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Euskal Idazleen Elkartea

Laura Mintegi Lakarra > Extractos

Narrativa

2001 | Txalaparta

Sísifo enamorado

¿Quieres saber qué es enamorarse? Yo te lo digo, sentir una presión en el pecho, querer gritar y no poder emitir sonido, darte cuenta de que las palabras no explican nada, que es como si hablaras un idioma extraño que nadie antes había hablado. Enamorarse es no poder centrarse en nada, intentar ocultar la zozobra con una actividad loca y, cuando paras, notar que se te escapa la mirada y se fija en un punto único. Enamorarse es sentirse viva y querer morir, querer vivir y morir al mismo tiempo, porque se sufre tanto, tanto que nuca hubieras pensado que se pudiera sufrir de ese modo. Enamorarse es melancolía y risa a la vez, pena y alegría, angustia y plenitud. Enamorarse es pasión, inseguridad, fiebre, carencia y exceso. Ser más yo de lo que nunca lo fui, y no reconocerme. El amor marcó na antes y un después en mi vida.

Ane calla. Parece que buscase en el recuerdo la línea que marcó el antes y el después. Es difícil encontrar las palabras que recuperen el pasado.

Enamorarse –empieza otra vez- es vivir de prestado una vida que no le pertenece, una vida que no sabes qué hacer con ella. ¡Cómo puedo explicar qué es el amor! Quien lo ha experimentado lo sabe, pero ¿si no se ha vivido...? Puedo decirte lo que no es, tranquilidad, equilibrio, lógica, comodidad. Cuando te enamoras lo quieres todo, también lo imposible, y o quieres de inmediato. Las normas son crueles tiranos y los convencionalismos enemigos que acechan cada uno de tus movimientos. Sientes que estás rodeada de barreras, de normas absurdas. El amor me mató, pero gracias a él estuve viva una vez, antes de morir.

Tiene la mirada perdida y no mueve un músculo, las piernas cruzadas, la espalda recta. Está sentada en el borde del sillón, el cuerpo tenso. El humo del cigarrillo y la ceniza a punto de caer es lo único que da movimiento a la imagen. Esteban Mugarra deja de escribir. Cierra el cuaderno que tiene sobre las rodillas dejando a la vista el nombre escrito en la solapa: ANE. Los enfermos mentales no tienen apellidos. Al abrir el cuaderno, sin embargo, en la primera hoja se lee: Ane Atela Lasa, junto a un número de referencia para el archivo.

Ane sigue en silencio. La cinta está a punto de acabarse. Esteban Mugarra, antes de continuar, saca la cinta, le da la vuelta, la introduce de nuevo y aprieta el botón rojo.

- Cuéntame eso de que una vez estuviste viva.
Eso fue hace mucho tiempo. En otra vida.
Y en otro país.
Sí, en Centroamérica.
Pero todo empezó aquí, en Bilbao, ¿no es así?

Esteban no conoce gran cosa sobre Ane. Sólo lo que le explicó su marido cuando se
presentó en la consulta a pedirle que se hiciera cargo del caso. Eso, y lo que Ane le ha contado hasta ahora en las primeras sesiones. Pocas cosas, un puzzle sin completar todavía.

Por lo que sabe, Ane no había estado enamorada hasta que conoció a Mikel, aunque para entonces ya tenía un marido, dos hijas, la hipoteca de una preciosa casa y una vida totalmente organizada.

Hace seis años, su hija mayor se golpeó en la cabeza y tuvo que llevarla a urgencias. Mikel estaba ese día de guardia en el hospital, y el azar les unió, inesperadamente. Desde ese momento todo se descolocó en la vida de Ane.

Hasta que conoció a Mikel, Ane pensaba que el amor era lineal, que se desarrollaba en una sola dirección, que iba de más a menos, de la juventud a la madurez, de absoluto a relativo. Sólo después supo que el amor es una imagen poliédrica, que no es un ciclo lineal que después de nacer y crecer luego se debilita y muere. El amor, por el contrario, es retorcido, tiene claroscuros, es imprevisible, absorbente, tacaño y generoso, exclusivo y envolvente. Está lleno de aristas, caras contrapuestas, reacciones que se contradicen.
Si su hija no se hubiera roto la nariz y no le hubieran tenido que dar unos puntos, si Mikel hubiera tenido otro turno, o si en lugar de al hospital de Cruces hubieran ido a Basurto o a Galdácano, es posible que Ane nunca hubiera conocido a Mikel y que su vida no hubiera cambiado. O sí. Quién sabe... ¿Se puede huir del azar? ¿O el azar no existe?

