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Euskal Idazleen Elkartea

Joanes Urkixo Beitia > Extractos

Narrativa

2003 | Argitaletxe Batuak

El guerrero blanco (Gerlari Zuria,
Argitaletxe Batuak, 2003)


La fina lluvia del amanecer aclaró los sentidos borrosos de Bran. Un perro pastor lo encontró en una zanja llena de agua lamentándose, tiritando de frío. Al lado, casi sumergida del todo en el agua, estaba la espada Birgha.

Le vino a la memoria las imágenes de todo lo sucedido en la víspera: cómo su señor estaba tumbado en el suelo, y a su lado aquel hombre que estaba dispuesto a cortarle el brazo y cómo él, viendo la aureola roja alrededor del hombre, alarmado, reaccionó por instinto.

Siguiendo su propio instinto, se puso de pie y se sacudió la pereza de su cuerpo entumecido. Seguidamente se puso la espada en los dientes y se puso en marcha. Sólo tenía una cosa en mente: seguir buscando a su amo Fionn. Y notó que ya estaba cerca.

Mientras tanto, en la playa de piedra, la gente estaba reunida en torno a una de las barcas. Antes de embarcarse allí, Fionn buscó a su hermano y se acercó donde él.

- Oisin, esto…, lo siento de verás. Adiós, hermano.

Oisin le devolvió una mirada llena de odio.

- ¿Hermano? ¡Yo no tengo hermanos! Tenía uno, pero mi padre me lo quitó. ¡Ahora tanto uno como otro se han ido!

De repente, le dio la espalda y se marchó.

Apenado por ese desprecio, Fionn se dirigió a la barca y, tras embarcar, se sentó al lado del escondido dando la espalda a la playa. Mael se detuvo en la orilla, se quedó dudando, murmuró algo entre dientes y al final se subió a la barca. Parecía más seguro que nunca de sí mismo, y al ver la pregunta en los ojos de Fionn, le dijo:

- Prometí a tu padre que te cuidaría, y fallé. Ahora te acompañaré hasta el final.

- Pero no puedes. Has de cuidar de Oisin.

No hay lugar para mí al lado de tu hermano – respondió Mael señalando a la gente.

Oisin estaba al lado de Gol, y el brazo de este estaba puesto en su espalda, en una expresión de protección. Fionn sintió un pinchazo en el corazón, pero era tarde para hacer nada. Así que, se dio la vuelta y, sentado del mismo modo en que estaba antes, sumergió sus recuerdos en el oscuro mar.

Algunos guerreros se hicieron a la mar en otra barca y remaron llevando el de Fionn y Mael a remolque. Había escampado y las nubes estaban perdiendo el color oscuro.

De allí a unos cien metros, entre los acantilados, Bran soltó la espada y olfateó el aire del mar, notando el rastro de Fionn cada vez más fuerte. Empapado, estaba hecho una sopa, apenas se tenía en pie por al abatimiento, y sin embargo, ladró de alegría al ver que tenía cerca el final de la carrera. La espada estaba casi seca, se la puso de nuevo entre los dientes y continuó por el borde del acantilado.

En la playa, Luthe se quitó la capucha de la cabeza y a la vista de Gol se asustó y se llevó una mano a la sien.

- ¿Qué te ocurre? – le preguntó el jefe. Pero el druida se hizo el sordo y siguió con la mirada perdida.

En el acantilado, Bran se quedó quieto y agudizó el oído. ¡Estaba allí! El amo iba en aquella barca, y él le podría alcanzar. Sin decidirlo, el bravo perro pastor saltó al agua y empezó a nadar, pasándolas moradas para mantener la cabeza a flote por el peso de la espada.

Luth volvió a recobrar el juicio, y miró a Gol, confuso.

- Me ha venido un ataque de energía. Por un momento, he pensado que era de la espada.

- ¿Lo has sentido, o no lo has sentido? – preguntó Gol tiritando, agarrando la manta -. ¿Dónde está?

- No sé. Se equivocaría.

