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Euskal Idazleen Elkartea

Jon Abril Olaetxea > Extractos

Narrativa

Ojos |


Tenía costumbre de andar jugando con los ojos. Yendo de un lado a otro en autobús, cada mañana ofrecía sus ojos a la anciana que mendigaba en la acera. Le regalaba un trozo de sus ojos al chófer a cambio de que le regalara el billete. La mirada que le robaría a la chica joven de al lado, por encima de la música que salía de su walkman.

No sabía de dónde le venía aquella afición. La de los ojos. Por qué no había elegido jugar con el olfato. O con el oído. Sabía lo del tacto. Temía que alguien le tocara. Sería un castigo demasiado duro para él. Y del mismo modo que el pelaje de los gatos le daba dentera, no amaba el tacto de las hojas oxidadas del otoño. No le daba placer. Y no comprendía cómo a la gente le gustaba tocar las hojas oxidadas del otoño. Pero el oído y el olfato sí le daban placer. Pero no los había elegido para sus juegos. Necesitaba los ojos. Intentó encontrar una razón. No fueron su inspiración las gafas de la abuela Juliana. No tenía ningún trauma especial por consecuencia de los ojos marrones de su compañero de clase. Quizás alguna vez, en sueños, algún pirata haría el esfuerzo de robarle los ojos. Pues sí que sabía que los piratas llevan un ojo tapado, no porque les falte un ojo, sino para el lucimiento del que tienen al descubierto. Pero aparte de los piratas de los sueños y de la televisión, no conocía ninguno de carne y hueso. No. Nunca había tenido ningún pirata en su cama, no al menos entre esos pedazo de chicos. Alguna vez había pensado en tomar por un pirata a un vecino borracho, pero no podría. En resumen, sí borrachín, pero no era una mala persona. A pesar de los ojos robados en la escalera en donde se cruzaban, un día sí y al otro también.

Intentó una y otra vez investigar de dónde le podía venir ese juego de los ojos. Tampoco se atrevió a preguntar. Si le dijera a su madre que jugaba con los ojos, le sacaría de un bofetón los ojos. Su padre quizás supiera contestar a aquello, porque su padre siempre tenía una respuesta adecuada para las preguntas difíciles, pero con preguntas como esa a su padre se le iba la vida, y los ojos junto con su vida. Y no le gustaba tener que buscar los ojos de su padre en el salón, bajo el sofá, en la parte de atrás del televisor, o entre las figuritas de porcelana. En esas ocasiones, a menudo, demasiado a menudo, aparecía uno de los ojos de su padre en el baño, o en la cama, echando una siesta. De vez en cuando también apareció en el frigorífico, aburrido de la cotidianidad, necesitando algo fresco. Efectivamente, su padre tenía tendencia considerable a perder sus ojos. Y siendo tan importante para ella, no podría permitirse, que su padre volviera a perder los ojos. Ni su padre, ni ningún otro.

Su hermano se burlaría, con los ojos cerrados, por si acaso. Pues eso es lo que los hermanos siempre hacen. Todos. Burlarse, pero, por si acaso, con los ojos cerrados. Los hermanos más osados responden con los ojos abiertos, pero burlándose, y nunca mirando a los ojos, sino hacia otro sitio. Así es fácil burlarse. No conocía hermano que no supiera burlarse con los ojos. Y es fácil burlarse sin utilizar los ojos. Por eso pensaba que ser hermano era sencillo, a la fuerza.

Buscó en las enciclopedias. Y en los libros de la biblioteca pública. Los ojos del bibliotecario le miraban, sin quitar ojo. Pues poca gente como él va a la biblioteca preguntando por los ojos. Pero los libros de ojos están hechos para los oculistas. Los ópticos a menudo tampoco los entienden, pues los ojos de los libros no suelen ser de verdad. Porque en los libros no aparece nada que sea de verdad. Y aún menos los ojos. De noche, a la hora de dormir aparecen en los libros ojos que permanecen abiertos. Y eso no es posible. Para dormir hay que cerrar los ojos, porque cerrar los ojos ayuda a que no se sequen las retinas.

