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Inaki Irazabalbeitia > Extractos

Narrativa

1999 Cuentos desleales | Gero-Mensajero

XIXOTE

Nadie sabe cuándo vino por primera vez, ni desde dónde. Y a decir verdad, a muy pocos les importa su origen desconocido. Al parecer entró en el Estrella Negra por vez primera en una tranquila noche de luna llena y desde aquella noche se convirtió en cliente habitual.

Se hacía llamar Xixote y nunca pudimos saber su verdadero nombre. Si le preguntabas cómo se llamaba, respondía "soy Xixote" y añadía sonriente "siempre adelante y kixote”.

No era muy alto, apenas tendría metro y medio. Una amplia y cordial sonrisa era el rasgo más característico de su cara cuadrada. También tenía arrugas, sobre todo, a los lados de los ojos. Siempre llevaba barba corta; la que se suele tener tras tres o cuatro días sin afeitarse. Nunca se la vi más larga o más corta. Los ojos, oscuros y burlones, siempre estaban llenos de vida.

Cuando entraba al bar e iba a su lugar delante de la barra, decía en voz alta "salud para todos".

Pasaba largas horas en la barra y hablaba con todos aquellos que se le acercaban. Era muy locuaz. Además era muy hablador. Era un narrador experto y cuando le daba por contar historias, (de paso he de comentar que esto no era muy habitual) el alto rumor de costumbre del Estrella Negra se interrumpía súbitamente y todos nos poníamos a escuchar atentamente lo que Xixote relataba.

La mayor parte de las veces las historias que contaba Xixote eran alucinantes. Contaba la anécdota como le había ocurrido y siempre juraba que lo ocurrido le había sucedido a él. Todos reíamos cuando decía eso y añadíamos que le creíamos. Todo formaba parte del juego entre las dos partes, es decir, el ritual para dar comienzo el relato de la historia.

A pesar de todo, Xixote tenía un pequeño defecto; le gustaba demasiado el alcohol. A decir verdad, era un alcoholizado crónico; borrachín, como dice mamá. Pasaba largos ratos en el Estrella Negra, siempre tenía una copa de ginebra entre manos, no bebía otro licor, y a menudo interrumpía el relato de sus historias para dar un trago al … transparente.
Le decíamos que el alcohol le mataría, pero él no nos hacía ni caso. "Mala hierba nunca muere" decía tras darle un trago a la copa y a continuación añadía "y si muere resucita".

En ocasiones, tras un buen rato agarrado a la barra, caía seco al suelo sin conocimiento. Le llevábamos al hospital y tras una pequeña estancia en el secadero, volvíamos a tenerle de nuevo en el Estrella Negra.
A medida que pasaba el tiempo empezó a ir cada vez más a menudo al secadero. Al mismo tiempo, los ratos que allí pasaba se fueron convirtiendo en estancias. Por tanto, cuando desapareció tan de repente como vino, pensamos que estaba de nuevo en el secadero. Hasta pasadas unas semanas no nos dimos cuenta de que habíamos perdido a Xixote para siempre.

Se nos fue tan súbitamente como vino. Para ser sincero, en un principio no suscitó especial interés entre los clientes del Estrella Negra, te teníamos por otro más del montón de borrachines castizos. Su desaparición, en cambio, suscitó un interés especial en nosotros.

La falta de Xixote se hizo notar. Xixote se convirtió en tema recurrente en nuestras conversaciones y en poco tiempo, se creó una mitología sobre él y sus cosas. Todas las ocurrencias y frases ingeniosas se ponían en la boca de Xixote. Sin duda era el padre de muchas de ellas, pero no de todas, claro está. Durante una temporada, Xixote corrió el riesgo de convertirse en monotema.

Las especulaciones sobre su origen también eran múltiples, claro está. La falta de conocimiento y el rastro de misterio enriqueció la mitología en torno a Xixote. Él, a veces, daba por cierto lo que algunos soltaban en broma. Que Xixote venía de Transilvania y había los que creían que era el sucesor del conde Drácula. Otros, dicho por Xixote en un momento de enfado, que era el hijo bastardo de un magnate del petróleo, y en efecto, creían firmemente que ese era su verdadero origen. Había largas discusiones sobre estos temas, en las largas y aburridas charlas que teníamos con una copa en la mano.