Ane estuvo aquel día y a aquella hora en el hospital por azar, y fue puro azar lo que hizo que sus vidas se encontraran. También es cierto que esa relación hubiera quedado en nada si Mikel no hubiera quedado en nada si Mikel no hubiera dado un paso más, si no hubiera insistido en ver otra vez la cicatriz de la niña. Algo le hizo decidir que quería saber más acerca de Ane. Mikel era cirujano plástico, tenía 45 años en la época en que se conocieron y vivía solo. Ane entonces no sabía nada de esto; pero lo iría sabiendo con el tiempo.

Mikel les citó una semana más tarde para comprobar cómo estaban los puntos de la cicatriz y el tabique nasal. Quería asegurarse de que no habría ningún problema. En esta segunda ocasión empezó a hacer preguntas como si no las hiciera, con naturalidad, si la niña tenía algún hermano o hermana, si vivían cerca, si Ane había tenido que faltar al trabajo, en qué barrio vivían... Además su jornada estaba a punto de terminar, ellas eran su última cita, y también él iba al barrio de Ane. Se ofreció a llevarlas hasta su casa, y así, bromeó, estaría cerca de la niña si la nariz se caía y había que volver a coserla.

Entre risas fueron los tres al aparcamiento subterráneo, pero en camino, y con la excusa de que la niña no había merendado, pararon a tomar algo y mientras la niña terminaba la merienda, ellos estuvieron charlando un rato. Luego las dejó en casa.

Tiempo después Ane le diría a Esteban Mugarra que aquel día no percibió nada en especial. Mikel preguntaba como sin preguntar, y siempre recibía respuesta. Invitaba sin invitar, como si fuera un antiguo amigo, no pedía conformidad, simplemente la recibía. Todo sucedía de forma natural.

Dos días más tarde, mientras Ane compraba el periódico en el kiosco del barrio se encontró con Mikel y quedaron para comer al día siguiente en un conocido restaurante. Todo transcurrió tan natural que no permitía plantearse nada. Días después se vieron en la calle cuando Ane volvía a recoger a sus hijas de la escuela. Esta vez Mikel las acompañó a la tienda de golosinas porque quería comprar algo a las pequeñas. Una semana después, Ane llevó a su hija a la consulta y tomaron juntos un café en la cafetería del hospital y estuvieron hablando un rato largo.

Al cabo de tres días Ane se despertó una mañana pensando en él. Llevaba tres días son verle y sentía como si le faltara un brazo. Se dio cuenta de que algo había sucedido, de que eso ya no era la relación entre médico y paciente. Mikel no era una opción más, una relación aséptica, algo que se puede tomar o dejar. Se había convertido en una necesidad, en una carencia.

Lo necesitaba para vivir, tanto como respirar. Cuando estaba lejos me ahogaba, ni siquiera mis hijas podían llenar el vacío que él me creaba. Su ausencia me hacía sufrir infinitamente. Cuando estaba con él me dolía pensar que teníamos que separarnos, aunque esos escasos momentos que pasábamos juntos eran los únicos que aliviaban mi asfixia. El sentimiento de culpa llegó mucho más tarde, y además fue una sensación impuesta, ajena a mí totalmente. Mi único deseo era verle, era lo único que quería, lo único que necesitaba. Aparte de él no había nada que pudiera satisfacerme.

Tres meses más tarde Ane hizo la maleta, dejó una breve nota: “No puedo más” y se fue de casa. Han pasado seis años desde que ocurrió aquello, seis largos años. Hace dos meses escasos apareció en la consulta de Esteban Mugarra por primera vez. Los síntomas apuntaban claramente depresión, pero Esteban necesitaba saber más, por encima de los síntomas visibles necesitaba llegar al fondo. Y Ane le va proporcionando la información que necesita.

Después de pasar fuera seis años y medio, ha vuelto a casa. Abrió la puerta con su llave y dejó en el suelo de la entrada la misma maleta que había llevado. Se quedó allí, de pie, erguida, muda, con expresión triste, y no supo qué decir cuando un chiquilla delgada de unos trece años le preguntó quién era. Eunate no reconoció a su madre. Esta mujer y la que había visto en las fotos no tenían demasiado parecido.
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