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Euskal Idazleen Elkartea

Iñaki Mendiguren > Extractos

Narrativa

1990 | Elkar

Eran los primeros días de septiembre. Toda la cuadrilla estábamos en el bar, a empujones entre la gente, rodeados de ruido, charlando entre el humo, sin decir nada, alguien por detrás, me tapó los ojos con una mano agarrándome de la cintura con la otra, cuando me llevó al rincón. Al volver, me quedé mudo de asombro. ¿Cómo iba a poder esperarte? ¿Qué hacer? ¿Darle un sopapo o rogarle que me deje en paz? ¿Olvidar todo el pasado que tan de repente había recordado? ¿Mirar solo al futuro? Bien escarmentado, lleno de desconfianza, no podía abrir una nueva ventana a la esperanza. Tú, en cambio –dueña de la iniciativa-, pues estabas en situación de ganar el juego por la mano, me habías arrancado una sonrisa con tu pegadiza alegría antes de que pudiera reaccionar. Comenzamos una conversación incoherente. Mis amigos siguieron el circuito de vinos. Y tú fuiste inmediatamente al grano. En aquellos dos largos meses, te habían sucedido cambios sustanciales. Al parecer, según las revueltas aguas de los sentimientos se iban calmando y haciéndose transparentes, viste más clara tu naturaleza en ellas, dejando a un lado peleas inútiles y decidiste aceptar y asumir lo que sentías. Me dijiste que no tenía sentido seguir haciéndonos daño, que perdonara todas tus contradicciones anteriores; que no era otra maldad y que por favor me fiara; si quería, que tomara medidas y pusiera pruebas, pero me rogaste una y otra vez que no te negara una nueva oportunidad.

-Cuando te conocí –me dijiste- me hice grandes ilusiones por nuestra amistad. Pero pronto empecé a pensar que no era el único entre tus brazos, que más oídos escucharían tus dulces palabras ... y no podía soportar que hubiera uno más, pedía exclusividad. Por eso me fui con aquella chica, para castigarte o para provocarte o para olvidarte... Quizás, te he odiado en ocasiones porque no podía librarme de ti, pero no he conseguido olvidarte en la indiferencia.

Hablabas muy lentamente, como reflexionando cada palabra. Hablamos durante una hora más o menos. Superados los reparos iniciales, no fue difícil sumergirse en aquel juego sorpresivo para este inexpresivo corazón roto; pronto olvide todos los pasados frente a la perspectiva de encontrarte entre tus brazos. Aquella noche no librarías hasta tarde, pero yo te estaría esperando, te esperaría aún con más ansia, como a la lluvia fresca tras la sequía. Y partimos en busca del tiempo perdido.

Te dejé las llaves entre las plantas del portal. Sin poder caber en mí, me metí a la cama pleno de felicidad. No al momento, pero me quedé dormido, con la lámpara de la mesa de noche encendida, sabiendo...

Y de pronto, el lejano ruido de la puerta de la entrada; y al poco, te sentí deslizándose en el interior de mi cama, ¡roba-corazones! Sin despertarme, como en un sueño, para que refloreciese lo que no debía haberse marchitado, nos abrazamos, con la intención de ahuyentar los viejos recuerdos para siempre. Entonces me desperté del todo, pero en otro mundo.

En cueros, lascivo, sentí la vergüenza de mi desnudez. Apagada la lámpara de la habitación, había una suave claridad por la luz que venía de fuera. Me atreví a acariciarte y tocarte furtivamente. Rígida y tensa, piadosamente y como pidiendo perdón, me miraste tiernamente. Al volver de la cocina, te encontré echada sobre la cama, con la cara contra la almohada y llorando. Sentimientos de afectos ilimitados crecieron en mí en ese momento. Te tapé con la sábana y te estreché en mis brazos con toda la ternura del mundo. ¿A qué se debían aquellas lágrimas? ¿Miedos antiguos a un abismo desconocido o sospechas de felicidad? Me regalaste las caricias y besos que había añorado durante un año.