Gol, frustrado, dio una patada en el suelo. No había modo alguno de tener noticias de Birgha. ¿Habría sido destruido en Tara? ¿O es que aquel maldito perro le había salvado como había podido? Solo la espada y Fionn eran capaces de impedir que se convirtiera en amo y señor del mundo. Pero hasta entonces no había conseguido deshacerse de ninguno, aunque había exterminado a la mayoría de guerreros irlandeses.

Desde entonces, la barca de Fionn estaba abandonada a su suerte en mar abierto, y la otra barca había cogido dirección hacia tierra firme. Fionn seguía ensimismado, mientras Mael miraba dubitativo a los que se estaban alejando. Fionn había empezado a arrepentirse de la decisión de acompañarle a la muerte.

Sobresaltado por el miedo, levantando el brazo con intención de llamarles para que volvieran en su busca, un chapoteo atrajo su atención, acompañado de un lloriqueo. Con curiosidad, asomó la cabeza por la proa y hete aquí que encontró la cabeza de Bran, a punto de hundirse pero sin soltar la espada.

- ¡Bran! ¡Por Dagda y Mewen! ¿Pero qué llevas ahí?

Le agarró de las patas delanteras y lo sacó del agua. Al ver la espada tan cerca de sus ojos, el perro se soltó de golpe y se fue hacia atrás. La barca zozobró hasta casi volcar, y hasta entonces Fionn no recobró el juicio, para ver que el pobre Bran estaba en las últimas, lloriqueando en sus pies.

- Bran. Has sobrevivido, por tanto – le dijo cariñosamente, mientras le quitaba de la boca la espada y le acariciaba-. Pero no será por mucho tiempo. Pronto moriremos de hambre y sed, y después la tormenta nos enviará al fondo del mar.

Se detuvo, como si le hubiera golpeado un recuerdo aún más oscuro. Guardó la afilada espada y continuó:

- De todos los modos de morir, el agua es el peor. Nunca me reuniré con mi padre en el Submundo. – Acarició de nuevo a Bran -: los que se ahogan están condenados a andar por toda la eternidad en la Tierra.

Mael suspiró y miró a todos lados asustado. Entonces el también se sentó y se tapó con la manta hasta los ojos, diciendo atropelladamente:

- Hi-historias co-como esa no son agra-agradables, Fion Ma-Mac Cumhail. Vas a a-asustar al po-pobre pe-perro.

Fionn le ofreció una triste sonrisa, aunque en otras circunstancias habría reído alegremente. Luego, ambos se callaron y sus pensamientos se fueron nadando

El frío viento arreciaba y llevaba la barca lejos de la costa, hasta perderlos de vista desde aquí. Los guerreros comenzaron a retirarse, en busca de Tara y de una muerte casi inevitable. Las gruesas nubes negras presagiaban tormenta.

Los tres pasajeros de la barca, lentamente, se quedaron sumidos en un profundo aletargamiento.

Pasaron las horas hasta que la lluvia les despertó. El violento viento les arrojaba agua a la cara, y encrespaba la superficie del mar. Aunque faltaba un rato largo para que oscureciera, a pocos metros estaba muy oscuro.

Mael se tapó con el gorro y se tapó con la capa mojada, temblando de frío. En el otro lado de la barca, Fionn acarició a un Bran que gimoteaba, ensimismado en sus pensamientos, y con los cabellos pegándosele a la cara sin hacer caso de la lluvia.

Los minutos fueron pasando sin que se oyera nada más que el silbido del viento. Las olas, cada vez mayores, sacudían de un lado a otro la pequeña barca, haciéndola girar sobre sí misma, hasta que perdían totalmente el sentido de la orientación.

Cuando un rayo iluminó el horizonte Mael se puso de pie dando un salto, haciendo que la barca se balanceara peligrosamente.

- ¡Rayos! ¡Están cayendo rayos! Nuestra barca es el único trozo de madera que está en todo el mar. ¡Y la madera atrae los rayos!

- Ojalá los atraiga pronto – respondió Fionn apretando los labios -. Si es así, sin agua, el fuego nos matará, y tendré la oportunidad de reunirme con mi padre en el Submundo.

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