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Mikel Taberna Irazoki > Extractos

Narrativa

Susa Txokolatezko dinamita | Txokolatezko dinamita

Dinamita de chocolate

De camino a casa, apareció un automóvil que venía de Irún. Con la ventana bajada, unos jóvenes gritaban, "¡Viva la República!”, mostrando una bandera roja. Asombrado, me quedé mirándoles. Pararon el motor en la plaza, en la puerta de la fonda. Eran cuatro tipos y no les gustaban los obispos. Don Fermín se levantó la sotana y subió sin aliento escaleras arriba, cuando uno de ellos disparó al aire con una pistola. "¡Fuera de aquí, sucio cuervo!", le dijo, mientras los que salían del hostal reían sin cesar, con el vaso en la mano. Los jóvenes seguían gritando, "¡Rediós!, ¡Que hay que defender la República! ¡Mueran los fascistas!" Los niños nos acercamos al automóvil. Empezaron a repartir papeles y a nosotros a darnos chocolate de la marca Elgorriaga. En casa nos habían dicho que no aceptáramos nada de extraños. Reconocí un buzo azul, y en su interior estaba Valentín el de la Borda que estaba enfundado en él me gritó, "¡Ven Mari Carmen!, esto no te hará daño". Trabajaba en una fábrica grande, y traía bajo el brazo La Voz de Guipúzcoa cada anochecer a nuestra casa, cuando venía a beber un sol y sombra, mientras los demás jugaban al mus. Que han matado a Calvo Sotelo y Valentín andaba fanfarroneando de ello. ¿Qué clase de calvo era el Sotelo ese? "¡Coge chocolate!", me dijo, "¡Buen chocolate!", dijo el de Irún, "Chocolate blanco, traído desde Irún!" y yo, de lo que sobraba, también cogí y comí.

¡Maldito chocolate! ¡Qué mal he dormido! Dando vueltas en la cama. Hacía calor, un calor increíble. Como para derretir las caracolas, como decía papá cuando volvía de dar su vuelta diaria. Estuvo en la pared de la casa que pertenecía al Indiano, escuchando las noticias de la radio, el parte de la mañana, hasta que le cerraron la puerta. "¡África se está calcinando!", dijo, "¡Ojalá no llegue hasta aquí el fuego!" "¿Dónde está África?", le pregunté. No me contestó y se fue a buscar una sombra, para pasar la mañana en solitario, pensando en cómo serían los colores de aquel infierno sobre la tierra. Para mamá esos dolores de tripa eran excusas de vago. Bastante trabajo tenía ya llevando todas las cabañas, las pocilgas y cargando con los de casa. Llenó tres botellas con leche caliente del balde y me las puso en la cesta. "¡Venga! ¡Mueve esas piernas! Tírate tres pedos y entonces se te habrán ido todos los dolores!"

Al cruzar el puente me quedé mirando al Urrabia. Bajaba poca agua, pero se podían ver algunas truchas, con esperanzas de atrapar algunas mosca despistada. Un rayo azul cruzó el río de un lado a otro. Aquel atractivo Martín también estaba trabajando, desde muy temprano. O, quizás preso del espanto, era él quien se escondía.

Me empezaron a temblar las piernas cuando llegué a la carretera. Las piernas me empezaron a temblar cuando llegué a la carretera. La larga cuesta que iba a la torre estaba llena de hombres, de un lado al otro. ¡Mil hombres!, todos forasteros. Todos iguales, uniforme oscuro y sombrero rojo. Todos con un fusil. Nadie más en la calle, pero imaginé los ojos de la gente en todas las ventanas cerradas del pueblo ¡Cómo pasaría por delante de ellos! Al verme se rieron. ¡Mil hombres riéndose de mí! Y luego silbando. Quise tapar con sudor la vergüenza de todo mi cuerpo. Notaba el estómago lleno de pequeñas piedras. Dejé allí la cesta y fui corriendo a casa de tía Mines.

