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Euskal Idazleen Elkartea

Joan Mari Irigoien Aranberri > Extractos

Narrativa

1989 La tierra y el viento | Erein

Acababa de anochecer. Martzelina miraba a la luna llena que parecía acostada en el horizonte. Se santiguó y comenzó a rezar una salve. A lo lejos, las siluetas recortadas de unos críos taladraron la redondez de la luna. Perdió la cuenta de la salve e, inconscientemente, llevó las manos sobre su vientre, informe todavía. Abrió la ventana. La noche, que ya avanzaba, exhalaba su vapor telúrico. Los críos llevaban una rastra cargada con ramas. Un grito infantil rasgó el cielo y a él se unieron otros muchos. El oscuro eco de la canción llegó al oído de Martzelina:

“San Juan heldu da,
sorgin begia galdu da,
galdua bada galdu bedi,
sekulan agertu ez baledi!”


Arrimaron los críos las ramas a un montón de leñas y le dieron fuego. Casi a continuación, imaginó Martzelina que las llamas le abrasaban su interior y de nuevo se llevó las manos a su vientre.

Con los ojos cerrados vio las llamas del horno de su feminidad en la cambiante pantalla de la imaginación, conformando su seno de tierra, modelándolo y afirmándolo. Y vio que en el lugar donde comenzaba a arderle el agua, se le agolpaban contradictorios sentimientos de miedo y felicidad, que parecían cabalgar sobre una misma y turbia ola. Poco después, a medida que el temblor cesaba, en las transparentes aguas del fondo de su cuerpo pudo leer claramente el único sentimiento escrito: felicidad. Aquél parecía un momento idóneo de sentir la felicidad misma. Pero no se sintió totalmente dichosa. Tal vez, porque en aquel mismo instante miró su corazón y allí sintió que su insaciable sed de amor podía ser un deseo sin respuesta.

-¡Te quiero! –dijo de repente, abriendo los ojos y extendiendo los brazos, recogiéndolos.

Pero abrazó el vacío.

Dejó la ventana abierta, salió corriendo de la cocina a su cuarto y se tumbó de bruces.

-¡ Te quiero, te quiero! –dijo, con todo su alma y, estrechando sábanas y mantas, cerró de nuevo sus ojos mientras en la pantalla de su cerebro comenzó a cambiar la imagen de vacío que recientemente había percibido: apareció la figura de un hombre.

-Eras tú, Robustiano –le dijo Martzelina, mientras estrujaba la cruz con los huesos de la mano, dentro del ataúd-. Al año nos casamos, ¿te acuerdas?

-Sí –le concretó éste, mientras arañaba la tabla inferior del féretro con el índice de la mano derecha-. Y nos juramos amor eterno.

-Como mandaba la Santa Madre Iglesia.

Martzelina se levantó antes del amanecer, aquel día de San Juan. Estaba contenta, muy contenta, y cuando salió de casa, se dirigió ágil y veloz al trigal rodeado de acacias. A medio camino vio el melocotonero estéril. Tomó una piedra del suelo y la acopló en la unión de dos de sus ramas.

-¡Hoy la tierra os va a resucitar a todos! ¡A todos nos dará nueva vida!- gritó el melocotonero.

Continuó adelante, saltando, hasta llegar al trigal. Se despojó enseguida de sus vestidos, apresuradamente. Estaba desnuda. Acarició su redondeado vientre. La tierra estaba regada por el rocío y veíanse constelaciones de gotas de agua pendientes del as espigas de trigo. A Martzelina se le antojó que, como si fueran cuentas, formaban un blanquecino rosario de miles de misterios. Atenta a ecos telúricos que provenían de los surcos internos de su vientre, pudo escuchar la voz del purificador rocío, convertido en larga letanía, como susurros amorosos: Mater inmaculata, ora pro nobis... Abrazó la tierra con dulzura, con pasión. Olió profundamente los trigos que se le enmarañaban en el cuerpo y, sin saber por qué, se percató de que estaba aspirando la fragancia de la piel trigueña de Robustiano. No sabía la razón, pero estaba segura de eso. Y el agudo aroma que le penetraba por la nariz le rasgó el vientre. “Te quiero...”, le dijo el trigo, suspirando desde el sol. Y, escuchando aquellas palabras, Martzelina percibió que la tierra renacía en su seno: tierra renovada, dulcemente arada por las espigas de trigo.

-Sí. Y de allí a los tres o cuatro meses penetré en el huerto que tú labraste y mi otoño se convirtió en primavera... –respondió Robustiano, desde su caja.

-Y, en adelante, el enfangado río colorado que me venía de la luna y me atravesaba cada cuatro semanas no contaminaría mi cuerpo: las aguas de mi vientre eran cristalinas, cristalino el fértil sudor de la tierra.

