EU | ES | FR | EN
Facebook Twitter Vimeo Youtube
Euskal Idazleen Elkartea

Ixiar Rozas Elizalde > Extractos

Narrativa

2002 Sartu, korrontea dabil | Erein

Estaciones

Es difícil que una ciudad sobreviva sin metro y sin catacumbas. Puede que cueste creerlo, pero sí: la ciudad resiste porque en realidad está ocultando sus venas en las entrañas.

Ninguna ciudad es mera acumulación; de rascacielos, calles, plazas, avenidas, semáforos y pasos de cebra; de anonimatos, de hombre y mujeres ajados. Va mucho más allá: sube desde las profundidades, a través de sus venas para no congelarse; sube para meterse en nuestras vidas.

La soledad y las vidas ajadas hacen que se vaya congelando, de forma imperceptible. Entretanto, nos roba, se enreda en nosotros, acumula ataduras difíciles de rasgar; tiembla, amarra nudos, los suelta, nos pierde la desorientación. A veces deja sus venas abiertas para los que quieran volver a atarse.

Y van construyendo continuamente sobre las catacumbas, casas, rascacielos, calles, plazas, pasos de cebra: parches para la urgencia; continúan siendo días, semanas, meses y años con las entrañas heladas. Sólo a veces consigue crear algo, a partir de la soledad de los trozos desgajados.

Entre tanto, hombres y mujeres siguen las mutaciones, enmudecidos; parecen haber caído en el vacío de las catacumbas tras deslizarse, sin reparo, en su propio anonimato. Y su mutismo habla, confiesa a gritos que nada importa, ni la ciudad, ni la impotente soledad.

Solamente asomándose a las entrañas, despedazando el hielo, cruzando ciudades; sólo así he desenmascarado la soledad que asedia. Te estarás preguntando quién soy; por qué estoy hablando así, aquí y ahora, por qué cruzo ciudades; qué me lleva de estación en estación, de un tren a otro, a recorrer plazas, riberas; por qué entiendo heridas, tetraplejias sentimentales; por qué desgarro mi violín por las noches.

En realidad, no lo sé.

El llanto sigue resonando, desde mi violín a toda la ciudad. Y cuando desaparece del todo llega el momento de la partida: el frío, la congelación, no tienen límite si te dejas levar por las entrañas. Llega el turno de otra ciudad que haga y deshaga nudos; otra ciudad con metro, catacumbas y tetrapléjicos sentimentales.
Tienta quedarse, seguir buscando cobijo en otras soledades, en cientos de historias y rostros que llegan desde los rascacielos, las calles, los ruidos. Tienta salir a la calle y anudarse al espejismo de que la soledad ha dejado de asediarnos, y seguir pensando que algún día se desharán tetraplejias.

Algunos, conformes con lo que no han encontrado, no preguntan más.

Otros, aún sabiendo que han encontrado lo que anhelaban, siguen buscando.

Y otros, entre los que me incluyo, seguimos sin rumbo porque los espejismos no nos bastan, ni los nudos que nos enredasen para luego olvidarnos. Puede que hayamos admitido nuestra invalidez y prefiramos perdernos en las casualidades.

Puede que por eso no me haya sorprendido cuando he vuelto a encontrarme con el azar en al estación; ese azar que da cierto orden a nuestra vida; y que invisible se aleja, son darnos tiempo a entender por qué continúa cruzando vidas, de esa manera en la que casi es imposible saber cómo empezó todo.

He vuelto a verla, a la mendiga, nada más a cercarme a la estación. Llevaba una maleta, grande, pero la agarraba como si estuviera vacío. La mujer sigue caminando, impertérrita, agarrada a su bastón. Sigue adentrándose en su oscuridad, firme, capaz de subirse a cualquiera de los vagones que parecen esperar a sólo ella. Sin embargo, ha escogido un banco. Espera con todos sus sentidos. A veces, toca la maleta.

La mujer y el joven han pasado muy cerca del banco y la maleta. No se han visto. El joven que podría seguir buscando toda una vida y la mujer que ya no necesita palabras; él sigue pensando que encontrará a su padre con una foto; ella quiere quemar la noche con su cigarro.

Camina muy cerca el uno del otro. Él unos pasos más adelante. Esta vez han subido juntos al tren. Ella ha mirado a todas partes antes de hacerlo: no se ha dado cuenta de que el tercer ojo ha vuelto a alcanzarla.

Se ha sentado en el mismo vagón, uno al lado del otro.

Él y ella han sido Abdou y Sara mientras he estado en París. Pero podían haber sido S. Y A., o Saïd y Agatha. Y es que en realidad no sé si han subido juntos al tren, tampoco lo que hará Edmun con la foto que acaba de sacarles; no sé hasta cuándo seguirá esperando Elsa en el banco de la estación, cuándo regresará a su arcilla o si seguirá imaginando encuentros; si Ricardo irá a visitarla, o si necesitará su dosis tras visitar a su madame; seguirán él o Edmun tocando la puerta de Magda; seguirá Magda escribiendo sobre sus cuadernos; hará Niko el amor con ella; mirará Alejandra son marco en sus largos años de vida; habrá vendido Jaime todas sus plumas.

No sé qué pasará con los habitantes de esa casa que mira al patio; si seguirá tirando botellas, alguien, desde algún lugar.

Y tampoco sé si Abdou y Sara bajarán en mi misma estación; puede que bajen en la siguiente o en la siguiente; si se agarrarán del brazo, si se aman o se amarán.

Viajo en otro vagón y veo una mano negra sobre una blanca. Labios como noches diciendo adiós a París, puede que para siempre. Y puede que nunca bajen del tren si éste cae en las catacumbas y se congela.

Llueve fuera del vagón. Se abre la puerta, pero vuelve a cerrarse para evitar que una ráfaga de aire separe miradas unidas. Llueve fuera y para cuando me doy cuenta ya no hay nadie enmi asiento.

Está vacío y la corriente ha ocupado mi lugar.

















2011 Euskal Idazleen Elkartea
Zemoria kalea 25 · 20013 Donostia (Gipuzkoa)
Tel.: 943 27 69 99 - Fax.: 943 27 72 88
eie@idazleak.eus

iametza interaktiboak garatuta