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Euskal Idazleen Elkartea

Juan Luis Zabala Artetxe > Extractos

Narrativa

2003 | Berria

La novia bicicleta

No era como la de Eddy Mercx. No era de carreras, no tenía cambios, y el cuadro no tenía forma de triángulo sino forma de u. Pero con esa bicicleta conseguí subir hasta Urrategi sin detenerme, casi sin aliento en las últimas rampas pero bien, muy a gusto, como en aquella memorable etapa de Eddy Mercx en Mont Ventoux.

Estaba de veraneo. Se llamaba Aintzane, era de Elgoibar y tenía nueve años, dos menos que yo. Tenía el pelo largo, el cuerpo delgado, y un modo especial de reír, travieso pero tierno.
En aquellos días había una prima suya en la casa del cuarto piso bajo nuestra casa, traviesa pero tierna de verano. No podía quitarme a Aintzane de la cabeza, pero no me atrevía a hablar con ella.

Una vez, como de costumbre, dando vueltas con la bicicleta arriba y abajo del portal de casa, Aintzane se me puso delante y me dijo "A que no me pillas", con aquella risa suya sin igual. Yo hice ademán de atraparla y después me hice a un lado, para no atraparla. Aquella ocurrencia de Aintzane me conmovió mucho, pero luego no sabía que más hacer para acercarme a ella. Avergonzado, nervioso, fui hasta el barrio de abajo a seguir andando en bicicleta. Creo que ella también quería hacerse amiga mía, pero yo no sabía cómo acercarme a ella, y me daba pánico quedarme delante de ella sin saber qué decir.
En mis más dulces sueños me imaginaba hablando con Aintzane de la subida de Urrategi, quería ofrecerle todas mis hazañas deportivas, pero no sabía cómo.

La cuesta de Urrategi empieza en la casa donde nací, pero en Azkoitia hay otros barrios como Urrategi que están en el monte, situados en el final de una carretera llena de rampas. Como el de Urrategi también quería subirlas, sin quitar los pies de los pedales: Kukuerri y Xuxula eran más sencillas que Urrategi; Madariaga, Elosu y Martitte, en cambio, tienen cuestas más pronunciadas. Pero en éstas se impuso la estabilidad de mi voluntad.

A pesar de avanzar en los sueños y actividades que tenían que ver con la bicicleta, no conseguí lo mismo en el camino para ser amigo de Aintzane. Además, una cuadrilla de chicos del barrio de al lado empezó a venir por mi portal, con la excusa de jugar a castillos de tablas pero, la verdad, creo que atraídos por Aintzane.

Aquellos chicos eran más hábiles que yo en las relaciones con las chicas. Con Aintzane y Arantxa –la prima de Aintzane que vivía en el cuarto piso bajo nuestra casa- usaban todos los trucos para tomarlas el pelo: en ocasiones subían piedras a los castillos de tablas y desde allí empezaban a pedradas, otras veces se escondían en algún rincón y de repente salían gritando y haciendo aspavientos dándoles unos sustos de muerte... No sé cómo son hoy día, pero en aquella época, así solían ser las relaciones entre chicos y chicas.

Yo, sin poder nada más, me agarré firmemente al manillar de la bicicleta, como si el esfuerzo más efectivo para llegar hasta Aintzane fuera subir las cuestas más duras en bicicleta. Sabía que ese no era el camino más directo, más corto, pero de un modo difuso, inconcreto y estúpido, a cada pedalada creía estar cada vez más cerca de Aintzane, o eso quería creer al menos, y con voluntad firme seguí rompiendo los límites en mis paseos en bicicleta en mis paseos en bicicleta.

Elgoibar, el pueblo de Aintzane, está pasado el alto de Azkarate y bajando desde allí. Había subido hasta todos los barrios de Azkoitia más de una vez y pensé que era el momento de dar el salto. Me daba miedo, no obstante, ir en bicicleta hasta Elgoibar. Llegar hasta allí no era difícil, ya que la subida a Azkarate la tenía dominada, pero si bajaba de Azkarate hasta Elgoibar, ¿sería capaz de subir de nuevo hasta Azkarate? ¿No sería demasiado?

En una soleada sobremesa me puse en camino. Sentí una gran emoción al bajar a Elgoibar tras pasar por el alto de Azkarate. Elgoibar, en aquel tiempo, me parecía un pueblo muy lejano. En mis paseos había llegado a Azpeitia, Zestoa, Zumaia y a Urretxu-Zumarraga, pero Elgoibar, no como esos pueblos, está al otro lado de los montes que rodean Azkoitia, lejísimos. Elgoibar era otro mundo. ¡Y el pueblo de Aintzane!

La cuesta que va de Elgoibar al alto de Azkarate es dura, y fui muy mal en los últimos kilómetros, pero, obstinado, logré subirlo sin poner el pie en el suelo. Lleno de gozo por haber llegado por mí mismo hasta Elgoibar bajé de Azkarate a Azkoitia.

Al día siguiente, animado por mi hazaña y, no como en otras ocasiones, pensando que ya tenía qué decir a Aintzane, paré la bicicleta delante de Aintzane y me atreví a hablar.

