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Mikel Hernandez Abaitua > Extractos

Narrativa

La Última Llamada |

LA ÚLTIMA LLAMADA

Mikel Hernandez Abaitua

 

 

«Je suis un homme-plume. Je sens par elle, á cause

d'elle, par rapport á elle et beaucoup plus avec elle.»

Gustave Flaubert

 

 

 

I. Algunas hojas extractadas del diario de Pedro Mainieri, escritor amateur de folletines.

 

2 de Diciembre

 

Ya sé que a Marta no le va a gustar ni pizca, pero hoy he vuelto a aceptar un encargo de escribir otra novelita para la radio. ¡Como si tuviera suficiente con traducir obras de otros! Y se opone como si la reconcomieran los celos, como si el escribir fuera el enemigo de nuestro amor o lo que sea, y me viene a la memoria lo que decían los argonautas, navegar es necesario, vivir no. Tal vez me ocurra a mí también algo parecido, como dice Bernardo, que algunas veces vivir no es necesario, escribir sí. O como decía Rilke, hay que intentar dejar de escribir y vivir así si es posible, sin la escritura, sin escribir una sola palabra más. No hay que escribir por snobismo, yo también soy un homme-plume como decía Flaubert. Un homme-plume vulgar y de tres al cuarto, un humilde escritor de radionovelas aficionado, de folletines para la radio, pero necesito escribirlos. Marta me dice que escribo más de lo que necesito para vivir, pero lo que en realidad piensa es que si yo escribiera menos estaríamos más unidos. ¿Por qué seremos tan posesivos los humanos?

 

Todo se me vuelve aire, porque todo se me olvida. Y no puedo soportar ver cómo se me borran las personas que he sido, las anécdotas vividas, cómo se esfuman las cosas vistas o aprendidas en otro tiempo, lo que una vez aprendimos se va mientras aprendemos otra cosa; ese insoportable y frágil transitar de nubes, que nada en la vida sea definitivo; se me rebela algo por dentro, siempre pienso, como si fuera un niño, que puedo hacer algo contra el olvido. Ojalá fuera la memoria un depósito sin escapes. Pero está llena de agujeros. La memoria es un depósito lleno de agujeros en un pueblo sin fontaneros. Y nosotros siempre intentando llenar el depósito para que nunca esté totalmente vacío.

 

3 de Diciembre

 

Marta dice que nos casemos. Le he dicho que no. He sentido un miedo irracional en el estómago, como si tuviera ortigas dentro, y he venido al antiguo apartamento de mis padres como huyendo.

 

4 de Diciembre

 

Ayer estuvo llamando a la puerta, pero no le quise abrir. ¿He sentido alguna vez mayor placer en el amor que escribiendo o leyendo? No, bien pensado, no. Escribir es más tranquilo, hasta cierto punto. No te traiciona. No te crea conflictos. Problemas sí, pero conflictos no.

 

6 de Diciembre

 

Marta ha estado venga a llamar por teléfono, pero no lo he cogido. Podía ser otra persona, pero no creo, ya que sólo ella puede saber que he venido aquí, y no porque se lo haya dicho yo, sino por pura deducción. ¿Cuánto tiempo hacía que no venía a este apartamento? Es de la Caja de Ahorros y mis padres pagaban una miseria de alquiler por él, y la siguen pagando. No sé cómo no se han enterado los de la Caja que aquí no vive ya nadie. Si se enteran o alguien del vecindario se chiva, nos lo quitan. Ya es raro que no haya ocurrido en tantos años. Recuerdo cuando veníamos en verano, sólo por cambiar de ciudad y también porque aquí no hacía tanto calor.

 

8 de Diciembre

 

He vuelto de nuevo a mi casa. No soportaba estar en la otra durante más tiempo.

 

9 de Diciembre

 

He estado releyendo lo escrito durante los últimos días pasados y me he dado cuenta de que sólo hablo de Marta y de mí, nada sobre el trabajo que me ocupa, nada sobre ninguna otra cosa. Necesito a Marta más de lo que pensaba. Me ocurre a menudo. De primeras me parece que soy autosuficiente, me miro en el espejo y me siento bien con la compañía de mi imagen reflejada. Me miro en el espejo y no estoy solo. Hay dos personas en la habitación. Luego empieza a arañarme la soledad y es como si el espejo se rompiese, pero sin ruido.

