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Euskal Idazleen Elkartea

Migel Anjel Mintegi Larraza > Extractos

Narrativa

2002 | Ibaizabal

Todo tiene su precio


El abogado puso los platos encima de la mesa. Luego, poniéndose cómodo en el sillón giratorio, cogió una taza y tras dar un pequeño sorbo, miró atentamente al detective. Tan solo por un instante, dejó la taza inmediatamente sobre la mesa, y se puso a hablar con un tono de voz algo triste.

-Si no estoy equivocado se dedica a hacer de sabueso -dijo.

-A decir verdad, no le hago ascos a nada, salvo alguna que otra excepción -Maiz le dijo la verdad, en la creencia de que el abogado tendría conocimiento de sus andanzas-.

En cierto modo, para ser concretos, vivo gracias a los cornudos y los estafadores. Sobre todo gracias a los primeros.

-No está mal. En efecto, el motivo de que usted esté aquí está relacionado con algunas asuntos habidos fuera del hogar, o, por decirlo de otro modo, con una mujer que no es la esposa de mi cliente.

-Tanto mejor, pues prefiero meter las narices en asuntos de faldas antes que tratar con asuntos sucios de dinero, sin discusión. Venga, sigua, soy todo oídos.

-Mejor vayamos despacio, concretando las cosas antes de ir al meollo del problema.

Primeramente, si aceptara mi oferta, debería dejar rápidamente todo lo que tuviera entre manos. Es imperioso finalizar el trabajo lo antes posible, diría que es cuestión de vida o muerte. Debido a ello, la recompensa será según el tiempo en que tarde en realizar su trabajo: seis mil euros si es en una semana y la mitad si el plazo se alarga.

-Bonita cantidad. Al menos para empezar a hablar. Sin embargo, no puedo darlo por bueno sin conocer los pormenores, pues ese dinero podría ser una bagatela. Por tanto, pongamos las cartas encima de la mesa y centrémonos en el problema, vayamos rápidos desde el principio.

-Ha de encontrar una mujer, una rubia que llame la atención, escultural por lo que me dicen –se le quedó mirando.

-¡Comienzo interesante, caramba! Siga, siga, me ha dejado con ganas de entrar en detalles.

-El problema, en cambio, no es trivial, no señor. Es grave, muy grave, pues es imprescindible encontrar a la rubia para sacar de la cárcel de Martutene a mi amigo cliente. Está en un aprieto, corre el riesgo de pudrirse en una ciega, si no encontramos a la mujer. El motivo no es de broma, puesto que le acusan de asesinato, del asesinato de su esposa nada menos... ¿Qué le parece?

-¿Qué me parece? –silbó asombrado-.No quisiera estar en su lugar. Acusarle del asesinato de su esposa... No es de broma, ¡demonios! Y él lo niega, claro, pero no tiene coartada.

-Ha acertado de lleno.

-La coartada es la mujer, no hace falta decirlo.

-La misma. Pero no sabemos dónde se ha metido.

-Es para pensarlo – Maiz se movió nervioso en el sillón-. Bueno, diga quién es y empezaré de inmediato a buscarlo, revolveré cielo y tierra hasta encontrarlo.

Iturbide se echó hacia adelante. Puso los codos sobre la mesa, entrecruzó las manos, puso la barbilla sobre ellas, y le miró con seriedad.

-La cuestión es... que no sabemos quién es -dijo, tras un breve silencio-

¡Ahí está el meollo del asunto!

El detective se quedó boquiabierto. Del modo en que había comenzado la conversación ganar doce de los grandes le pareció sencillo, pero tras escuchar lo último empezó a dudar. Hay que conformarse con la mitad de lo mejor. Y también él... ¿Qué esperaba, pues? Como de costumbre, aquel hombre no le estaba ofreciendo un chollo, nadie ofrece chollos en este mundo, ni siquiera los idiotas. Por tanto, estaba claro que las dificultades para encontrar a la mujer serían al menos como la cantidad de dinero ofrecida, si no mayores.

-¡Estamos buenos! -dijo decepcionado-. Al menos tendrá alguna foto, ¿no?

-No, ni siquiera eso.

Maiz se quedó sin saber qué decir. ¿Le quería tomar el pelo? ¿Qué se creía el tipo ese?, ¿qué era un mago? Estaba sorprendido. El otro, por el contrario, le miraba impasible. Sin embargo, no notó rastro alguno en su cara de que le estuviera tomando el pelo; al contrario, hablaba en serio.

