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Euskal Idazleen Elkartea

Mariasun Landa Etxebeste > Extractos

Narrativa

2002 | Alberdania

Un cocodrilo bajo la cama

Al día siguiente, J.J. llegó muy nervioso al ambulatorio. Nunca le habían gustado los médicos. Siempre se las había arreglado para no tratar con ellos, pero en esa ocasión no vio otra salida, más que la de revelar su Gran Secreto al oído de un profesional. Tenía que ser a alguien acostumbrado a todo, a ingenieros que ladren o a empleados administrativos que viven con cocodrilos. Sentía vergüenza y miedo, la necesidad imperiosa de tomar alguna medida drástica, y al mismo tiempo la tentación irrefrenable de escaparse corriendo. Con aquel talante, no le importaba ser el número veintisiete. Eso quería decir que tenía tiempo para echarse atrás, para venir otro día, 26 problemas de salud antes que el suyo, no era imposible que le llevara toda la mañana. Pudiera ser que el doctor Raudo estuviera muy cansado y le diera hora para el día siguiente. Una señora viejecita, arrugada como una uva pasa se sentó a su lado.

-¿Qué número tiene? –le preguntó, el suyo, el 33, enseñándoselo a J.J.-, ¿El veintisiete? Ah, ¡entonces te tocará ahora mismo! ¡El nombre de ese médico no lo tiene puesto en vano!

Y la señora viejecita rió como un conejo, mostrando su blanquísima dentadura.

En aquel momento, una imagen patosa atravesó la sala de un lado a otro, y se empezó a quitar la chaqueta nada más abrir la puerta de la consulta.

- ¡Es el doctor Raudo! – le hizo saber atentamente la señora viejecita.

Y, tras hacer las presentaciones, allí empezaron a pasar todos los enfermos por el despacho del médico uno tras otro. Pasaban con enorme rapidez, y eso, además de encenderle las sospechas, de repente le provocó una parálisis a J.J..

-¡Es tu turno! ¡Tu número! – le dijo el 33 un instante después.

J.J. se levantó como un autómata. ¿Qué le debía decir al médico? ¿Qué pensaría por tanto el médico? ¿Cómo explicarlo...?

-¿Qué le ocurre?

El doctor Raudo vestía una bata blanca con los botones sin atar, estaba de pie detrás de la puerta, inmóvil, como un banderillero que le va a poner las banderillas al toro. En su interior, J.J. agradeció aquella rapidez con la que trataba, que le obligaba a ser tan exacto y seco:

- Veo un cocodrilo bajo la cama.

El médico no hizo ademán de ningún tipo, ni ningún gesto para tomar notas:

-¿De qué tamaño es el cocodrilo?

- Del tamaño de una maleta grande.

- ¿De qué color?

- Turbio.

- ¿Se mueve?

- No. Sólo come.

-¿Qué come?

- Zapatos.

En ese instante, se hizo el silencio por segunda vez, y J.J. respiró, como si hubiera llegado a la meta después de una carrera larga y dura.
- Bueno, vas a tomar esto: pastillas KROKODIFIL, una por la mañana y otra por la noche; supositorios KROKODITALIDON, una al día, y KROKODITAMINA efervescente en las horas de comer. Dos semanas. ¡Siguiente!

J.J. cogió rápidamente todas las recetas rellenadas por la enfermera, y tranquilizado salió a la calle.

-¿Qué desea, joven?

Aquel farmacéutico le miraba por encima del cristal de las gafas, como si le conociera pero no recordara el nombre. J.J., pues tenía pinta de sentirse culpable por las últimas cosas que le habían ocurrido en la vida, notó verdadero interés en aquella frase habitual... .

– He venido a por estas recetas...

J.J. guardó silencio respetuosamente, para disimular su nerviosismo, mientras el farmacéutico se tomaba su tiempo para descifrar la letra del doctor Raudo… .

– ¡Sí,..., sí... Cocodritalidon, Cocodrifil y Cocodritamina!

Y tras nombrar los tres medicamentos, el farmacéutico levantó la mirada de las recetas, como si J.J. tuviera que aplaudirle... .

– ¡Estas cocodrilitis son muy pesadas! - dijo, y fue detrás de la farmacia a buscar los medicamentos.

J.J. sintió una ventanita abriéndose en su corazón. Al parecer, el farmacéutico, no le dio mayor importancia a su mal. Habló de esa "cocodrilitis" sin poner mucha atención, como si fuera una simple gripe, y además añadió la palabra y además añadió la palabra "pesada"; realmente, se le hacía muy conocida.