 

l l de Diciembre

 

Ayer no llamó nadie por teléfono. Qué raro. Estoy saturado de estar solo. En este momento odio escribir. A veces me parece que estoy demasiado con Marta. Huyo pensando que me están robando el tiempo, pero después de pasar algunos días escribiendo me saturo y me asquea escribir. Si no me llama ella hoy, la llamaré yo mañana.

(Más tarde). Cuanto más viejo soy, más rápido se me pasa el tiempo y siento vértigo. Los días pasan volando y me da miedo. Me da la impresión de que el tiempo huye de entre mis dedos, se escurre. Entonces parece tan precioso, que no hay nada que merezca realmente la pena y siempre ando buscando algo verdaderamente fundamental, algo importante en que emplear el dorado tiempo. Pero no parece que haya nada así.

 

II. Algunos momentos entresacados de la vida de Pedro Mainieri.

 

13 de Diciembre 10 a.m.

 

Las mantas y sábanas de la cama eran como pan de azúcar cuando de pronto sonó el teléfono y despertó a Pedro Mainieri. Pensó que sería Marta. Y se sintió poderoso, satisfecho, porque era él el que mandaba. No puede vivir sin mí, pensó. Y no le importó que le despertaran.

 

–¿Sí? –dijo tomando el teléfono con la mano izquierda. Llamaban de la radio. A ver qué pasaba con la radionovela.

 

Sintió un gran fastidio, estaba seguro de que sería Marta llamándole desde el trabajo. Empezó a prepararse el desayuno mientras pensaba en ella. Cogió una cerilla, encendió el fuego y puso leche a calentar sobre la llama de gas. Luego fue  por la bata, un albornoz azul de felpa. Un frío aire de invierno navegaba por todos los rincones.

 

Sacó do bimbos de la bolsa y los introdujo en el tostador mientras seguía pensando en Marta. ¿Por qué no le llamaba? ¿Estaría cansada ya de hacerlo? Otras veces no se cansaba tan rápidamente. ¿Y si se hubiera cansado definitivamente de él? Pensó por un momento qué sería mejor: soportar a Marta todos los días o sufrir la falta de Marta como contrapartida a no querer vivir con ella.

 

5 p.m.

 

–Está bien –dijo el director de programación de la radio con el folletín entre las manos– ¿un cigarrillo?

–Sí –Pedro Mainieri alargó el brazo para coger el Winston americano, mientras con la otra mano sacaba el mechero del bolsillo para darle fuego al director. Parecía tener ganas de charla.

–¿Y dónde se ha metido? Llamaron de casa de su novia más de una vez. De veras que lo siento.

 

Hubo un momento de silencio. De repente Pedro Mainieri se levantó, dijo adiós en voz baja y se fue como enfadado, dejando al director con un palmo de narices y olvidando el cigarrillo en el cenicero.

 

A decir verdad Pedro Mainieri no sabía por qué había salido tan súbitamente del despacho del director de programación. Sencillamente lo necesitaba. ¿Por qué le había dicho «de veras que lo siento»? Necesitaba salir de allí y llamar a Marta. Seguramente estaría en su casa. Aunque tenía las tardes libres, no solía salir mucho. Era la primera vez que le salía mal su tira y afloja con ella. ¡Al final, tener que ser él quien la llamara! Siempre había sido Marta la que más le necesitaba y le buscaba. Se sintió vencido. Quizás he ido demasiado lejos, pensó. Y por primera vez en mucho tiempo tuvo miedo de perderla.

 

Entró en la primera cabina que encontró y empezó a marcar los números del teléfono de Marta: 81 42 05. Al hacerlo pasaron por su cabeza miles de imágenes inconscientes, como si fueran la clave para ponerse en trance. Escuchó la voz que le llegaba desde el otro lado del hilo telefónico mientras su mirada se perdía entre los árboles, como mirando al infinito, desde el cristal hasta más allá del parque que tenía delante.

 

–¿Sí? ¿Dígame?

–¿Está Marta? (silencio,  extrañeza) 

–¿Quién es? (voz de la madre de Marta)

–Soy Pedro (de nuevo silencio, un silencio dolorido y como si dudaran antes de contestar)

–Pero... Dónde...? Marta está... (pausa) (la voz se estrangula). Estuvimos buscándote por todas partes... (pausa)

–El entierro fue ayer... (la voz reprime el llanto, mientras se va debilitando).

 

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