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Euskal Idazleen Elkartea

Joxantonio Ormazabal Berasategi > Extractos

Narrativa

2001 | Elkar

Es mejor...



Cuando el padre y la madre de Itsaso se separaron, se podía apreciar huellas de tristeza en sus caras. Pero no había enfado, odio y no querer verse entre ellos. Itsaso tenía ocho años por aquel entonces. En los días siguientes lloró, sí. Pero, poco a poco, se fue acostumbrando a ese nuevo modo de vida.

Han pasado varios años desde entonces. Y hoy, precisamente, Itsaso, la mejor de mis amigas, me ha dado a conocer un curioso descubrimiento. Curioseando en casa de mamá, registrando los rincones, ha encontrado un poema, al parecer, entre las fotos y las cartas.

-¿Qué es esto? - parece que le preguntó a su madre.

Y mamá, cogió el papelito y sin apartar la mirada de él, al parecer le respondió tras suspirar largamente:

- Mira, Itsaso. Te diré la verdad. Tu padre me lo regaló el día que nos separamos. Yo me la sé de memoria, y no creo que la olvide nunca.

Itsaso parece que también aprendió de memoria ese poema que encontró en la mesita de noche de su madre, pues es un punto muy importante en la historia de sus padres.

Dice así:

Es mejor
soltar el nudo del amor
que detener su cuerda.
Nos enamoramos, pero
no como para que dure hasta morir. En el jardín florido del amor que los que en libertad nos unimos nos separemos en libertad en este espinoso cruce de caminos.



Dolor



Hay muchas razones para estar triste en este mundo. Por eso hay muchos tipos de tristezas: tristezas ligeras, duraderas, de las que te dejan tocado, tristezas que las trae el mal tiempo y se las lleva el sol... . Pero no hay tristeza alegre, del mismo modo que no hay alegría triste.

Y las tristezas enraizadas en lo más profundo del corazón son las más tristes, las que más duran, las más profundas, las que siempre permanecen nieve o haga sol.

¿Recuerdas cómo me contaste una vez, con lágrimas en los ojos, qué le ocurrió una mañana a tu novia yendo a trabajar en coche? Ha pasado mucho tiempo desde entonces, pero...

Ay, dolor mío
animal de lo más interior.
Ay, mi dolor indomable animal.

Me duele
el salvaje caballo interior
duele y duele
el amargo hueco del amor.

No puedo domar
mi caballo interior
no puedo disfrutar
mi amargo dolor.



Traicionado por la creencia



Esperar y que no llegue. Parecer que sí y que sea que no. Creer que me quiere y al final ser traicionado por la creencia. Sucede a menudo y hace sufrir mucho. La muchacha sentada en la orilla del río lo sabe bien.

En la orilla del ancho río las piernas en el agua el corazón en las penas
llora la joven muchacha
al ver que la barca del amor
está vacía.



Adiós al mundo


Nació, gozó, sufrió y murió al fin el poeta. Una larga e incurable enfermedad se lo llevó de este mundo.

Estuve a su lado hasta que cesó su hilo de aliento. Tuvo la mente sana hasta el final. Sabía que iba a morir. Me saludó con su mirada y con la mano derecha.

Mi amigo poeta me dijo el día antes de morirse dónde guardaba su último poema.

- Pero no lo leas hasta que me muera, por favor – me rogó con un hilo de voz.

El papelito estaba guardado en un libro muy grueso, y allí el poema escrito por mi amigo. Y yo cogí lo de allí y pensé en guardarlo en el libro que ahora tienes en las manos.

Andar y andar
el camino me ha cansado.
Vienen los días y los años se van
se me ha secado
el verde árbol de la vida.
Mana frío de mi sol
el resto del último amor
a mi encogido corazón.
¡Adiós al mundo!



El mar también sabe respirar

Iba a menudo a la costa. "El mar es mi amigo más grande", solía decir. Un sed interior, malestar o fuerza magnética lleva a las olas a las rocas donde se secan. Pasaba horas y hora allí, mirando al mar, seguramente sumergido en profundos pensamientos.Una tarde de septiembre del pasado año fue por última vez. Aquellos eran días de mareas vivas. Demasiado vivas para él.

