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Euskal Idazleen Elkartea

Juan Kruz Igerabide Sarasola > Extractos

Narrativa

2005 Polvo al polvo... | Alberdania

ENTONCES ERA JOVEN, pero fui a la reunión, olvidando la prohibición de mi padre; estuve en una esquina. El frontón estaba hasta los topes, pues había más gente que nunca reunida, para preparar la huelga general a favor de los trabajadores que habían asesinado el tres de marzo en Vitoria. No cabíamos en nosotros mismos. Cuando aparecieron los guardias civiles, salí por la portezuela del frontón, pero la gente anduvo demasiado lánguida, tropezándose unos con otros. Yo huí por el “sendero de los comunistas”, y escuché los disparos, como si me pegaran en la frente. Más que correr, volé, sin acordarme en absoluto de la cojera. Dejé el camino, y volví por los prados, atravesando las huertas; al llegar a la esquina de la manzana de Marro, me agaché. Encontré mucha gente en las huertas, dispersada, y lo mismo detrás de la manzana. Desde mi escondite, veía a los guardias civiles, metiendo gente en aquellos jeeps; se llevaron amontonados también a los heridos. Tenía miedo de que fueran a registrar los rincones, y estaba presto a salir corriendo de allí de un momento a otro, mostrando el camino de huída a la gente que tenía alrededor. No obstante, aquel día los guardias civiles tenían suficiente pesca; con los jeeps llenos a reventar, a los detenidos que no cabían les obligaron a tumbarse en el suelo, y les empezaron a dar patadas. Alguien gritaba desde una ventana:

-¡Asesinos!

Alzaron los fusiles, amenazando a los que aparecían en las ventanas, y siguieron dándoles patadas.

Cuando se fueron, los que estaban escondidos salieron corriendo, a ayudar a los que habían pateado; también salió gente de las casas. Yo, en cambio, me quedé allí, al ver que había pasado el peligro, me puse a temblar, sin poder moverme de allí, hasta que divisé a mi padre en la plaza, con las manos en la cabeza, preguntando a todo el mundo si me habían visto. Entonces, salí corriendo de mi escondite, y me dirigí hacia él, aunque tenía miedo de que me fuera a dar una paliza, por haberle dado semejante disgusto; pero eso no me importaba, porque no quería más que abrazar a mi padre. Cuando me vio corriendo hacia él, también abrió sus brazos hacia mí. Nos abrazamos con ganas, efusivamente, como nunca antes. Camino a casa, no me decía más que esto: "Ve con cuidado, hijo; no pierdas la cabeza. Ve con cuidado".

Estando las cosas como estaban, Adela también tenía miedo de que se la llevaran de un momento a otro. La policía debía saber, sin duda, de qué tipo de familia venía, con qué tipo de gente se movía, qué tipo de amigos tenía. Me juré que como le sucediera algo a Adela, Julio lo pagaría caro, porque estaba seguro de que, de uno u otro modo, su sombra estaba detrás de todas aquellas detenciones. Si se llevaban a Adela, yo me llevaría por delante a Julio. Sabía que Adela no vería con buenos ojos mis intenciones, pero de vez en cuando algo se te enciende en tu interior, y, aunque las ideas te marcan el camino contrario, no pueden apagar ese fuego interno, y finalmente las ideas caen frente a la pasión. Así ocurre, de vez en cuando.

Una tarde, mientras estaba solo en casa, saqué la pistola, metí la bala donde ponía J, me puse frente al espejo, y apunté al corazón, sosteniéndola firmemente con la mano.

-Julio, mala bestia: te ha llegado la hora -repetía, frunciendo el ceño, firme-. Te ha llegado la hora, te ha llegado la hora...

Sin embargo, no tenía por qué matar a Julio, pues a Adela no la había ocurrido nada. Por el contrario, fueron noticias inmejorables: para empezar, Franco murió; y, en los siguientes meses, salió mucha gente de las cárceles.

Julio, por el contrario, estaba recluido en su mansión, y, cuando salía alguna vez, iba directo al bar, pero no con esa mirada orgullosa y figura erguida que llevaba antes. De ningún modo, iba con miedo, o, si no, se sentía apartado, atrasado en el tiempo, muerto en vida, junto con el régimen que amó. Yo casi ni le veía, pero, como decían, bajaba cada tarde bebido a la escuela y parecía llevar barba de varios días. Los padres de los alumnos ahora no estaban dispuestos a quedarse callados, y acudieron a la representación territorial a quejarse. Hicieron venir al inspector; éste le soltó una reprimenda a Julio, humilló del todo al maestro, aunque antes, en tiempos de Franco, aquel mismo inspector dio la orden de cumplir una ley muy diferente. Aquel inspector también, como muchos otros, ahora era demócrata, por arte de magia, e impulsor de aires renovadores. Le dijo a Julio que si quería seguir trabajando en aquel barrio, debía ir a una euskaltegi o academia, pues los niños del barrio hablaban euskera desde casa.