-Su amigo será capaz de hacer una descripción exacta, ¿no? Porque hay muchas rubias; y que llamen la atención... muchas, por fortuna.

-Claro, mi cliente le dará información amplia y concreta de él, pero eso será mañana por la mañana.

-Pero está en la cárcel.

-Además a punto de volverse loco. Pero si acepta el trabajo, iremos mañana a verle a la prisión de Martutene, tienen permiso para una visita frente a frente.

Aceptó. Cómo no. El trabajo no era sencillo ni mucho menos, pero aún en el peor de los casos (lo último que dijo le encendió un rayo de esperanza en él), tres mil euros por encontrar a una mujer no estaba nada mal. De todos modos, el doble era de veras atractivo, y sin duda valía la pena un trabajo difícil de una semana. Además, desde que se sacó la licencia de detective era la primera oportunidad que se le presentaba para meter las narices en algo gordo. ¡Hasta hay un cadáver! Mirado por todos lados, bada, la oferta era atractiva.

-Se lo agradecería –le dijo Maiz, tras decir que sí-, aunque sea de forma breve, que me explicara.

-Se lo explicaré de forma rápida – Iturbide miró al reloj-, voy tres veces por semana al gimnasio, y hoy es uno de esos.

-Se le nota -Maiz, en plan adulador.

-No es para tanto, también he tenido mejores épocas. A medida que pasan los años es más difícil quitar los kilos que se han cogido durante el invierno. Pero vayamos al grano.

-Bien. Antes de empezar, en cambio, otra pregunta, quizás muy estúpida, por no decir inútil: ¿su amigo es inocente?

-Para mí no tiene culpa de nada, sin duda. Sino que aquella noche estaba del todo atontado. Y no lo creo. Ni el más imbécil de la ciudad actuaría de una forma tan torpe para matar a su esposa.

-Y ese tío no es imbécil, ni tampoco está mal de la cabeza.

-De ningún modo. Jaime Ostolaza, nuestro hombre, es bastante listo, a decir verdad.

Sin embargo, desde que está en la cárcel corre peligro de acabar mal de la cabeza, en serio peligro. De ahí vienen nuestras prisas.

-¿Cómo se ha metido en este follón?

-De un modo curioso. Tenía costumbre de tomar unas copas los viernes por la noche.

En bares y... también en clubes, por explicar las cosas tal como son.

La desgracia sucedió exactamente el viernes, estando en la cafetería de costumbre después de cenar, entró una mujer rubia desconocida. Al parecer despampanante. En una de estas, que si sí que si no, empezaron a charlar en el bar y acabaron en el apartamento de la mujer.

Y luego... ¡luego del cielo al infierno! Al amanecer, nuestro hombre volvió a casa mientras degustaba los últimos restos de placer, se encontró a su esposa muerta en la sala de estar, con el cuello cortado. El espectáculo le produjo una gran impresión, y aturdido por el shock, un vecino le encontró entrando y saliendo de casa al rellano como si estuviera loco. El resto te lo puedes imaginar.

-El policía no se cree lo de la rubia, claro.

-¡Ni por asomo! La historia podría ser creíble, pues la rubia no es una invención de mi amigo, ni mucho menos. Todos los que estaban en la cafetería la vieron entrar, y también hablando con Jaime. Pero el resto no tiene una base sólida, pues Jaime no sabe quién es la mujer (los testigos tampoco, claro está), y tampoco dónde fue con ella. Parece que fueron a la zona de Aiete o por ahí; pero no puede asegurarlo. En lo que respecta al apartamento no recuerdo nada en especial: que en la sala de estar y en el baño no había nada de particular, tanto en una como en otra tan solo lo necesario, tan solo eso. Aparte de eso no es para asombrarse que no hayan fijado en los muebles teniendo al lado una mujer como esa, pues según Jaime y los testigos, así lo repiten constantemente, era una mujer de esas que te vuelven loco.

-Un cebo muy goloso, quizás inevitable, puesto adrede para que su amigo picara.

-Sin duda. Como verá mañana, con todo lo que pasó después, no puede quitarse de la cabeza la noche que pasó con la rubia. Mañana, pues, los detalles que faltan. Mientras tanto, lo hasta ahora recopilado quizás le ayude a hacer las primeras reflexiones.

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