Encendimos un cigarro y, sentados en la cama, nos pusimos a jugar con el humo que sacábamos por la boca. Uno cada uno, pero ambos bebimos del mismo vaso para perder la vergüenza o buscar algo más de intimidad. Entre sonrisas y carcajadas, te tire a la cara el poco licor que quedaba de la botella. En ese mismo instante, antes de que te movieras, te comí a besos, lamiendo además lo que te había derramado.

Apretándote contra mí fuerte pero dulcemente, te susurré secretos y frases bonitas en voz baja, las cuales había guardado hasta ese instante. ¡Oh, mi lejano amigo!, ¡si hoy pudiera revivir la maravilla de aquellos mágicos momentos!

El cuerpo parecía el vehículo del amor. Y entrecruzando nuestros cuerpos, teniendo de cómplice la sombra de la noche, encontramos el uno en el otro los paraísos perdidos –los únicos que vale la pena buscar-. Suave, tu cuerpo moreno tembloroso, tus hermosos y delicados muslos, nos perdimos en los caminos de ensueño. Tus labios lascivos, tus manos hábiles, sabias en los placeres. Yo contigo y tú conmigo, nos hicimos uno entregándonos mutuamente nuestros cuerpos, nos hicimos dueños uno del otro degustamos el placer de la carne hasta saciar los deseos de placer. Hasta incluso hablamos, no fueron muchas palabras, pero sí de importancia. Y en algún momento nos quedamos dormidos, al apagar las estrellas del séptimo cielo las primeras luces del amanecer.

Aquel año no tuvo un julio y agosto soleados para mí, pero, ¡ay, que septiembre! Aunque fue sin darnos cuenta -o quién sabe, quizás sería por algún nexo del inconsciente-, quedamos al día siguiente por la tarde al lado del pantano donde un año antes tú y aquella amiga tuya me estuvisteis esperando. Tú, habías llegado antes, te vi desde bastante lejos; con los reflejos debilitados del sol tras de ti, tu imagen brillaba; tu hermoso cuerpo joven lleno de belleza, los débiles rayos de sol de última hora de la tarde subrayaban la flexibilidad y frescura de tus músculos. Seguía todos tus movimientos atentamente, latiéndome violentamente el corazón. Por un momento, te pusiste a recoger algo -¿moras?-, y por desgracia, te alejaste de mí; perdida en la distancia, en cambio, gané de algún otro modo: frente a la oscura zarza, era aún más patente la claridad de tu cuerpo desnudo, el encanto incomparable de las extremidades de tu cuerpo que se estiraban tan esbeltas por alcanzar los frutos de más arriba.

Solo escuchaba el ruido de mis pasos según me acercaba donde ti. Para entonces ya estabas tumbada en la hierba, mirando al cielo, con los muslos abiertos, realmente excitante; con los labios medio abiertos, como esperando algo. La sangre me hervía. Parecías dormida; ¿pero qué sueños encendían tu cuerpo? ¿Y qué te hacía estar expectante? Sentí un escalofrío de placer por el ansia y el miedo de tu dardo.

Lentamente, sin saber dónde ir, empecé a oír algunos acordes en mi interior. Tenues al principio, muy tenues, pero claros. Era Brahms. Luego, según se iba escondiendo el sol, más alto, cada vez más vivo, aquella música se hizo un lugar en mis sesos, y de allí se expandió a todo mi ser, me rodeó completamente, como si se apoderara de mí y me sumergiera en ella. Fuera de mí, bailaba mareado aquella música en el aire. Estaba en aquel crescendo jadeando sin darme cuenta. Contento me habría perdido entonces precipitado en tus cuevas, contento asfixiado entre tus brazos, contento sobre ti, degustando el placer, habría volado para siempre hecho uno con el viento, contento me habría derretido y evaporado en tu calidez. Y por segunda vez, los sueños se hicieron realidad.

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