- ¡Perdone! - dijo J.J. cuando apareció de nuevo el farmacéutico. - Si no es un atrevimiento, ¿conoces muchos casos de cocodrilitis?

- ¿Muchos casos de cocodrilitis? ¡Sí señor!

El farmacéutico se quitó las gafas y se dirigió a los allí presentes como si fueran hipotéticos oyentes de su clase magistral...

– La cocodrilitis es un mal de nuestro tiempo. Desde que la gente ha emigrado del campo, desde que se detuvo las relaciones con las fuerzas eternas de la vida y la muerte, el modo de vida natural, desde que dejaron el sudor de su frente y el fruto de su trabajo en manos de otro apilándose en las ciudades...

J.J. carraspeó, y miró al reloj. El farmacéutico pensó que era conveniente resumir la conferencia y que debía ceñirse exclusivamente a su trabajo… .

- ¿Dice que a ver si conozco casos de cocodrilitis?... Le diré una cosa joven: La cocodrilitis no es lo peor que puede ocurrir. ¡Créame! Por ejemplo, hay casos de arañitis, los cuales son mucho más graves... Ya sabes...: Araña, red, mosca, sentirse atrapado, perseguido...

A J.J. la cara se le estaba poniendo blanco, como una sábana de hospital... .

– En efecto, puestos a pensar, joven – el farmacéutico siguió mirándole fijamente a los ojos -, el cocodrilo es un hermoso reptil, tranquilo, casi diría que sagrado. Recuerdo cómo, cuando vivía en Cuba, vi un criadero de cocodrilos. Allí le llaman caimán... ¿Sabes qué diferencia hay entre un caimán y un cocodrilo?
J.J. no sabía, y tuvo que reconocer que hasta estar metido en ese triste asunto sabía muy poco de cocodrilos y de sus familiares.

- Pues, los caimanes son más largos, los cocodrilos más pequeños. En Cuba, como antes le he dicho, vi el primer criadero de cocodrilos. Algunos estaban bajo el agua, y no asomaban más que los ojos. Otros estaban unos junto a otros aletargados, apilados en el barro... ¡Qué gran vista! A mí los cocodrilos no me dan miedo. Los mosquitos sí. ¡Esos sí que son malos! ¡Te dejan hinchados los brazos y las piernas! Un cocodrilo es hermoso, sobre todo cuando va bajo el agua y cuando abre esa bocaza… ¿Qué le ocurre, joven?

Nada, tan sólo que ese ahogo interior le iba aumentando, nada más. Una planta carnívora pegajosa le había comido el estómago y se estaba extendiendo hacia el corazón y las entrañas.

– Pues, lo que estaba diciendo, el cocodrilo casi no tiene enemigos... . Fíjese, ¡a menudo las balas de un fusil no le hacen nada! – el farmacéutico se carcajeó ante J.J.-. Esas películas americanas de pacotilla han arruinado su imagen. Ya sabe lo que quiero decir, el cocodrilo detrás del capitán Garfio etc. … ¡Qué vergüenza! Por ejemplo, ¿Sabía que en el Bajo Egipto el cocodrilo es un animal sagrado y se le veneraba?

- No... - balbuceó J.J., recordando a su compañero, que tenía una bota entre los dientes... .

- ¡Es incomprensible la ignorancia que hay hoy día sobre este tema! Tú tampoco sabrás si tu cocodrilo es un aligator o un caimán, o si es el cocodrilo de las marismas den, cocodrylus palustris, o de la clase Indomalaya, crocodrylus porosus... ¡Pero qué tienes, amigo!

El farmacéutico interrumpió su rollo, pues J.J. se había caído al suelo de bruces.

- ¡Pero Dios mío! ¡Usted me lo ha preguntado! ¡Qué susceptibles sois los cocodrilíticos!
El farmacéutico le abanicó con los papeles de la receta, y J.J. se recuperó poco a poco... .

– En este momento sólo tengo Crocodifil. Empieza a tomar las pastillas inmediatamente, y vuelve de nuevo. Serás bienvenido, y para entonces tendré todos los medicamentos que necesitas... ¡Animo, hombre! Piense que la cocodrilitis no es la peor cosa, y además...

J.J. no esperó a que el otro acabara la frase. Cogió la caja de pastillas, paga, y se dirigió hacia la puerta balanceándose.

- ¡Gracias por todo! – le soltó, con el poco de educación que le quedaba.

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