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Euskal Idazleen Elkartea

Patxi Iturregi Escondrillas > Extractos

Narrativa

Calidad de vida |

Al volver de la playa Vince se sintió indispuesto: fatigado, sudoroso y medio mareado. De repente le vino a la memoria la paella de marisco que había comido hacía tres horas, y de ahí en adelante no pudo ahuyentar de su mente el olor del ajo y el color del azafrán, los maldijo una y mil veces. Parecía estar en medio de una pesadilla gastronómica. Cuando se le empezó a nublar la vista, se detuvo a un lado de la carretera y le pasó el volante del coche a su esposa. Aparentemente, Sheila y su hijo de tres años estaban bien, ellos no habían probado el arroz del menú y los batidos de chirimoya no les había causado ningún daño.

Ya en casa, el estado de Vince no experimentó mejoría: tuvo una especie de espasmos en el vientre y una hora más tarde había perdido por completo la movilidad de los brazos y piernas. Sheila, profundamente preocupada, pidió una ambulancia.

Por fortuna, para las ocho de la tarde ya había pasado el mayor riesgo. Según el doctor Encina, Vince respondió bien al tratamiento contra las biotoxinas y pronto se recuperaría. De todos modos, debería pasar tres días en la unidad de cuidados intensivos. Parece ser que le tenían que controlar el ritmo cardíaco.

Sheila se calmó un poco con la noticia del hospital. Bañó al niño, recogió la ropa blanca que estaba colgada fuera y abrió una cerveza fría. Estando bebiendo de la botella Molson Ice se le ocurrió lo del seguro. Si no estaba equivocado, la póliza que había contratado describía claramente aquel suceso. Y, tras mirar que tenían pagada la prima del último mes, descolgó el teléfono y llamó al servicio 24 horas. No le pusieron ninguna traba.

Mientras preparaba la cena, una furgoneta se detuvo frente al jardín. Al poco tiempo se bajó un chico alto con pinta de despistado. Se llamaba Harry. Un profesional de verdad: mientras la madre estaba en el piso de arriba, dio de cenar al niño, le puso el pijama y, contando muy bien el cuento del Mago del gorro con estrellas, lo durmió inmediatamente.

Vestida con una bata ligera, Sheila bajó nerviosa la escalera de caracol del salón. ¿Cuántas sorpresas agradables guardaba aquel tierno padre suplente que enviaba la agencia? No le faltarían oportunidades de averiguarlo en los siguientes tres días hasta que el pobre Vince lo supiera.

EL CONTRATO

Le dijeron en la oficina de consumidores que, según todos lo indicios, su situación era grave y que más le valía ponerse en manos de un buen abogado, además de lo más rápido posible, sin reparar en absoluto en el dinero. Sean no podía creérselo. No era posible. ¿Cómo iba a aceptar la ley el atropello que quería hacerle la compañía suministradora? Habría alguna solución. Por fuerza.

El abogado que le recomendaron sus amigos, en cambio, no le dio demasiadas esperanzas, al parecer ya antes había visto casos igual de feos, y, a decir verdad, no había nada que decir, el caso le parecía indefendible. De todos modos, presentaría el recurso de costumbre, sobre todo para calmar su conciencia profesional.

De allí a escasamente un mes, el aviso que con tanto temor esperaba Sean le llegó a Sean, una fría nota hecha por ordenador, la cual recordaba la cláusula acordada y daba el aviso de del fin inmediato del contrato. Tras leer aquello se sintió aún más indefenso, y, lleno de rabia, sintió deseos de hacer una locura. ¿Para eso pagaba todos los años los impuestos? ¿Para eso arriesgó su vida por la libertad? ¡No había derecho!

Pero, como la mayoría de los inmigrantes de origen irlandés, Sean era obstinado, no quería rendirse, al menos no sin plantar resistencia, y se le ocurrió lo siguiente: si no la encontraban en la casa, quizás no podría hacer lo que quería de un modo tan fácil. Así que, cuando llegó el día en cuestión, se levantó por la mañana y se marchó del barrio, sin decir nada a nadie.

Como era la primera vez en su vida que huía de esa manera, se dio cuenta inmediatamente que le faltaba práctica. No sabía dónde ir. Anduvo hasta el mediodía errante por las brumosas calles de la parte de debajo de la ciudad, más tarde, cuando empezó a cansarse, tiró hacia el puerto y se sentó en una pequeña y modesta taberna. Allí pidió su menú preferido: carramarros fritos de caparazón blando y una botella de vino blanco. Como no tenía prisa ninguna, disfrutó de veras la comida y la bebida.