Porque aprendió que el ojo humano se compone de tres capas: la esclerótica, la úvea y la retina. Y que en medio del globo ocular está el cristalino haciendo las funciones de lente, y que hay seis músculos para mover los ojos. Pensó si la razón de su mal estaba en un séptima músculo, o quizás es que solo tenía cinco. Y eso le provocaba miedo e intranquilidad. Y cuando le sucedían cosas que le provocaban miedo e intranquilidad, cerraba los ojos, porque con los ojos cerrados los problemas de esfumaban. El médico le dijo que tenía los ojos bien, que tenía buena vista. Entonces le hizo un gesto al médico con las pupilas, pero el médico no hizo ningún gesto con los ojos detrás de las gafas, y concluyó que a aquel médico no le había entrado por el buen ojo. Le echó un vistazo. Además, el oculista que necesitaba gafas decidió que no podía ver bien, y siguió preocupada. Pero cerraba los ojos y las preocupaciones se esfumaban.

Como todos los días, tenía la mirada gris para su hermano, porque para los hermanos las miradas son grises. Para su hermana, por el contrario, guardaba su mirada naranja, y de color lila, en cambio, para sus padres, a sus padres que tanto le daban, porque al menos debía repartirles esperanza a diario.

Y tenía juegos de ojos de todos los colores y sabores para cada momento. Ojos de chocolate cuando estaba con amigos; de color de helado de limón cuando veía por televisión escenas horripilantes, como si estuvieran lejos de él. Ante las injusticias, los ojos se le teñían de verde, del verde de la lucha, del verde de la sangre, del verde del calor. O elegiría el amarillo cuando tuviera las pupilas de los ojos cansadas; de sabor a fresa cuando tenía a su lado alguien a quien apreciara; sus lágrimas eran de color violeta; sus ojos tenían olor a mar cuando estaba tranquilo; apestaban a patatas podridas cuando le hacían enfurecerse; parecían dulces de azúcar cuando alguien le acariciaba. Sus ojos llevaban el sonido del agua cuando perdía la mirada, cuando se quedaba pensativa. Y eran morados cuando se hacía daño. Muy pocas veces se harían blancos, porque no le gustaba ir como los ladrones de guante blanco. De vez en cuando, cuando se decepcionaba se le extendería por los ojos un color turbio. Más a menudo los tendría con los colores del arco iris, llenos de alegría vital. Los ojos que tienen en los avestruces recién preñadas los guardan para unos pocos, pues hay que elegir a quién ofrecer la mirada de la avestruz recién preñada. Y los rojos...

Y así, olores, colores, sabores y brillos diferentes para cada situación y para cada persona. A ratos calientes, a ratos fríos. En ocasiones también se pintaba los ojos, como las señoras. Pero no quería demasiado los ojos pintados, porque los ojos no son cuadros. Miraba fundamentalmente con una dulzura especial, y más a menudo de lo que quisiera con demasiada tensión. A veces la mirada torcida y las más de las veces tan recta como la raya del medio de la carretera. Tenía ojos para todos: para los de casa, para los vecinos, para los amigos, para los compañeros de trabajo... También para los enemigos, aunque intentaba no tener enemigos. Y para los niños sin padre de las esquinas de la calle; y para la mujer maltratada por su marido; como para el adolescente sinvergüenza, para los idealistas, para los utópicos, para los que creían que otro mundo era posible; para su amante; para los que tenían un 40% menos de sueldo por ser mujer; para los inválidos; para los que no tenían mirada; para los yonquis; para las rubias que hacen la calle; tenía ojos para los inmigrantes; para los del lugar; para los que estaban solos; para los que se sentían solos; para el perro del cantón de la calle; para el tártalo de un solo ojo; para el cíclope; tenía un tipo de ojos cuando hablaba en euskera, y sacaba otros para el castellano, pues escribía ojos1 en la mirada; eyes cuando hablaba en inglés; yeux cuando se expresaba en francés. Y ojos de gato en las borracheras nocturnas; los de cabra para la resaca del día siguiente; los de caballo al hacer el amor... casi nunca cerraría los ojos, o difícilmente miraría hacia otro lado. Pero tras andar jugando con los ojos, tras dar los ojos todo de todos los colores, sonidos y formas para todo tipo de situaciones, nunca había ojos para ella, porque nadie le dijo que tenía que mirar hacia su interior. Y ella no lo había aprendido. Cuando intentó mirar en su interior se dio cuenta de que su catálogo de ojos no le valía: ni los rojos, ni los de chocolate, aún menos los turbios ni los que tenían el sonido del agua. Para mirar en su interior necesitaba otro ojos. Pero no observó nada más que oscuridad, porque se había olvidado de mirarse a sí mismo.



1ojos en el original.
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