EU | ES | FR | EN
Facebook Twitter Vimeo Youtube
Euskal Idazleen Elkartea

Txema Garcia-Viana Arenales "Kartxi" > Extractos

Narrativa

2004 El libro de Abraham |

Una brisa mecía suavemente las copas de los cipreses sobre las lápidas. Aunque era sorprendente, se había acercado al cementerio más gente que en el funeral de la abuela. A muchos de aquellos no les conocía más que de vista; y también los había, unos pocos al menos, a quienes no les había viso nunca. Ainara, mi esposa, me apretó la mano fuertemente, y se acercó a donde Maddi. Mi señora esposa sabía bien hasta dónde se alargaba en mí la sombra de mi abuelo, y le agradecí de veras los esfuerzos que hizo para que la familia permaneciera unida en las dificultades.

Al tiempo que el cura pronunció la primera palabra, un grupo de personas no tan jóvenes desplegaron una bandera de la República y una larga pancarta contra el fascismo; tenían el puño en alto y el gesto tenso (¿con rabia quizás?) Al cura, al parecer, esa aparición le pilló desprevenido, y me miró fijamente, como si me reprochara por no haberle puesto sobre aviso antes. Yo encogí los hombros y, con un gesto, le pedí que siguiera. Repitió las primeras palabras de la oración, esta vez como refunfuñando.

De repente, un violento soplido levantó la hojarasca del suelo; impidiendo a la gente, por fuerza de tener que cobijarse de una u otra forma, mantenerse impertérrita y haciendo al abad perder la hoja de oraciones de entre los dedos. También en mi mente los pensamientos iban de aquí a allá, mis más íntimos pensamientos, los cuales había considerado como la firme columna de mi carácter, comiéndose el equilibrio de mi interior, deteriorándose, como si tuviera un gusano insaciable en los pliegues de mi alma.

Me recuerda a la abuela.

Esa mujer admirable que yace junto a ese hombre que parecer ser mi abuelo (pues así lo quiso ella), es el eje y el principio de esta historia increíble. Ella me habló, por primera vez, del abuelo, y cada vez que me hablaba de él, cada aspecto de él – como si estuviera preso en miles de espejos-, me sería revelado con lágrimas de rabia para luego, de una en una, deslizándose por sus mejillas arrugadas, hasta que desaparecían del todo en cuanto se daba cuenta.

Por consiguiente, mi abuela me hizo conocer a aquel hombre ejemplar que no irradiaba más que bondad y generosidad. De pequeño mi abuelo era como un héroe. Pienso que en la niñez todos - o al menos la mayoría – tenemos la necesidad de tener un héroe. Aunque no sea más que para saber cómo tendríamos que actuar, aunque, en muchas ocasiones, nuestra cobardía o desidia era razón suficiente para hacernos volver a la realidad. El abuelo fue soldado a favor de la patria vasca, tras ello, cuando Euskal Herria cayó, se hizo miliciano en Cataluña y, finalmente, combatió en Francia, le hizo frente valerosamente al fascismo, luchando contra los nazis. Generalmente, las palabras eran suficientes para que mis compañeros se murieran de envidia. A fin de cuentas, ¡quién no desearía tener un abuelo así! A propósito, en las explicaciones, a pesar de tenerlo bien aprendido, metía alguna palabra que otra que mis compañeros de clases todavía no entendían, entre otras, maqui, o la traición de Santoña. Eso, además de dar credibilidad a la historia, le otorgaba un cierto poso de sabiduría a mi persona. Aún en su amargura, aquellos eran buenos tiempos, ¡sin lugar a dudas!

La cuestión es que mi abuela, mi queridísima abuela, yace ahora junto a un hombre a quien casi nadie conoció. No hace falta decir, que eso casi solo compete a mi abuela; pero, podremos comprobar en breve que eso también es bastante dudoso.

