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Jon Mikel Arano Aramendi > Extractos

Narrativa

El Fin del Mundo en 2013 |

El Post Apocalipsis

Imagina que estuvieras en el trabajo, y que mediante una simple llamada telefónica enciendes el microondas; entonces, para cuando llegaras a casa ya tendrías la comida preparada. O pudieras levantarte un poco más tarde por las mañanas, "porque el café se ha hecho sólo". ¿Sorprendente? Pues, no, hoy día todo eso se puede hacer gracias a las nuevas tecnologías. El artículo de la revista se titulaba "La domótica y la comodidad van cogidas de la mano". En la introducción se refería a la imagen que el año 2000 nos traía a la cabeza: ¿Quién no ha pensado alguna vez que vestiríamos ropas de color metálico o que nuestros coches serían como los de las películas de ciencia ficción? También en lo referente al hogar, lo hemos imaginado totalmente transformado, y así está ocurriendo poco a poco.

Como decía en el pie de foto, "Los electrodomésticos inteligentes harán todo más facil de modo inmediato, pero también serán útiles para evitar riesgos", y que metiéndonos en una página web podríamos darle órdenes al sistema y pijadas por el estilo. No me sorprendí demasiado, porque comparado con lo que nos imaginábamos de pequeños no era para tanto: en nuestra inocencia pensábamos que para cuando nos tocara hacer la mili ya habría desaparecido esa esclavitud (pero nos tocó hacerla en la década de los ochenta del siglo XX), o que para cuando fuéramos mayores podríamos comer un pollo concentrado en una pastilla... en Marte...! ¡Y eso todavía estaba muy lejos en el año 2000...!
Soy funcionario y desde hace tiempo que le doy órdenes a mi casa inteligente desde el ordenador de la oficina. Se ha convertido en algo habitual desde hace tiempo. Así es, la domótica nos permitió durante años la gestión de los electrodomésticos y teníamos la casa bajo control, pues el sistema era capaz de detectar incendios, fugas de gas y agua y de llamar a los técnicos si hubiera alguna avería... .

En 2004 construimos la Casa Nueva. Soy de los de Master del Universo, así que la llené de sensores y aparatos interactivos, gracias a la empresa Internet Cisco Systems. El frigorífico, p. e., tenía un ordenador de cristal líquido en la puerta y por medio de ella podíamos hacer tanto la compra como ver la fecha de caducidad de los alimentos; en vacaciones podía regar el jardín por ordenador; o calentar el desayuno o calentar una pizza; solía controlar la casa por medio de las cámaras colocadas por todo el tejado, encender y apagar el calentador u las luces, o las alarmas cuando tenía miedo de algún ladrón; también compré el último invento: la sartén inteligente, la cual informaba de la temperatura de los aceites de los alimentos y si estaba en su punto desde su pantalla digital acoplada...

¡¡¡"Millenium Technologies" y paparruchadas!!! Siempre he sido un modernillo, solo he vivido para el reloj de pulsera con GPS, la cámara de fotos digital, el súper ordenador y/o móvil de bolsillo, el ciberwalkman, la pizarra de creatividad, todo sistema virtual y sabe dios para qué más. Pensad, en vez de estar con amigos o seres queridos, ¡hasta me hice con un “recipiente de emociones” donde podía guardar su voz u olor! ¡Pedazo de capullo enterado que estoy hecho! Y hoy me ha tocado pagar por ser "increíblemente avanzado". Lo que parecía barato nos sale caro. Nos olvidamos de lo principal. No merecíamos otra cosa.

La voz deformada del despertador dice que son las siete, repite que es la hora de levantarse, quizá temerosa de no haber despertado a nadie. La casa parecía desierta. Han salido del horno ocho panes tostados, ocho huevos fritos, dieciséis trozos de bacón, café y demás. Estamos a 4 de agosto de 2013, dice a continuación el altavoz de la cocina. Ha recordado que estamos en la localidad del País Terco y todos los datos de la agenda. Ha seguido dando las horas y ordenando ir a clase o al colegio. Pero nadie le hace caso, nadie pasa por el pasillo, nadie pisa el felpudo de la entrada, las puertas ni se han abierto ni se han cerrado. Fuera, un sensor ha anunciado lluvia. Las persianas se suben y bajan si cualquier pájaro toca la fachada. Se abren las puertas del garaje, el coche tenía el motor en marcha, pero como no ha habido movimiento alguno, se ha vuelto a cerrar. Los huevos y el pan tostado se han quedado duros, el café con leche se ha enfriado y un brazo de acero, en vez de a la papelera, los ha tirado al fregadero creyendo que eran sobras y los platos se han roto contra el cristal del lavavajillas. Después, ratones mecánicos de metal y goma salen de las paredes y se ponen a hacer la limpieza de la casa. A las diez, sale el sol detrás de la lluvia. En la ciudad donde no hay más que residuos y cenizas nuestra casa (?) es la única que queda en pie. Las fuentecitas apenas consiguen regar el jardín y ha entrado agua por las ventanas, empapando las paredes ennegrecidas. Ha destruido las fotos enmarcadas de ambos padres y de los niños. La casa es el altar de diez mil acólitos lameculos, pero los nuevos dioses y los estúpidos ritos siguen a lo suyo. El perro de la casa, ha estado aullando, hasta darse cuenta que al menos en su mundo está sólo. Al mediodía la comida preparada en la mesa. Esta también ha tenido el destino del desayuno. Tras una tarde caótica, al anochecer, una rama del árbol del portal de casa se rompe, entra rompiendo la ventana y se cae encima de la vitro-cerámica, haciéndose fuego de repente. Se enciende la luz roja y las bombas de agua riegan desde el techo. La voz dice ¡fuego!, ¡fuego!, pero ya es tarde, las llamas lo engullen todo y los robots y los robots no pueden hacer nada contra ese "fuego inteligente" que atrapa y se alimenta de todo. Y todos los dispositivos que tiene la casa y todas las voces van muriendo durante la noche. El reloj, música, el vídeo, el corta-césped automático, las puertas y ventanas, todo enloquece. Han ocurrido miles de cosas, como si todos los relojes de una relojería tocaran casi a la misma hora, en una locura maniática. Los ratones de limpieza siguen sacando las cenizas de casa, hasta que el fuego hace estallar el edificio. Antes de que sucediera la última lluvia de fuego, en cambio, el horno prepara una cena de tamaño psicópata. Finalmente la casa se derrumba. El desván cae a la segunda planta, y esta al sótano. Lo superior puede alcanzar lo inferior, por tanto, a través de la mente y la ciencia... El frigorífico, los sillones, las cintas grabadoras, todo conforma un osario. Los caseríos duraron 500 años. Nuestra casa inteligente 9. Para la medianoche, se creaba un brillo radiactivo que emergía de las cenizas de la ciudad, el cual podía verse desde varios kilómetros a la redonda. Y ni yo, ni los míos ni nadie más estábamos ya en la residencia de este mundo. ¡Automatismos y p-arano-ia electro-mecánicas!


De burro en la cacerola una cabeza,
en la sartén sus patas y orejas,
¡vaya fiesta nocturna
al menos en nuestra casa!



Jon Arano Marciano (aftercopista)
2011 Euskal Idazleen Elkartea
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