Cuando se incorporó, se dio cuenta de que estaba a punto de salir un sol como un colorado melocotón. Y a continuación, le pareció que ese sol salía danzando desde su vientre perfecto, que se extendía hasta el fin de la tierra.

Cada vez que se dirigía al robledal, Martzelina se quedaba siempre frente al mismo roble, sin que pudiera explicárselo. Bien porque le parecía que aquel árbol le hablaba de forma singular a través de las innumerables formas adquiridas en el transcurso de los años, o bien por cualquier otro motivo, a menudo se le quedaba mirando Martzelina, embrujada, como si a través de aquellas formas, convertidas ahora en jeroglíficos, tratara de descifrar los ocultos mensajes que le enviara la Madre Tierra, o de desenmascarar, sin más, los disfraces del mensajero: era el veloz potro de la primavera una vez, el robusto toro del verano en otra ocasión; allá el esquivo corzo del otoño, acá las osamentas perdidas del invierno.

Aquel día se filtraron los últimos rayos de sol del verano por los calveros del robledal. Fue como una aparición ya que, allí, entre los nudos y encorvaduras que se enredaban alrededor del tronco, avistó la nítida figura de un hombre, coronada por el sol.

-También entonces eras tú, Robustiano –le dijo Martzelina, mientras golpeaba el roble del féretro con los huesos del puño, como intentando acaparar la atención de Robustiano-. Y, acercándome, abracé el tronco.

-Sí... –respondió Robustiano con breve palabra y largo suspiro.

-Aquel sol que nunca pude quitármelo de la cabeza parecía el melocotón maduro a punto de caer del árbol... –prosiguió Martzelina.

Recordando la piedra que dispuso en el melocotonero el día de San Juan, se agachó y tomó una bellota; acariciándola dulcemente en su mano, le quitó la cáscara y se la llevó a la boca, donde le dio mil vueltas y la ensalivó una y otra vez... y así, deseó que fecundara la semilla del roble con el fértil líquido que fluía en el interior de su boca, y creyó que el deseo podía convertirse en realidad.

Cayó la noche. Luna nueva en el corazón de la noche, se propuso llevar la simiente en la boca durante dos semanas, esperando que reventase en luna llena. A las horas de comer se la sacaría y la envolvería en un pequeño paño. Y todas las noches la dejaría en el alféizar de la ventana de su aposento, para que la luna vigilara la fecundación.

Y llegó la luna llena y, con la luna llena, mientras depositaba la semilla en el hueco de la ventana, sintió en su mano el temblor de vida de la semilla, percibió cómo una yema salía de ella. Al día siguiente la plantó en el bosque.

De entonces le vino a Martzelina, como señal de su feminidad y fecundidad, la costumbre de chupar una bellota.

* * *

También Kaxilda, al igual que Martzelina, portó en la boca la bellota durante el siguiente periodo lunar pero, a diferencia de Martzelina, el suyo fue el fruto del árbol yermo. Y, desesperada, lloró desconsoladamente.

Ahora Kaxilda rememoraba el día que Martzelina se casó y vino al caserío de los Elizalde, recordaba cómo desde el mismo comienzo intuyó que odiaba a su cuñada. Concebir, imaginarse que el semen, la simiente de Robustiano podía convertirse en alegre primavera en el antiguo y sempiterno seno terroso de Martzelina le revolvía las tripas. Y, de hecho, así se sintió, cuando comprobó que, por fin, aquella mujer podía quedar encinta, dado que hasta las bellotas habían comenzado a fecundar en tierras de aquella mujer...

-¡Ya viene Robustiano, ya viene! –le dijo Martzelina, con la bellota en la boca, como de costumbre, cuando reconoció desde lejos la presencia y vuelta de su marido, un día que tuvo que éste tuvo que desplazarse, con la intención de adquirir un arado-. ¿No sientes el olor a tierra, chica?

Un segundo más tarde notaría Kaxilda aquel especial efluvio que desprendía el cuerpo de su hermano, pasado un segundo percibiría las exhalaciones de aquella tierra hecha carne de su hermano, que provenían desde dos leguas.

“Siempre igual, en esta casa siempre ocurre igual, es como si Martzelina viviese un segundo antes que yo..., y, precisamente por culpa de ese segundo, las bellotas fecundan en su saliva y se pudren en la mía”.

Y, maldiciendo su seco vientre, ansió matar a Martzelina.

“El mío fue un sino de amores y odios unidos por un puente de soledad”, pensó, y estrechando con los brazos su cuerpo, se dio cuenta de que no abrazaba sino un crujido de huesos.
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