- ¿Sabes hasta dónde llegué ayer en bicicleta?
- ¿En bicicleta? ¿Hasta dónde?
- Hasta tu pueblo, hasta Elgoibar.
- ¿Quién te ha dicho eso? – me respondió, mostrando su permanente sonrisa – Yo soy de Markina, y además, Elgoibar, no me gusta en absoluto. A Elgoibar tan solo voy a al escuela.

No sabía qué decir, pero no tuve que decir nada más, ya que los chicos del barrio de al lado interrumpieron la conversación.

– Mirad, mirad, Aintzane tiene novio – dijo riéndose uno de los chicos.
- ¡Un novio corredor! - añadió otro.

Avergonzado, me alejé de allí. Cuando miré atrás, vi a los chicos del barrio de al lado hablando con Aintzane y Arantxa. A base de pedradas y sustos, habían llegado, al parecer, a una amistad más apacible.

Había estado alguna vez en Elgoibar, con mis padres, pero de Markina no sabía ni dónde estaba. Compré un mapa. El mapa me enseñó que para ir de Elgoibar a Markina había que pasar otro puerto: San Miguel; y, en total, de Azkoitia hasta Markina ida y vuelta hay unos 48 kilómetros, como dos idas y venidas de Azkoitia a Elgoibar.

Hice temeroso la subida a San Miguel, pero, por suerte, las cuestas eran más suaves de lo que creía. Además, al llegar, un gran cártel verde me mostraba que estaba entrando en Bizkaia. Aunque ver el cielo cada vez más oscuro me hizo albergar dudas, pensé que no podía rendirme estando tan cerca del pueblo de Aintzane y seguí hacia delante. Con gran preocupación pero con una profunda emoción bajé de allí a Markina. Todo era nuevo, todo era misterioso, no sabía con qué me encontraría tras la siguiente curva. Al llegar a Markina, estaba a 24 kilómetros de casa, bastante cansado para entonces, bastante cansado para entonces, apremiado por la cada vez mayor amenaza de las nubes. Desde entonces, he estado en París, Berlín, Xau, Lima y en muchos otros sitios, pero creo, que como cuando llegué a Markina, nunca me había sentido tan lejos de casa, ni lo volveré a sentir más, vaya al lugar que vaya.

Antes de llegar a San Miguel comenzó a llover. Sin más anhelo que llegar a casa me puse a dar pedales, mezclándoseme en las mejillas las gotas de lluvia con las lágrimas. De San Miguel a Elgoibar bajé temeroso de resbalar, y la subida de Elgoibar a Azkarate se me hizo tremendamente cansada, inacabable. Hecho polvo y congelado llegué a casa, tiritando. Mamá me echó una buena bronca ("¡Tú no estás bien de la cabeza!"), pero no le dije hasta dónde había llegado.

Al día siguiente no pude contarle a Aintzane mi hazaña, porque, según me dijo Arantxa, había vuelto con su familia a Markina. Los chicos del barrio de al lado tampoco volvieron a aparecer por nuestro portal. Arantxa no tenía el pelo largo como Aintzane; y, sobre todo, Arantxa no era de fuera.

Un día de la misma semana, con mucho mejor tiempo, volví a hacer el camino para Markina, animado por la estúpida esperanza de que vería allí a Aintzane.

En el camino, subiendo de Elgoibar a San Miguel, me vino un cuento que había leído en la escuela a la memoria. En el cuento, el diablo le ordena a un agricultor que si sale corriendo de dónde está, todas las tierras por las que pase serán suyas. Corre y corre y tras pasar por amplios terrenos, el agricultor vuelve al lugar de donde salió… , exhausto, agonizante. Antes de morir, el diablo le muestra un pequeño agujero hecho en el suelo y le dice "Esta es toda la tierra que necesitas".

Como el agricultor del cuento, yo también, según pasaba con mi bicicleta por todos esos parajes, trozos de carretera, cruces, señales y mojones, caseríos al lado del camino y mucho más en el interior, sembrados, pinares, pomares, cerezos, campos, riachuelos y colinas, sentía que los hacía míos, míos del todo. Pero, no como el agricultor del cuento, era capaz de controlar mi cuerpo, de llegar a casa sano y salvo, con la ayuda fiel de mi bicicleta.

No vi a Aintzane en Markina. Pero en los siguientes días ere seguí yendo en bicicleta a los pueblos y barrios de alrededor y a los que estaban aún más lejos, firmemente agarrado al manillar de la bicicleta. Llegué a Eibar, Deba, Zarautz, Andoain, Tolosa, Beasain, Arrasate y a sus barrios pequeños y grandes pueblos de alrededor, puertos y pozas, campos y bosques, todas las carreteras y rincones, también hoy, igual que Markina, los siento a todos profundamente míos.

No vi más a Aintzane, ni en aquel verano, ni una vez pasado aquel.

Una vez con los amigos hablando de chicas, uno de ellos me preguntó si tenía novia. Avergonzado, no sabía qué decir, pero no necesitaba decir más.
– La novia de éste es la bicicleta – dijo otro amigo.

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