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Euskal Idazleen Elkartea

Lourdes Unzueta Zamalloa > Extractos

Narrativa

2005 | Labayru

Ya viene el tren de alta velocidad

Amaia va rápidamente por las calles camino de la estación de tren. Mira con apremio su reloj de pulsera. Le dice que faltan diez minutos para las siete. Las siete menos diez, y el tren a las siete. Entonces acelera el paso. Fatigada y con el corazón a cien, siente su cuerpo empapado de sudor.

No le pareció que se le fuera a hacer tan tarde cuando al salir de casa y encontrarse con María de su barrio y se le ha puesto a hablar, pues desde que María enviudó siempre está dispuesta a hablar. Amaia escucha atenta y gustosa, para aligerar su soledad.

Veo a lo lejos el relojazo de la estación de tren de Atxuri. Dice que son las siete menos tres minutos. Cree que con la velocidad a la que iba a ha cruzado algún semáforo en rojo, pues oye tras de sí el klaxon de un coche. El susto le ha hecho transpirar aún más a su cuerpo apremiado. Para cuando entra en la estación son las siete menos un minuto. Se ve salvada. Será justito pero cogerá el tren.

Según me acercó a la máquina canceladora de billetes, entonces se dará cuenta de que no tiene a mano el bono de viaje que necesario. Darse cuenta de eso le hará que un escalofrío recorra su cuerpo. Tendrá que registrar la cartera para buscar la tarjeta y aunque pueda parecer sencillo no será tan fácil. Efectivamente, tiene tres bonos de viaje en la cartera: vistos por un lado los tres son iguales, azules y blancos, pero, por el otro, uno pone Durango-Bilbao, el otro Casco Viejo-Derio y el tercero, el que necesita Amaia, Bilbao-Bermeo. En estas, con las manos nerviosas y sudorosas, miró a ambos lados de la tarjeta, elige la tarjeta correspondiente y metiéndola en la máquina, escucha el pitido de salida del tren ¡Adiós al tren!

El despertador va a sonar de inmediato en el dormitorio de Amaia. Jadeante y empapada se despertará y se dará cuenta de que ha tenido una pesadilla. No ha perdido el tren. Y no perderá más trenes por andar registrando la cartera para encontrar el bono, olvidándose de los primeros tiempos, ahora que la compañía de trenes ha puesto en vigor la tarjeta única para todo. Se ducha, desayuna y sale a la calle, a trabajar. Hoy irá en tren.

Llega a la máquina canceladora y mete la tarjeta única en la misma. Al momento se pone a pitar, pi-pi-pi-pi-pi, no acepta la tarjeta. Se acerca al empleado de la ventanilla, a preguntarle qué sucede. El empleado, coge la tarjeta, y, con cara de espanto, dice lo siguiente:

-Pero qué clase de tarjeta es esta, en nuestra compañía no tenemos esta clase de tarjeta unificada ¿Es que estás soñando? ¡Vosotras las mujeres siempre soñando!

-Gracias a los hombres encargados de la compañía, gracias a ellos, porque siempre están dispuestos a solucionar nuestros problemas cotidianos y a hacer nuestros sueños realidad. ¿Dónde está la hoja de reclamaciones? – le responde Amaia.

El de la ventanilla no sabe qué decir, qué hacer. Está atrapado en la encrucijada.

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