vanidoso. Al contrario, digo con toda la objetividad y admiración que los relatos de la colección son excelentes. Porque los han escrito los mejores escritores vascos. Y puede –por darme lo poco que me toca-, que sea bueno proponiendo temas y en tareas de maquillaje.

Hace ahora tres años, estando tomando el café de la mañana mientras Gotzon me comentaba el trabajo que tenía entre manos, se me ocurrió todo. Por aquel entonces él tenía la tarea de proponer los temas para relatos, hacer los pagos y contactar con escritores vascos para la revista Administrazioa euskaraz. Un día que estaba en su oficina, entré en su oficina y empecé a fisgar. Sustraje la carta tipo que se suele enviar a los escritores para poder hacer los pagos y demás papeleo, sin saber todavía qué haría exactamente con aquel material. Envié a Ramón Saizarbitoria la primera carta, pidiendo un relato erótico para la revista, y aunque parezca mentira me lo envió tres semanas más tarde. Con ese relato gané mi primer concurso. Gracias a algunos pequeños cambios - por ejemplo en los nombres de los protagonistas, o el título del relato- pronto hacía míos los textos y lo de pagar no era un problema. Así es, pues siempre pagaba a los escritores lo ordenado, fuera lo que fuera con la excusa de que la publicación para la revista debía dejarla en mis manos. De todos modos, el dineral ganado gracias a los concursos era mucho mayor que lo que enviaba a los escritores. El resto no necesita explicación.
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