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Euskal Idazleen Elkartea

Joxean Agirre Odriozola > Extractos

Narrativa

2003 Se llamaba Romain | Elkar

Conmovida por mi respeto, sensibilidad o por lo que sea, me llevó a su casa. Por el camino no nos dimos ni un solo beso. Ella todavía seguía con escalofríos. Tampoco hablamos mucho. Levaba a Mónica cogida por la espalda, si no la chaqueta le resbalaba por la espalda, dejando sus hombros desnudos al descubierto. Ella siguió estrechando su carpeta contra el pecho.

Llegando al portal de la casa, saqué las llaves y nos metimos en la portería. Apreté el botón del ascensor y me miró de nuevo como si hubiese visto a otro en mí. Pensé que quizás miré a Mónica como Frisch miraba a las mujeres, mezclando asombro y sabiduría, combinando juventud y madurez. Mientras el ascensor bajaba (los ascensores siempre están en el último piso por las noches) se abrazó a mí.

Más tarde, en los años que hemos pasado juntos Mónica solía recordar una y otra vez los recuerdos de esa noche y su versión no coincidía con la mía. Recuerdo el frío de su nariz, pegada contra mí en el ascensor, y el escalofrío impasible de su esqueleto, como el de una bestia asustada. Recuerdo que luego tampoco hubo besos, que entramos por la puerta y se fue hasta la habitación y que con voz muy suave me dijo «empieza a desnudarte, vuelvo enseguida». También recuerdo que empecé a cumplir sus órdenes, lo que había dicho pero sin servilismos. Yo no insinué ni expresé nada. Desnudo en la cama, medio tapado, la esperé un buen rato, o al menos se me hizo muy largo y empecé a dudar de haberla entendido bien, pues me lo había dicho en voz muy baja y ya había empezado a pensar que quizás tendría que vestirme de nuevo cuando Mónica apareció. Entró por la puerta y dijo “ya voy”. Venía desnuda, sin tacones, por tanto, pero me pareció que seguía andando como los funambulistas. Me acuerdo de su blanco cuerpo y esa palidez la hacía aún estar más desnuda. Venía recién duchada y el olor penetrante del jabón se esparcía por la habitación. Cerré los ojos y la abracé. Me di cuenta de que su cuerpo era como tantas veces me lo había imaginado. Se había dado una ducha caliente, sin embargo, la punta de la nariz y sus nalgas seguían frías. A ratos la soltaba y mirándola, me parecía que su cuerpo tenía la consistencia de los lácteos y daba ganas de comérsela con o sin cuchara. Con el placer que crea el revivir la noche inaugural de una pareja nosotros también hicimos memoria sobre los pormenores de aquella primera noche durante los cuatro años que pasamos juntos y nunca coincidíamos. Por lo que Mónica me ha hecho recordar sin parar parece que no dije nada, ni ordené, ni expresé, pero parece que me notó en la mirada el deseo. Nos reunimos en el ensanche de la cafetería y nos quedamos mirando desde muy cerca, al parecer yo hice un gesto, un gesto de aprobación, tras echar un vistazo a su cuerpo. Yo siempre se lo he negado, ya que no tengo costumbre de mirar a las mujeres frente a frente, no al menos con esa desvergüenza, y todavía menos haciendo gestos y menos aún haciendo gestos de aprobación. Al parecer le dije que no sabía por qué se me hacía tan atractiva y eso la hacía todavía más atractiva y todo lo misterioso nos atrae, ya no sabía qué se me hacía más atractivo, si ella o su misterio. Mónica, frotándose sus brazos desnudos, ya que hacía fresco aquella noche, aparentemente me siguió y yo seguí hablando haciendo frases cada vez más confusas hasta el punto de no decir más que incoherencias. Ella debió decirme que hacía frío, frotándose los brazos de nuevo, y entonces, me quité la chaqueta y al parecer la envolví en ella como si se tratara de algo muy valioso, de forma torpe y brusca pero al mismo tiempo cariñosamente, y como si fuera algo muy valioso la estreché contra mí, como se agarran las cosas que se temen perder, con miedo de romperlo. Al parecer no tuve dudas, parece que ni siquiera pregunté. Como si las cosas estuvieran anteriormente decididas, parece ser que me dirigí hacia su casa y en el camino, parece ser que me dirigí hacia casa y parece ser que por el camino, estuve bastante respetuoso, sensible y tierno, Mónica repetía eso constantemente y ponía cara de quien recuerda algo lejano, aunque nunca lograba recordar qué hacíamos por el camino. Nunca mencionaba lo de la cama, ni la impresión que al parecer le causaron mis músculos; ni tan siquiera mi ardiente pasión la había dejado marca de ningún tipo. Habiendo llegado a la puerta de la portería, parece ser que me dio las llaves a mí porque le temblaban las manos, no sólo por el frío, sino de miedo o de susto, y abrazándola en el ascensor, parece ser que decidió dejar en mis manos todo su ser, como nunca antes había hecho con ningún hombre y seguramente como no lo volverá a hacer.

