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Euskal Idazleen Elkartea

Joxean Sagastizabal Errazu > Extractos

Narrativa

1994 Kutsidazu bidea, Ixabel | Alberdania

Faltando un par de años para el 1980, llegué, una tarde bochornosa de julio, al último puerto de la civilización, Tolosa. Monte arriba, Vasconum.

Con diecinueve años y habiendo crecido en el asfalto fui a un caserío, con la intención de convertirme en Josechu el vasco. Con una maleta enorme. Un calor húmedo de la pera. El río (quizás lo que fuera un río en el neolítico) contaminaba de todo el ambiente.

Un indígena me señaló el camino; el tipo entendió mi pregunta, y totalmente sorprendido yo, por haberme podido comunicar en euskera. Por tanto, adelante y atrás, por el túnel; no hace falta decir que me iba a costar, a pie y cargando con el maletón; no hace falta decirlo. Llegué al túnel empapado de sudor, en las paraditas me notaba aquel olor asqueroso. Pasado el túnel viene la cuesta que se le aparece a Marino Lejarreta en sus pesadillas. Lo que ha dicho el contacto: "Bastante antes del centro del pueblo, solo está el caserío". Yo también estaba sólo, ¡ay, señor! Sólo y hecho polvo, y del túnel un land-rover, y un indígena fondón con boina y puro de chófer.

–¡Buenas tardes!

- Igualmente.

-¿Ande va?

- Al caserío Aranguren, me llev… .

- Sí, hombre, ¡entra!

Adentro.

- ¿E’que-ñoce a los Aranguren?

- ¿Cómo dice?

- ¿Qué si-ñoce la familia Aranguren?

- Eee, no soy de la familia, vengo a aprender euskera.

- ¿A aprender euskera? Ah, buen sitio Harrialde, todos hablamos aquí, aprenderás enseguida, ya verás.

-Eso creo, y… .

- ¡Ya’ mos llegau! ¡Esta es la de Aranguren! Yapodes-ir y estudia mucho!

- Muchas gracias.

- Una cosa tengo que desirte, los de Aranguren no hablan tan claro como yo, tienen fama de hablar serrao.

¡Ay, Santa Gertrudis!

Bueno, una casa rojiblanca y dos perros ladrando que vienen a por mí, uno muy grande, el otro muy pequeño y yo en medio de ambos. Se quedaron a un metro, ladrando. Los animales notan el miedo y como se sobresaltan más, hice ímprobos esfuerzos por disimular el miedo que me daban, pero también me salían por los agujeros de las orejas.

– Blanco, Negro, ¡aquí!

Y Blanco y Negro, allí; de verdad increíble. Los monstruos se alejan y viene la princesa, una chica de mi edad rubia oro de mejillas coloradas y sonrientes.
Un pedazo de chica, oye.

- Hola, ¿tu eres el que viene a casa?

- ¿Esto es Aranguren?

- Sí.

- Pues sí.

- De acuerdo, me alegro; soy Ixabel, ¿y tú?

- Juan Martín.

- Bueno pues, ven, chico, has de conocer la casa y la familia.

- ¿Cuántos sois vosotros?

- Pues la abuela, mis padres, dos hermanos, una hermana y yo, y las vacas, las gallinas, los conejos, algunas ovejas, perros, gatos y un montón de moscas. Me acordé de Gary Cooper, si quería sentirse sólo ante el peligro no tenía más que venir aquí. Seguí a Ixabel; vestida para el trabajo, vestido viejo, delantal y me puse a imaginar su cuerpo por debajo de la ropa.

Era muy joven. No sabía gran cosa sobre las chicas. Pero sí que me gustaban. Entramos, en los orificios nasales se siente una fragancia mezcla entre hierba y estiércol, y allí estaban, todos en la cocina. La familia Monster. Intentaré explicarme, la abuela no parecía un vampiro, el padre no tenía pinta de ser Herman Monster, ni la madre Yvonne De Carlo, pero en general. Los dos hermanos, gemelos sin duda, y, sin duda también, tenían la mitad de lo que cabe en una cabeza normal; la hermana la hija de la madrastra de los cuentos, al menos sí fea; ¿malvada? Todavía no lo sabía; los padres casados en una boda incesto, porque eran igualitos, fuertes, boronos, ceñudos; ¡y la abuela! ¡La bruja piruja! pequeña, los ojos en profundos agujeros entre las arrugas, entera de negro y su última risa en el cuarenta y siete. Todo eso de un vistazo. E Ixabel en el medio, y parecía que los quería. La flor entre las zarzas. Fijo que la recogieron en el arroyo con cesta y todo. Seguido comprobé una cosa. Hablaban serrao.

- Hola, chaval, ¡Ya vias lo bien que va’ star! – Los gemelos, dándome unas palmadas de cuidado en la espalda.

- E’ un place’ nocerte – El padre.

-Benveníu anustra casa - La madre.

- Igualmente - Yo.

- Hola, soy Bego, ¿qué tal? –

No le pude responder nada, por la sorpresa de haberla entendido. La abuela ni me miraba. Y el cabeza de familia, en nombre de todos, me lanzó un discurso que tomé como el de bienvenida; no le entendí nada, algunas palabras, "caserío", "trabajo" "cansancio"; el cabeza de familia era la madre.

