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Iñaki Zubeldia Otegui > Extractos

Narrativa

De la catalepsia al paraíso |

De la catalepsia al paraíso

(...)

Goizeder se quedó sola en la habitación de la cámara frigorífica. Esperó a que los demás marcharan y cuando vio que no había nadie alrededor que la molestara, sacó el cuerpo frío, desnudo de la cámara y lo puso en una camilla. Era un joven hermoso, esbelto y espigado. En sus grandes ojos podían verse serenidad, sonrisa, tranquilidad....

Recordó las últimas palabras de Oihan: "¡También es triste tener que morir así...!" "Mira que morir sin probar el amor de Mixiña... La quiero..." Y nada más recordar esas palabras, se le revolvió el interior y su corazón empezó a latir con más fuerza. Eran sinceras de verdad las palabras de Oihan. Y ella también quería al chico, pero tuvo que mantener escondido su amor por él hasta ese momento. Entonces se dio cuenta de cuánto quería a Oihan.

Le miró de nuevo a la cara y notó en sus ojos un rastro de vida. Aquella sonrisa, la expresión de aquella cara... eran la de alguien vivo. Parecía que estaba muerto, pero tenía en lo más profundo de su ser la llama de la vida. Había oído alguna vez algo sobre el fenómeno de la catalepsia, es decir, que a veces las personas se quedan como muertas, que todas la funciones vitales se quedan aletargadas, pero que tras pasar así un tiempo, vuelven de nuevo a la vida.

En aquel torbellino de sentimientos y emociones una profunda confusión se instaló en la mente de Goizeder. No quería enviar a Oihan sin que probara el placer de su amor, y aún menos tras haber oído sus últimos ruegos. Su intuición femenina, por el contrario, le decía desde lo más profundo que todavía no era tarde, que las verdaderas razones del amor no se pierden en un agujero negro, que llegan hasta quien las siente. E influenciada por una esperanza interior ciega, Goizeder pegó sus cálidos labios a los labios fríos de Oihan y sintió que la llama del amor la atravesó de arriba a abajo. Dejando todo a un lado, pudores, convencionalismos, normas,… se desnudó ante aquel hermoso cuerpo de Oihan. El chico no se iría de este mundo sin sentir la dulce estela del amor.

Comenzó a acariciarle todo el cuerpo de forma lenta, dulcemente, sin prisa. Cogió los brazos rígidos de su amigo y se los puso en sus pechos blancos, temblorosos, tiernos. Sintió en sus pechos las manos de Oihan calentándose y le pareció que en sus ojos se le dibujó una sonrisa escondida en aquel puente misterioso entre la vida y la muerte.

-No te abandonaré, Oihan. Yo te daré cariño y calor, para que hagas un buen viaje, si es que así lo quieres...-le susurró al oído a su amor.
Luego se sentó bajo el vientre y por encima de la cadera del chico, inclinando el cuerpo un poco hacia delante y frotó dulcemente hacia arriba y hacia abajo con su cálida y suave entrepierna el flácido pene y sus testículos arrugados. Mientras acariciaba con sus manos la cara del chico, las manos de este apretaban sus pechos, sintiendo un agradable placer en lo más profundo de sí. A causa de aquellas caricias y movimientos de su cuerpo Goizeder sintió el pene de Oihan endureciéndose y elevándose en el origen de su feminidad y también se dio cuenta de que sus ojos se movían levemente.
 

 


Oihan, mientras, estaba en el mundo de los dichosos. Mixiña vestida de blanco le Ilevaba a un maravilloso paraíso cogido de la mano. Allí vio llamativas frutas exóticas, aves cantoras de vivos colores, riachuelos susurrantes transparentes, sonidos celestiales excelentes y sintió una dulce calidez indescriptible.

-Mixiña, ¿de veras que los dos estamos en un paraíso? ¿No será esto un sueño más? –preguntaba Oihan en aquel maravilloso territorio sin palabras.

-No te haces a la idea, Oihan, de cuánto te quiero. Despierta, chaval, y mira con tus ojos y siente con tu cuerpo mi puro amor –le respondió en el idioma sin palabras del amor.