Algunos años más tarde, no como entonces, a mí me temblaban las manos, pues entré como si fuera un ladrón, tras comprobar que Mónica no estaba en casa (¿sería un factor atenuante hacerlo a plena luz del día?). Le había dicho al comisario que volvería dentro de una hora y que además seguramente volvería con alguna obra del escritor, sin decir en cambio dónde iba, y me pareció que ella sospechó y que era capaz de enviar a alguien tras de mí, aunque también tendría bastante trabajo registrando la casa del escritor. La llave abrió sin problemas la puerta de la portería y me resultaba difícil reconocerme en el espejo del ascensor, un tipo con pinta de tranquilo al que se le había empezado a encanecer el pelo, ya que tenía el corazón dando botes y el pulso nervioso, los pasos prohibidos nos dan miedo pero bueno, también nos atraen, eso lo saben los malhechores y también lo sabía yo, pulsé el botón del tercer piso como tantas otras veces y cuando me fijé en el espejo, vi un hombre todavía no deteriorado por la edad, fuerte e inmaduro, pero en el que era patente las señales que anuncian la decadencia. Había subido miles de veces en ese ascensor, con Mónica la mayor parte de las veces, en aquella época, nos retirábamos tres veces por semana, las parejas al principio establecen normas equitativas, yo en la tuya y tú en la mía, los fines de semana por turnos, quieren compartirlo todo. Quería conocer todo lo que Mónica tocaba, no sólo su cama, aunque la cama fuera casi el único mobiliario de la casa, pues le gustaba mucho dormir. Todo lo demás en esa casa era provisional, apenas utilizaba la cocina. Allí, lo único de verdad era la cama, el resto podría no haber sido más que un sencillo decorado, puesto sólo para crear la sensación de estar en un hogar. Por eso quizás me llevó a su habitación directamente la primera noche y me ordenó que empezara a desvestirme. Quizás aquella casa estaba pensaba para dormir y hacer el amor. Durante una temporada no hicimos nada más. Tampoco podía hacerse mucho más, no había un sitio para charlar o un sofá para descansar. La televisión apagada parecía un antiguo adorno en un rincón del salón. Nunca la vi encendida. Mónica tenía allí un sillón para leer y allí leía sus cosas sobre Max Frisch, mientras yo me sentaba en una silla de madera que estaba al lado del ordenador, hasta dolerme la cintura, entonces tenía que ponerme en la cama para cambiar de postura y Mónica aprovechaba la ocasión para hacerse un ovillo junto a mí y acariciarme y hacerme carantoñas. Yo la dejaba y seguía leyendo algún libro de Barthes, mientras ella chupaba con la lengua un botón o jugaba con el vello de mi pecho. De vez en cuando, dejaba el libro de Frisch en el sillón y se abalanzaba sobre mí y sin mediar palabra me empezaba a morder en la oreja o en el cuello, diciendo “eres igualito que él”. En los días que pasé en casa de Mónica siempre noté la sombra del escritor suizo entre nosotros, pero las sombras son pequeños obstáculos cuando el amor es nuevo. Antes también he dicho que Mónica era joven y un poco alocada en algunas cosas. Tampoco en esos días cuando se enroscaba a mi lado y empezaba a lamer un botón del pantalón cariñosamente le satisfacía que estuviera siempre a su lado. De golpe la respiración se le empezaba a hacer más profunda, como si alguien le apretara la garganta, y entonces dejaba a Barthes en el suelo y tenía que hacerle el amor, a menudo sin ninguna gana, aunque hacer el amor sin ganas con Mónica era algo muy agradable.

Pero las cosas se torcieron, no sabría decir exactamente por qué. Su enfriamiento coincidió con el inicio de su segunda novela. Quizás Mónica empezó a aburrirse con Frisch o porque empezó a aburrirse de mí dejó un tiempo sus libros y le vi una buena temporada con Pessoa, señal de que las cosas entre nosotros no iban bien. Mientras al otro lado de la ventana llovía le decía que leer a Pessoa era arriesgado y así era, estuvo una temporada como impregnada de una tristeza trascendental, de una pena o de una profunda saudade. Sin decirme nada se vestía su gabardina roja y solía ir a dar una vuelta bajo la lluvia. Me vino a la memoria los días en que recién enamorado de Mónica estuve mirando por su ventana y anduve bajo la lluvia pensando si estaría enamorada de otro. Volvía a casa y sin decir nada se ponía a escribir en el ordenador. Entonces yo me tenía que sentar en su sillón y seguía leyendo a Barthes, callado pero tenso, sin soltar nada, atento a sus gemidos y suspiros, aunque supiera que la semiología no vale para leer los gestos de la cara de una chica.
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