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Narrativa

El anzuelo del amor |

Ha empezado a oscurecer. Este día que tiene toda la pinta de otoño me trae un rayo a la pantalla, porque estoy escribiendo sobre la pequeña pantalla blanca, llena de pequeñas cajas frente a mí sobre una maravillosa, atractiva, encantadora postal que me retrotrae a mi interior.

Para empezar diré que la postal no es común. Me esforzaría en vano en intentar comprar una postal de semejante tamaño, seguramente, no podría comprarla en ningún sitio.

Está pegada en una pared de mi habitación, o colgada, del modo en que están pegadas o colgadas las ocurrencias y reflexiones que viven en mi profundo interior.

La postal casi tiene dos metros de longitud y un metro y un poco más de anchura. A menudo le echo una mirada cuando los días menguan y las noches se alargan; en otras tantas ocasiones un sensible deseo que guardo escondido me acaricia, creando en mi interior una pasión que no tiene nombre. Esto es lo que yo aprecio vivamente y a menudo agradezco al echarla un vistazo.

No soy una persona muy locuaz, ya lo sabes, no soy de mucho hablar. Sin embargo, de vez en cuando y cuando menos lo espero, me brotan los sentimientos, como las aguas verdes del manantial en Arteta, ya sabes, en Goñibar, donde explotan al amparo de los peñascos en la época más abundante del invierno: en el silencio, en la intimidad.

Qué dulce es una manzana rojiza en un amarillento ambiente de amor y cómo me gusta morderla y oír ese pequeño crujido ¡Cuánto placer!

El color principal de la postal es el verde, el verde, pero se pueden apreciar diferentes tipos de verde si se pone un poco de atención, y así he hecho yo ahora, cuando la tarde le está dando paso al anochecer. Por tanto, sin ninguna vergüenza – como cuando un niño pequeño se quita toda la ropa y se queda desnudo en la playa- puedo decir que dentro de la desnudez del verde siento una profunda intimidad aunque esté frente a una pálida pantalla de poca sensibilidad, o sea, parecido al misterio escondido que se siente en la oscuridad de un profundo pantano.

Detrás del lascivo verde veo el milagro que siempre me deja asombrado. Ya sabes, amigo mío, a qué me refiero. Me parece un milagro, y no de cualquier tipo. Al ver vestidas de nieve las cumbres de algunos montes me vienen a la mente, como en tropel, esperanzas optimistas y que me sirven de acicate. No puedo evitarlo. Mejor, no quiero evitarlo. Es más violenta que la fuerza especial que tengo guardada en mi interior, el líquido creador de vida que se va segregando de una blanca cumbre. Ahora, la secreción blanquecina va a la laguna de la postal, poco a poco, mezclándose con las aguas derretidas que estuvieron congeladas en invierno. A menudo he deseado que ocurra esa simbiosis natural, y aunque ocurra utópicamente, me alegra, y me ven contento del mismo modo los altos abetos alrededor de mi felicidad.

A los dos lados de estos abetos veo los juncos de un pequeño torrente, como las que veía en una época en las orillas del plomizo riachuelo Amute de Jaitzubi: enjutos, delgados, largos, eréctiles, flexibles..., es decir, de esos que se enamoran con las idas y venidas del agua tranquila. Al lado de estos, no muy lejos, hay personas que se quieren, cada uno feliz en el encanto del otro, con algunas flores silvestres rojas y amarillas a su lado, como si quisieran romper la pesada monotonía del verde imperante.

En el fondo de las aguas teñidas de plomo hay piedras pasivas, como muertas, encogidas por la presión misma de la naturaleza, humilladas. Si al menos pudiera verse el suave, maleable nado de uno de los peces pequeños, delgados e huidizos..., pero ni siquiera eso. Los elementos incoloros que están en lo profundo de las aguas onduladas no le ofrecen a mi postal la claridad que merece. Todo parece un material aburrido como una idea estéril inanimada y, por tanto, que no debería aparecer en la postal. Esas cosas que están en el fondo del pantano no aceptan el reflejo mismo de los árboles, y en esa situación marchita y perecedera han querido construir el mágico premio que corresponde a su pesimismo. Que allí resida per secula seculorum. Amén.

Una casa construida, vete a saber desde cuándo, aparece en el regazo duro-blando, áspero-suave de las blancas montañas: chabola, cabaña, cuadra, escondrijo, tesoro, borda..., ¿qué puede ser? La cabaña que parece de madera se diría que ha sido construida y edificada con troncos y que han nacido y crecido en árboles de allí mismo. Es pequeña, y caprichosa, la cual puede considerarse que difícilmente es adecuada para más de dos personas. En el dintel no tiene ni nombre, ni número, pues los nombres y los números sobran en el lugar favorito donde el amor se realiza entre dos seres. En casos como este me resulta incomprensible poner al amor nombre y número. ¿Y tú? ¿Se puede saber cuál es tu preciada opinión sobre esto? Por otra parte, no sale humo hacia arriba de la chimenea de la cabaña, hacia afuera. Del mismo modo, ni una traza de la atmósfera incandescente interior de una pareja sale nunca hacia afuera: ese templado manantial tiene su origen y final en el mismo manantial.

¡Qué felicidad, sí! Pero aunque en la cabaña no se vea humo, se oye el silencio y se eleva a través de las ventanas de madera cada vez que quiere encontrar un nuevo lugar adonde ir, del mismo modo en que los pájaros se elevan en los cielos cada vez que quieren construir una nueva frase. Allí, en las cimas que la capacidad del silencio parece coincidir con la propiedad del azul, con el vacío del espacio, con el nido del vacío, con el jilguero canoro del nido, con la pegajosidad de la miel..., haciéndose totalmente uno con un apasionado deseo.

Y todo esto, querido lector, te lo cuento como lo sentí. Recuerda, era el Anzuelo del Amor.
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