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Euskal Idazleen Elkartea

Jon Arretxe Perez > Extractos

Narrativa

2000 Siete Corores | Elkar

ARENA y HIERBA

Al finalizar el rezo del anochecer, el viejo Alí se sentó en la arena y todos los demás, entre Ahmed el vigía del oasis y yo, hicimos otro tanto, formando un círculo entre todos. Salvo nosotros, todos eran camioneros, camioneros que habían buscado refugio en aquel oasis perdido del Sahara para pasar la noche, temerosos de la soledad, temerosos de los espíritus del desierto.

Encendieron fuego y para cenar pusieron agua a calentar para cocer el cus-cus. Los últimos rastros del sol ya escondido tras las dunas se iban borrando del cielo poco a poco y oscureció de inmediato.

Ali, entonces, sacó la tetera de entre sus cosas, metió agua y hierbas y la puso a calentar a un lado de una pequeña hoguera, en un ambiente de silencio que nadie quiso romper.

–Algún día –se atrevió a decir finalmente uno de aquellos camioneros-, cuando ahorre suficiente dinero, dejaré este modo de vida tan duro, buscaré una buena esposa y formaré una familia en la ciudad. Si Alá así lo quiere.

Se hizo el silencio de nuevo, y estuvimos un rato mirando al fuego. Hasta pasados unos minutos no se escuchó otra voz:

Yo también algún día –dijo el que parecía más joven de todos ellos- dejaré este modo de vida. Pero yo no me quedaré en este país; me iré lejos de aquí, a Europa. Por lo que me han dicho, allí no tienen la escasez que hay aquí, se puede ganar mucho dinero trabajando un poco, y además parece que buscar esposa es más fácil que en África.

Seguidamente, todos aquellos hombres fueron uno por uno contando sus sueños y objetivos, pausadamente, esperanzados. Casi todos los camioneros hablaron; pero faltaba uno: Alí, y nos quedamos a la espera de sus palabras.

El anciano entonces, siguiendo los pasos de una ceremonia bien aprendida con el paso del tiempo, quita la tetera del fuego y vierte el líquido al que había echado azúcar al vaso; luego del vaso a la tetera. De la tetera al vaso... y mientras tanto empezó a hablar: -Durante mi vida he ido metiendo poco a poco un dineral por el agujero grande de esta tetera modos, puedo decir que he sido feliz en el lugar en el que me ha tocado vivir.

Nadie dijo nada más. Bebimos la primera taza; y también la segunda y la tercera, y mientras bebíamos el té reflexionamos sobre las palabras de Lai.
Cuando el cus-cus estuvo listo lo repartimos entre todos. Cenamos en silencio y tras acabar cada uno se fue por su lado a pasar la noche; la mayoría a los camiones, Ahmed y yo a la única edificación de aquel oasis, a la chabola hecha con cuatro paredes de adobe y el techo de un autobús averiado.

Cuando llegamos a frente de la puerta pequeña, agachamos la cabeza e hicimos ademán de entrar, pero Ahmed, por sorpresa, me asió del brazo y me hizo el gesto de seguir por detrás.

– Ven, que quiero enseñarte una cosa – dijo en voz baja,
Me llevó tras la cabaña, al lado del pozo. Allí, quitó la capa de plástico a un pequeño recinto delimitado por una valla de caña y me dijo "mira", con una pronunciación que denotaba ilusión.

Escondida de la mirada de la gente se adivinaba que aquella mínima porción de tierra estaba bien regada y trabajada escondida de las miradas de la gente, y asomaban las puntas de algunas hierbas que habían empezado a brotar.

-Antes no he dicho nada delante de la gente—dijo el tímido joven que había dedicado semanas, meses y años en la soledad de aquel rincón--, pero aquí algún día habrá una fértil huerta, primero pequeño, luego mayor: con la ayuda del agua del oasis y la de Alá saldrán buenas hortalizas, las recogeré y las venderé, y con el dinero que gane, yo también... .

LA CARICIA DE LA SEDA

Los abundantes adornos que llevaba aquella joven mujer la daban una apariencia maravillosa. Los anillos de los dedos de los pies, las pulseras de los brazos y tobillos, los pendientes, el pendiente de la nariz, el punto de la frente, el sari colorido que le añadía luminosidad a su esbelta silueta. Su rostro, en cambio, mostraba tristeza, desesperación, frustración.

Cuando entré en aquella pequeña casa de té a un lado de la carretera de Gangotri buscando un lugar donde guarecerse del chaparrón, el dueño y los clientes, todos hombres, me depararon una cálida recepción, pero la mujer joven ni siquiera me miró. Estaba apartada de todos, sentada en un rincón, sola y cabizbaja.

Una anciana viuda que conocí en Rishikesh me susurró por miedo a que alguien la oyera que "Las mujeres de la India no tenemos ni voz ni opinión"; "pasamos toda la vida obligadas a satisfacer los deseos del marido que nos toca, sin iniciativa para hacer nada, sin experiencia para cambiar o mejorar algo".

Un poco apartada de los hombres que charlaban alegremente al lado del mostrador, dando un sorbo de té del cuenco de vez en cuando, intenté imaginar cómo sería la vida de la mujer callada del rincón. ¿Cuál sería su quehacer diario? ¿Recoger hierba en el bosque, del mismo modo que he visto a otras muchas chicas y señoras? ¿Limpiar la casa y cuidar de los niños? ¿Satisfacer los deseos de su marido? ¿Es que él le pegaba? ¿Era feliz? ¿Qué objetivo tenía en la vida? ¿Qué le daba ánimos para seguir viviendo? ¿Quizás una próxima vida mejor?
Demasiadas preguntas, las cuales seguramente tenían respuestas dolorosas. El gesto desesperado de aquella mujer me hizo sentir compasión, y se me ocurrió que en la mayoría de los rincones del mundo la mayoría de las esposas viven en una situación similar. Entonces sentí unas ganas enormes de ofrecer consuelo de algún tipo a aquella persona, de hablar con ella, al menos de que levantara su mirada, y, con el pensamiento, le pedí que levantara la cabeza y sonriera.

No hubo, en cambio, oportunidad para ello. Al poco tiempo, un viejo autobús que iba camino del nacimiento sagrado del río Ganga, repleto de peregrinos y equipajes se detuvo frente a la casa de té. El grupo que charlaba al lado del mostrador se deshizo de golpe y uno de aquellos hombres, cambiando el gesto amable de la cara, gritó bruscamente a la joven chica del rincón oscuro. Esta se levantó de la silla y, cumpliendo lo que le había ordenado su supuesto marido, se dirigió a la calle.

En el breve paseo para cruzar la casa del té, no se atrevió a levantar la mirada del suelo: no dijo nada en absoluto y, en aquellos escasos segundos, lo único que escucharon mis oídos fue el ruido que hacían los cascabeles de sus brazaletes de plata de sus tobillos.

No pude, en cambio, notar ni voz, ni gesto ni sonrisa de la mujer y, a falta de más, me tuve que conformar con la caricia que me hizo con la suave seda de su sari al pasar a mi lado. Hizo que se me pusiera la piel de gallina.
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