¡Vayamos al meollo del asunto! Me llegó una carta bastante curiosa. Me di cuenta por el sobre de que no era la típica carta, la verdad, simplemente por la pinta, incluso antes de fijarme en el sello. Al leer quién era el remitente, me la metí en el bolsillo de la camisa temblando. Pasé toda la tarde metido en un bar agujero de San Sebastián, bebiendo y bebiendo, con miedo de que lo que guardaba ese sobre de color crema aplastara lo que había sido primordial y fundamental en mi época de infancia. Luego, con la mirada borrosa, una vez más, leí de nuevo el pomposo nombre del remitente: Ministère de la Dèfense Nationale.

La carta, a simple vista, no daba muchos detalles. En pocas palabras: que en la comarca de Picardie, concretamente, en un pueblecito llamado Anizy, se habían encontrado los que podían ser los restos mortales de Francisco Lopetegi, por casualidad, en tareas de restauración de una propiedad. Por tanto, de haber interés por su repatriación, parecía imprescindible ir a París a comprobar la identidad del cadáver. Me quedé de piedra. ¿Identificar un cadáver que ha estado durante unos sesenta años bajo tierra? Por un momento, me vi perdido en el sendero de la burocracia que no lleva a ningún sitio. El recuerdo, sin embargo, estaba en juego: de mi abuelo, de mi abuela y el de mi infancia. Otro tanto, haber había suficientes motivos para justificar un viaje como este; así me lo decía, al menos, una vocecita en mi interior... ¡Pero basta de justificarme! La curiosidad me empujó, principalmente, a ir a París.

Hice el viaje en avión, en primera clase. Todos los gastos a la cuenta del Ministerio de Defensa, aquel funcionario tan tranquilo de pálido rostro me aclararía lo mucho que les debemos a los héroes que dieron su vida por la libertad.

No tengo más que decir de mi viaje, eso sí, antes de entrar al ministerio anduve por las calles de alrededor sin rumbo, a ver si se me calmaba el estómago revuelto por el viaje. En vano. Después, me metí en aquel increíble edificio posmoderno y me quedé esperando, medio tragado por un sofá de cuero negro, mirando a los funcionarios lentamente yendo y viniendo.

Según los datos que me ofrecieron, el de mi abuelo no era, al parecer, el único cuerpo que habían encontrado aquel lugar. Sí, parece que hubo luchas encarnizadas en aquella zona entre los maquis y los nazis; también numerosos bombardeos. Quizás, murió en un enfrentamiento contra los nazis y los mismos beligerantes le enterraron. Según iban llegando a mis oídos las palabras, poco a poco, me llevaban a aquellos tiempos de matanzas y valentía, de honor y de odio; y creo, que en algún momento del chorro de palabras de aquel funcionario, se me escapó alguna lágrima. Y, cuando creía que la información que debían darme estaba encaminada a seguir los protocolos más grises, llegó la sorpresa. En aquella tumba, y aparte de los huesos, parece ser que aparecieron unos cuantos objetos. Estar guardados en una pequeña caja de metal los protegió de deteriorarse. Eran cosas comunes, al parecer, esto... un par de fotografías, y varias hojas y cartas escritas en una lengua desconocida. Por los nombres del remitente y destinatario que aparecieron en la carta, dedujeron que los restos mortales podrían ser de Francisco Lopetegi por los nombres del remitente y del destinatario que aparecían en la carta, y se pusieron en contacto con la familia. Si confirmaba que aquellas cosas eran de mi abuelo, ellos se encargarían, si así lo quería, de repatriar el cadáver; así mismo, a modo de pago por dar la vida por Francia, le darían la medalla de honor y un diploma – en sus propias palabras: el honneurs militaires post-mortem de costumbre- asimismo, parecía haber la oportunidad de recibir una pequeña pensión del ministerio por viudedad, para ello, me conseguirían los impresos que eran necesarios.

2011 Euskal Idazleen Elkartea
Zemoria kalea 25 · 20013 Donostia (Gipuzkoa)
Tel.: 943 27 69 99 - Fax.: 943 27 72 88
eie@idazleak.eus

iametza interaktiboak garatuta