Oihan quería abrir los ojos, pero era tal la felicidad que sentía junto a su corazón la oculta preocupación de perderlo todo y siguió largo rato en aquel éxtasis. Pero los ruegos de Mixiña eran cada vez más urgentes:

-Oihan, no seas tonto, es que no ves que te quiero, que te necesito... ¿Vas a dejarme así...? luego dirás que me quieres..., pedazo de mentiroso...

Oihan tenía en todo su ser una pesada pereza, pero reunió fuerzas, puso su pensamiento en el amor que sentía por Mixiña e hizo un gran esfuerzo para contestar a aquella voz que le imploraba.

Tras largo rato o durante solo un instante, quién sabe, en esa situación de incertidumbre, la blanca claridad anterior, le pareció que ahora se estaba volviendo azulada. El paraíso exótico y con aspecto de jardín, estaba tomando la forma de un hayedo. Hasta entonces sintió tal calma en el mundo de sus sentidos que despertaba sintiendo un dulce calor y cosquilleo en todo su cuerpo.
 

 


Y de repente, agitó la cabeza y se dio cuenta de que estaba en el mundo de los vivos. Y al verse así, desnudo y cogido a Mixiña, se avergonzó e incitado por el mecanismo de autodefensa comenzó el ataque dialéctico:

-Pero, tú qué haces así, aquí, conmigo...

-Dónde has estado todo este tiempo en sueños, capullo,... Me ha costado despertarte... Todos los tíos sois iguales... Sólo necesitáis esto... No pensáis en nada más...

-Bueno, bueno... Ya vale... Oye, no sé qué estoy haciendo aquí. No he buscado esto...

-Cómo ibas a buscarlo, pues... casi te quedas en el otro mundo... Si no fuera por mí, seguramente te habrías quedado allí.

-Oye, oye... explica eso mejor...

-Ay, tontorrón, cómo voy a explicarte yo ahora tu curioso y misterioso viaje. Tú tendrás que explicarme a mí por dónde has estado. Pero ya me explicarás eso luego. Ahora saborea mis senos, que siempre los has deseado –y tras decir esto tomó la cabeza de Oihan y amorosamente la llevó a su pezón, chupándolo éste como si fuera el más sabroso de los alimentos.

A partir de entonces la calidez del amor les hizo olvidarse del vértigo de la vergüenza y la frialdad del lugar. Loa dos jóvenes se registraron mutuamente los meridianos del placer y el amor, lenta, gustosamente, y de nuevo el tiempo se detuvo para ambos. El idioma del amor es calmado, aunque se muestre lleno de pasión y urgencia.

En la medida en que su deseo sexual se fue saciando, la llama del amor se les fue calmando, aunque todavía tanto sus respiraciones como latidos de corazón eran rápidos.

-¡Te quiero, Oihan!

-¡Yo también, Mixiña!

-Pero, ya te contaré otro día por qué te quiero tanto...

-¿Y por qué no ahora?

-Porque estamos en un hospital, tú estás sin ropa y ya ves cómo yo también, y porque tenemos que largarnos de aquí antes de que nadie se de cuenta.

La idea de Mixiña fue huir tapados con una sábana blanca. Aunque escuchaban gritos, tuvieron que seguir corriendo hasta que salieron a la calle y se escondieron en lugar seguro. Y así lo hicieron: ambos bajo una única sábana que los tapaba desde la cabeza hasta las rodillas más o menos. Y salieron de la habitación donde estaban las cámaras de los muertos. Nada más salir, una enfermera se encontró de frente con aquella especie de fantasma doble y todavía hay quien dice que los gritos de aquella enfermera se oyeron hasta Amara. La pobre enfermera fue corriendo por el pasillo a la sala de control y allí tuvieron que ponerla un calmante para que se recuperara.

Mixiña y Oihan se aprovecharon de aquella situación de desconcierto para salir a la calle a toda pastilla. Nada más salir al exterior, podían verse los primeros rayos del amanecer y en el cielo aparecían dibujados rebaños rojizos de ovejas, pero el manto de la oscuridad todavía no había desaparecido. Oihan y Goizeder se alejaron protegidos por aquella oscuridad por los alrededores del hospital y a los que vieron aquella huída casi se les salen los ojos de las órbitas, asustados y paralizados por el fulgor de aquel fantasma desfigurado.

Oihan y Mixiña aún no saben si eliminaron el nombre del chico de la lista de fallecidos. Pero ellos viven felices.

 

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