La pillé abrazada a Sádaba. Al entrar yo se separaron y el hombre salió por la puerta de la huerta, como los ladrones. La tía se pasó el pañuelo por debajo de los ojos, sin duda para enjugarse las lágrimas. "Pero, pero,..., ¿qué te pasa chica? ¿Dolor de tripa? ¡Aquí todos tienen dolor de tripa, visto lo que hay ahí fuera! ¡Vete enseguida a casa! ¡Ve enseguida! ¡Y dile a tu madre que la guerra ha estallado! ¡Que la guerra ha estallado!"

Enviaron a Julián a recoger la cesta que yo había dejado y a repartir la leche. Puesto que era el hermano mayor. Se calzó las espartinas y se fue todo orgulloso al pueblo, como si fuera un día de fiesta. No volvió hasta la hora de comer. Aún más orgulloso, con un paquete de cigarros en el bolsillo de la camisa. Que la guerra había empezado, contra los comunistas y los que quemaban iglesias. Que en el pueblo faltaban los de la Casa Borda y otros cuantos que habían estado armando bulla en el pueblo. Que debieron escapar adentrándose en Ibardin. Si eran tan valientes, por qué se habían ido tan rápido. Pedro Lizaso le dijo que a ver si les ayudaba, que los militares venidos de Pamplona necesitaban a la gente de allí, que conocieran bien los caminos del monte. Papá se levantó de la mesa, sin decir nada. "¡Esos dolores de tripa, son señal de otra cosa!", me dijo mamá. Estaba tumbada en la cama, y yo la visitaba después de comer. Cogía una botella de licor y, sin que nadie la viera, echaba un trago todos los días, que se la daba yo. Ya que le guardaba el secreto, le conté lo del chocolate del día anterior. "¡El chocolate no te va a hacer daño, chica!, ¡Aunque te lo de un hombre! ¡Esos dolores de tripa, son porque te vas a hacer mujer!

Teófilo daba música a los viejos robles de Zelai, a cambio le ofrecían su sombra, con esas elegantes botas compradas en París y tocando suavemente el acordeón, mientras los de casa echaban la siesta. Había venido a los sanfermines de Lesaka, como todos los años, pues le llamaban para ir a tocar, y, acabado el trabajo que allí tenía, pasó algún día con nosotros. Tenía la maleta allí mismo, porque el tren de Irún no había venido. No podía ir a su Ziburu y, hasta que el asunto se arreglara, tendría que quedarse más. Si tienes un poco más de suerte, Santiago pasaría el día con nosotros. Así, no faltaría música para bailar en el día de fiesta del barrio. Me puse a su lado. Tengo que tocar una canción para que te duermas. La he compuesto yo, la he llamado El mundo se nos ha vuelto loco. Y me quedé dormida, con la cabeza en su espalda, mirando a aquellas botas de cuello largo.

Un terrorífico rayo hizo un gesto de desafío desde el cielo y, estallando el trueno, las vivas sombras de los fugados se detuvieron de repente en medio de la vaguada de la frontera. Don Pío volvió la cabeza al camino hacia Ibardin, el humo de los libros quemados de la casa de los socialistas de Altzate le mostraba lo que iba a ser el futuro "¡Tenemos que movernos Mari Carmen, si no nos mojaremos!", me dijo al oído el amante de mis sueños. Los mil hombres del coronel Beorlegi dispararon a un tiempo subidos al talud, señal para partir a tomar Guipúzcoa. El chocolate del día anterior explotó en mi interior como si fuera dinamita y el fuego de África me empezó a brotar por debajo de ombligo saliendo de mi mariposa, formando dos riachuelos angostos que bajaban por mis muslos. "¡Mamá, sangre!", me puse a gritar. Empezó a llover con fuerza, mientras bajábamos, y Teófilo me llevó en sus brazos hasta casa.

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