- Bueno, chaval ven pa’ca que teviamo a enseñá er cuartu!

Miré a Ixabel.

– Que vayas con ellos, que te van a enseñar el cuarto.

– Muchas gracias, Ixabel.

La madre empezó a hablar, y con la ayuda de Isabel entendí lo siguiente: que no tenía cama, sino un jergón de paja en el suelo, pero pensaba que estaría bien. Por tanto, fui al piso de arriba tras los gemelos; en el camino, en aquella penumbra, olores cálidos y ruidos de masticación, los otros habitantes del caserío. Un cuarto grande, dos camas gemelas para los gemelos y en medio mi jergón de paja, cuidadosamente puesto, sábanas azules y mantas rojas. En el cuarto, en cambio, sólo un armario, allí coloqué mis bienes. Los gemelos eran simpáticos, no paraban de hablarme, y entendiendo un cuarto, adivinando tres cuartos, me las apañé.

-' Ven pa’ca Juanma, 'teñaremos el caserío.

Y me ‘ñaron el caserío. Una docena de vacas. Nunca he sido "vacunófilo", esas caras bobaliconas, caras de vaca, claro está; las vacas, bej! Mi desagradecido corazón no sentía ningún tipo de gratitud ni por la leche, el yogurt, el queso, el mantequilla, el pastel de nata etcétera; de ningún modo relacionaba todos esos placeres con las granjas; yo siempre las compras en el supermercado, y en el supermercado no hay vacas; a la venta creados por una chistera mágica gigante.
Cada vaca estaba en su apartamento; el apartamento tenía sala de estar, dormitorio, cocina y baño; cuatro patas, soporte del cuerpo, en la sala de estar; con la cabeza metida en la cocina, en el pesebre, entre la hierba; detrás estaba el baño, y la sala de estar era el dormitorio por la noche.

-¿Son todas vacas? ¿No hay toros?

-¿El toro? ¡Claro que sí! Elque-aistá, ¿cuál te parece que es?

-El más grande, ese.

-¡Qué va a ser! Esa es nuestra Juanita; ¿Es que no le ves las ubres?

-¿Ubres? ¿Qué son ubres?

-¡Esto!

Ubres=Tetas de vaca. Al fichero. Seguí mirando, ubres, ubres, ubres,¡guauu!

- Esto es un toro.

- Muy bien, pero no es un toro, es un novillo, toavía e’ mu joven.

-¿Novillo?

-Novillo, un toro cuando crezca.

Novillo = torito. Al fichero.
Vosotros leéis esto e igual pensáis que estaba tan tranquilo, porque el miedo no se nota en las letras. Pues no, amigos, estaba totalmente acojonado, aunque mantuviera el tipo ante los gemelos. En aquella promiscuidad, allí, entre las bestias, ¡mira lo que había! ¡UN TORO! Que era “joven", que era un "novillo", ¡ja! ¡El que acabó con Manolete apenas tenía cuatro años!

Para ir a la parte de atrás había un pasillo estrecho delante de las cocinas, y las vacas y el que se cargó al pobre Manolete, cuando venía gente, se abalanzaban hacia adelante, en la creencia de que era la hora de comer, y por donde se pasaba las puntas de los cuernos quedaban a veinte centímetros; si el que pasaba era uno de los gemelos, no problem, le diría "AHORA NO, JUANITAAA!", cogiéndola de los cuernos, gritándola y golpeándola en la frente... yo más pegado a la pared que Spiderman, pero es que ¡ay! ¡al final del pasillo estaba el carnero! ¡De cornamenta a cornamenta! Nunca me acostumbré, siempre pasaba por allí como Speedy González.

Abajo la cocina y el establo; arriba los dormitorios, el baño y el desván; sin televisión por ningún lado.

Ay, Santa Gertrudis; ¿es que se puede vivir sin la caja tonta?

Ixabel, Bego y La Bruja Piruja juntas para dormir, luego el marido y su esposa y tras ellos los gemelos con su mascota de ciudad.

Hora de cenar. Estaba hecho polvo del esfuerzo que tuve que hacer para entender, y por las emociones de tener la obligación de vivir o de sobrevivir. Tortilla y chuleta de cerdo. Mi delicado estómago no soporta más que una ensalada o consomé y puré de verdura, pero algo hay que comer, el instinto me decía que necesitaría energía. Todos buenos comedores, ¡y vaya saque la abuela! Parecía que estaba comiendo también para su marido quien se le murió en el cuarenta y siete al igual que Manolete.

Allí estaba para aprender y a ver cómo decían "tortilla de patatas", "tortillapatata"; perfesto, en una sola tarde había aprendido a decir "novillo", "tetas de vaca"(¿cómo era, cómo?) y "tortillapatata", con eso ya podía salir al ancho mundo. Y de postre. Nueces.

Podría aparecer en el libro Guinnes como la única persona que resulta graciosa comiendo nueces. Todos las rompían con las manos, y a la boca a cinco por minuto (la abuela nueve), sin ningún tipo de esfuerzo. Yo también debería intentarlo.

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