Era sábado, estoy casi seguro, puesto que Marisa y yo fuimos a ver la película El Violinista en el Tejado al barrio de abajo; luego, volvimos a pie por la acera de la orilla del río; subimos la cuesta a oscuras, pues no había luz en el camino y, cantando sin parar la canción de la película, porque se nos había quedado grabada en la oreja: "If I was a richman, dobe, dobe..."; íbamos poco a poco subiendo la cuesta; nos parábamos a menudo, para besarnos; nos llevábamos un dulce a la boca, y lo chupábamos entre los dos. Aquella cuesta era para nosotros como subir al cielo, la escalera de Jacob, no el camino para llegar a la felicidad, sino el mismo camino de la felicidad.

De repente, escuchamos unos disparos secos: ¡pam!, ¡pam!, ¡pam!

-¿Quién demonios está de caza a estas horas? -Marisa se asustó.

A veces, algunos cazadores salen de cacería, con linterna y todo, ya que las perdices se suelen acercar a las luces, o, si no, se quedan inmóviles mirando a la luz; así, las cazaban fácilmente.

-No han sido disparos de escopeta, Marisa.

No lejos de allí, sentimos un coche arrancando, bajando a toda velocidad por la cuesta. Por temor a que nos atropellara, empujé a Marisa, y ambos caímos al arroyo. Allí, agachados, notamos que pasaban dos coches, a toda velocidad; no los vimos bien porque estábamos agachados, pero distinguí perfectamente el ruido de los motores. Al salir de nuevo a la carretera, subimos corriendo la cuesta. Estando en la esquina del frontón, vimos a Joxe Mari y a Ana llegando corriendo. Frente al bar había un grupo de gente, y un cuerpo en el suelo, en medio de un charco de sangre; otros no se atrevían a salir del interior del bar. Ana y Joxe Mari se acercaron donde nosotros.

El tabernero estaba agachado al lado del cuerpo. Joxe Mari se metió en medio, y se puso a ayudar al tabernero, parando la hemorragia. Ana también se agachó; le tomó el pulso.

-Está vivo. Tenemos que tenerle caliente.

El tabernero volvió a entrar al bar; trajo un par de manteles, para taparle con ellos el cuerpo.

-Voy a llamar a la ambulancia –dijo después, haciendo ademán de volver a entrar al bar.

-¡No hay tiempo! –respondió Joxe Mari-. No podemos estar esperando la ambulancia. Traeré la furgoneta.

Joxe Mari fue corriendo a buscar la furgoneta; Ana sostenía la cabeza de quien yacía en el suelo.

-Tranquilo, tranquilo. Te llevaremos al hospital.

Tenía los ojos abiertos, como si no pudiera entender lo que le estaba sucediendo. Soltándome de Marisa, pues estaba abrazada a mí, me acerqué.

Me miró directamente desde el suelo, e hizo un gesto. Me acerqué más; me quería susurrar algo. Me acerqué aún más, hasta poner la oreja al lado de su boca.

-Joantxo, Joantxo –me susurró, de forma casi inaudible.

Le salía un hilo de sangre de entre los labios, bajándole por la mejilla, hasta el cuello. Vete a saber por qué, le cogí una mano, para ponerla contra mi pecho.

-Joantxo – me susurró de nuevo.

Le puse de nuevo la oreja en la boca.

-Viva Adela –me pareció que dijo.

El asesinato lo cometieron dos tipos disfrazados, disparando desde un coche; todo ocurrió en pocos segundos; luego, los dos disfrazados se dirigieron a la fuga cuesta abajo, a toda pastilla. Marisa y yo, en cambio, notamos que pasaron dos autos; el otro, sin duda alguna, estaría esperando en algún punto de la cuesta. Y estoy seguro, muy seguro, aquel segundo auto era una moto, así me lo indicaron mis oídos; era el motor de una Bultaco Metralla, sin ningún género de dudas. Pero eso, no se lo dije a nadie, ni siquiera a Marisa.

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