Las olas se convirtieron en garras. Por sorpresa, le atrapó, se lo llevó entre espuma blanca y su mejor se lo tragó, el mar, en efecto.

¿Es que no sabía que el mar también, en ocasiones, tiene hambre, y entonces como los dragones de los cuentos, tiene que comerse a los hombres?

De todos modos, sabía que el mar respiraba. Eso sí. Este es el último poema que escribió en su cuaderno rojo:

Cuando veas las olas primero hinchándose
y luego estallando
tienes que pensar
que el mar también sabe
respirar.


En la parada


Sabrás, claro, cómo son las estaciones de las grandes ciudades. La gente anda como las hormigas hacia atrás y hacia delante en esos lugares gigantes. Se ven muchos tipos de escenas: algunos besándose, otros llorando abrazados, otros tranquilos, otros con prisa...

¿Y no has visto alguna vez a alguien triste, nervioso y preocupado porque a quien esperaba no ha venido en el tren que él creía?

Yo, una vez, con un libro bajo el brazo, fui sobre las cuatro de la tarde a una de esas grandes estaciones. Al anochecer volví a casa. Leyendo, paseando, escribiendo... sin darme cuenta se me fueron las horas.

Recuerdo que aquella tarde vi más gente que nunca nerviosas, triste y preocupada. "Al parecer, no han vuelto aquellos a los que aman y esperan", pensé para mí.

Y escribí este poema sobre la tapa dura del libro, allí mismo, en la silla de hierro, llena de agujeros, de la estación:

En la parada del amor el tren viene, el tren se va. Esperar y esperar
en la parada del amor
esperar y esperar todo el día.

Viene la noche.
un oscuro vacío negro
me ha llenado el interior,
el día se va.
Y todavía no ha venido
no ha venido mi tren.

¿En qué estación
en qué tren
está, anda, viene, va
mi amor?
Voy en su búsqueda
de mundo en mundo
de estación en estación
de tren en tren.



Papá sólo me ha pegado una vez


Papá solo me ha pegado una vez, pero me zurró bien en aquella ocasión. Me calentó bien.

Lo recuerdo como si fuera hoy. Empecé con ocho años a pedir sin parar a mis padres que me compraran una bicicleta. Y no me la compraron hasta que cumplí once años.

Un viernes por la tarde fui con papá y mamá a comprar la bicicleta. ¡Qué felicidad la mía! No cabía en mí de gozo. Hasta me dio por reír metido en la cama. Aquella noche tuve dulces sueños.

Salí por primera vez con la bicicleta nueva el día siguiente, el sábado por la tarde. Di tres o cuatro vueltas al barrio. Y andando todo orgulloso, se me acercó un chaval. Yo no le conocía de nada. Puso cara de bueno y me preguntó en castellano:

-¿Me dejas dar una vuelta?

Qué iba a hacer, así que le dejé la bicicleta nueva a aquel chico desconocido. Allá se fue como el ciclista huido del pelotón. Irse, sí, se fue, pero ya no volvió.

Esperé en vano como un tonto hasta que se hizo de noche. Entré cabizbajo en casa. De pena y de miedo.

-¿Qué te ocurre? – me preguntó papá.

- Un chico me ha robado la bicicleta, papá... .

- ¿Cómo? ¿Te compré ayer la bicicleta y hoy te la han robado?

- Sí. Un chico me la ha pedido, se la he dejado y no ha vuelto a aparecer.

-¿Y quién es ese chico? –papá cada vez gritando más.

- No le conozco.

-¿Le has dejado la bicicleta nueva a un desconocido? –papá se puso hecho una furia, estaba fuera de sus casillas.

Y entonces me pegó por vez primera y última.

La bicicleta no apareció más, y mis padres no me compraron otra. Cuando cumplí dieciocho años, compré con mi dinero la bicicleta que tengo ahora.

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