Para cuando salió, la bruma mañanera había dejado a un sol templado de la primavera. Y gracias a la valentía que le dio el vino, se soltó los botones de la chamarra y decidió ir hasta el faro de cabo, recordando sus paseos de juventud. Sin embargo, la alegría no le duró mucho. Mientras subía por el sinuoso camino tapado de arena, empezó a ver las estrellas, luego le empezaron a fallar los ojos, y finalmente se apagó sin remedio, como un electrodoméstico que se desconecta. Aunque Sean lo había menospreciado, el brazo de la compañía era alargado.

THE TWILIGHT ZONE

Las dos de la mañana. Escuchas como en sueños el llanto del niño. Te quitas de encima la zarpa peluda del regazo, te frotas los ojos y te concentras en lo que hay alrededor. No, no son imaginaciones tuyas, sino llantos de verdad, el grito ahogado de tu hijo de tres meses. ¡Pobre! Te levantas despacio y te diriges en la dirección del llanto por la oscuridad de la habitación, estirando los brazos estirados hacia delante, lento y prudente, contando los pasitos que daba sobre la alfombra: uno, dos, tres, cuatro... ¡mierda! Según tus cálculos todavía faltaban dos pasos para llegar a la cuna, y sin embargo has tropezado con la rueda de madera.

Coges al niño en brazos, lo acaricias dulcemente, le acunas, le das el pecho. En vano. No hay forma de hacerle callar. Su pequeño cuerpo se encoge, se estira y se pone tenso casi sin parar. Tendrá dolor de tripa o alguna rozadura en el culito. Te pones colérica. Le acunas de nuevo, le calmas, le dejas dormir.

¿Qué has hecho? Al agitar los brazos entumecidos has tirado algo al suelo y por el ruido que ha hecho crees que ha sido la lámpara, aquella tan bonita de latón que te regalo tía Laura, la cual tenía forma de chica vendedora de cestas. A veces la llamas "La vendeuse de canards" medio en bromas. Te sorprendes, pues creías que la cómoda estaba mucho más lejos, al menos a dos metros de la cuna.

Venga, ¡a dormir!, te ordenas para ti, y te vas, leyendo lentamente con las puntas de los dedos el relieve de flores del papel pintado de la pared, del modo en que hacen los ciegos. ¡Ay! No esperabas eso. Te golpeas contra la moldura redonda del techo y el pelo se te ha llenado de restos de escayola. Pero sientes una profunda aflicción encima de donde te has golpeado.

Ahora no tienes ni atisbo de duda: ocurre cada noche desde que eres una niña, el apartamento se encoge cada noche. Tenías esa sospecha desde antes, pero ahora estás segura, completamente segura. Es un cambio de escala que sucede poco a poco, sin grandes terremotos, casi sin darse cuenta, como los cambios más importantes en la vida. Y te imaginas con facilidad atrapada entre placas de hormigón reventadas, con todo el cuerpo cubierto de polvo de cal, sin poder respirar. Le tienes un miedo brutal a ese mundo doblado de dos dimensiones, a morir aplastada.

A duras penas, coges una manta del suelo y te acurrucas junto a la silla, temblando, esperando al amanecer.

Así te encontrará algunas horas después tu marido, medio desnuda y con los ojos cerrados. Como aquella mujer de Turquía, como aquella pobre mujer que viste en las noticias.

SIEMPRE EN NUESTRO CORAZÓN

Al abrir la hoja de necrológicas del periódico, me entró el desasosiego. Se sentó en la silla y se puso las gafas para ver de cerca para ver mejor.

La foto borrosa me mostraba un hombre más obeso que el que yo quería, más normalito, casi calvo, exhausto y ajado antes de llegar a la edad. Aquellos grandes y tristes ojos, en cambio, eran del todo suyos, y la dirección correspondía a la del estado de Florida, concretamente a Daytona Beach, de la ciudad que eligió para vivir siendo tan joven.

Desde que huyó no ha vuelto a la isla, ni siquiera para la boda de su única hermana. Eso sí, parece ser que hizo una fortuna en el negocio de la hostelería y de la carne congelada, y una vez, hace unos veinte años, nos envío un cheque con muchos ceros para remediar los efectos del huracán. A decir verdad, no le agradecimos lo suficiente todo lo que hizo por nosotros.

Me enjugué las lágrimas y leí los nombres de los familiares que dejó. Esposa: Altagracia Fernández Luna (Altita); hijos: Virginia (Gina) y Aurelio (Yeyo). Este último ingeniero aeronáutico y tocayo mío.

Conocería con gusto a los tres, pero nunca me he atrevido. No sabía cómo me recibiría mi amigo, si apareciera por sorpresa.
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