No puede negarse que Xixote dejó vástagos en el Estrella Negra.
Ahora, con el implacable paso del tiempo, la mitología de Xixote se ha debilitado, en este momento en el que se ha silenciado y casi olvidado, porque entre otras cosas, otros han seguido sus pasos de contar las historias que el contaba "un suceso tan verdadero como la vida" como él decía, he pensado que puede ser adecuado llevarlo al papel.
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Era una oscura tarde del crudo invierno. En el Estrella Negra se estaba templado, fuera en cambio, hacía mucho frío. Como la tormenta levantaba la nieve apilada sobre el suelo, en el aire, de un lado a otro, sin dirección alguna, no podía decirse si los copos de nieve caían desde las nubes o eran levantadas por el viento. Sin embargo, sumergidos en la placidez del Estrella Negra, sólo teníamos constancia de la tormenta que había en la calle cuando la puerta se abría.

Yo en vez de estar en la mesa de costumbre, estaba sentado en una de esas sillas altas de la barra al lado de Xixote. Llevábamos un rato ambos mirando nuestro vaso y sin decirnos ni pío.

La puerta de la calle se abrió y pudimos oír el rugido de la tormenta. Uno de los clientes habituales del bar entró corriendo.

- ¡Qué frío! - dijo- nunca he visto nada parecido.

Xixote dejó de mirar a su vaso, giró la cabeza y mirando al que acababa de entrar,

- Lo de fuera, te parecería el horno de Lucifer si hubieras pasado lo que yo he pasado - le soltó desafiante con su voz rota y áspera.

Todas las conversaciones del bar se interrumpían a la vez, poniéndose todos a mirar a Xixote. En el ambiente se notaba que venía uno de los relatos de Xixote. La gente estaba ansiosa, puesto que Xixote llevaba desde hacía tiempo bastante callado.



Artículo del 8 de enero de 2002 de la columna “Izarren Hautsa” (Polvo de estrellas) del periódico "Euskaldunon Egunkaria"

Stephen Jay Gould pasó por Euskal Herria como las estrellas fugaces pasan por el oscuro firmamento: brillante y dejando rastro. Organizado por la Agrupación de Escritores Vascos (EIE) y patrocinado por la revista Elhuyar el 1er Congreso sobre Prosa Científica. Vino a dar la conferencia de apertura del congreso y, en cierta medida, envió a la sombra el mismo congreso. ¿Fue culpa de Gould? ¿Metieron la pata los organizadores al traerle? ¿Es que el congreso no tenía interés? ¿Fueron unas jornadas de reflexión de una cuadrilla de lunáticos? Se pueden proclamar preguntas como esa, para justificar la escasa repercusión. Después de todo, vista la situación cultural de nuestro pueblo el congreso tuvo dos pecados: la palabra científico aparecía en el título y, además, estaba en euskera. ¡Haced caso a los datos!

El congreso fue sustancioso y las aproximadamente treinta personas que acudieron tuvieron oportunidad de escuchar razones y anotaciones poderosas. La discusión, además, fue entre muchos y enriquecedora. ¡Una pena! Dos veces debería decir que una pena si nos fijamos de dónde venían los allí reunidos. No apareció ni un periodista ni un profesor de periodismo. Así mismo, también notamos la escasez de representantes de editoriales vascas. Por tanto, los que estamos en el negocio, profesores universitarios de ciencias y estudiantes y algunos profesores de Irala. Escaso mercado para cosecha tan abundante.

Que al congreso no acudiera más que una parte del público objetivo, puede ser culpa de los organizadores, consecuencia de no haber hecho una propaganda suficientemente eficaz. Sin embargo, esa no es más que una parte de la realidad; la más pequeña, seguramente. Precisamente la falta de tratamiento del Congreso en los medios de comunicación, muestra una realidad aún más cruda. Por ejemplo, este periódico hace un seguimiento de cerca de todas las actividades que organiza la Agrupación de Escritores Vascos: Caldea el ambiente con antelación, hace una crónica de lo dicho cada día y a menudo hace una valoración posterior. ¿Por qué no en esta ocasión? Por otro lado, es preocupante la escasa repercusión que ha tenido en la comunidad universitaria. Tengo la impresión de que para determinados ambientes la ciencia no es cultura y que la prosa científica no es prosa. Ahí puede estar la clave de lo acaecido.

Esa es la realidad de nuestro pueblo y sociedad, construida sobre las bases de la tecnología y la ciencia y la cual vive de espaldas a ellas. La tempestad del papanatismo cultural sacude nuestra sociedad. No tolero la situación. No estoy dispuesto a aceptar el discurso de las dos culturas (en nuestra sociedad diglósica, de paso, sería el discurso de las tres culturas). Denunciaré firmemente a los ilustrados de medio pelo que al escuchar la palabra ciencia arrugan la nariz; los que identifican la cultura con frases sublimes y discursos fofos y petulantes hechos con palabras de veinte duros, no consideran los ensayos científicos como literatura. ¡Es tiempo para una misión, amigos! J'accuse.
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