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Euskal Idazleen Elkartea

Iñaki Friera Urbistondo > Extractos

Narrativa

2001 | Susa

Los días eran bastante parecidos para los hombres que se apilaban en aquellas oscuras habitaciones. Al despertarse y de uno en uno se acercaban a la única fuente que había en la cocina, para refrescarse la cara, la nuca y las axilas. Seguidamente, mezclaban el café molido con la leche calentada en el fuego que traían de fuera, para volver cada uno al rincón de su habitación. Tras tomar el café con leche se volvía a sumergir en sus solitarios pensamientos, pues la relación entre ellos era escasa.

De vez en cuando alguno intentaba mitigar aquel cansino silencio con relatos o historias de su lugar de nacimiento. En otras ocasiones, se hablaba de las intenciones que cada uno tenía una vez llegados a Europa, aunque fuera en susurros. Al final, sin embargo, el silencio de costumbre se imponía, y volvían de nuevo a ensimismarse.

Abdurahman no intentó animar a Ahmed. Se sentaba a su lado, tanto para comer las salchichas de los recipientes como para beber el café recién calentado y también para dormir; luego, en cambio, buscaba entre los otros algo de conversación para evadirse, la cual le sacaría durante unos minutos de esa especie de prisión.
Y así pasaban los días y las noches, hasta que llegó la orden de abandonar la casa:

Aziz fue de habitación en habitación, diciendo que se levantaran:

-Pronto tendréis un camión frente a vuestro portal. Tenéis que estar preparados y subir sin hacer ruido, pues os llevarán hasta la playa. Una vez hayáis llegado tendréis que esperar escondidos y en silencio, hasta que llegue la patera ¡Antes de subir al camión me tendréis que dar el dinero!

Los veinticuatro hombres reunidos en el hostal empezaron a moverse nerviosos, confundidos entre la delgada línea entre la alegría y el miedo. Estaban sucios, pues el agua fría del hostal no era suficiente para todos y, además, hacía ya tiempo que los jabones que Abdurahman y Ahmed habían traído se habían acabado. Los que tenían qué afeitarse hacía también tiempo que habían dejado de hacerlo.

Las ropas que vestían estaban sucias y arrugadas: no se quitaban nunca los pantalones y ponían las camisas bajo la cabeza, como si fueran almohadas. E igual con todo lo que llevaban puesto.

Salieron de uno en uno del hostal, tras dar a Asís el dinero acordado. Se detuvieron en el soportal, agachados junto a la escalera, protegidos de la luna de la calle. Inmediatamente oyeron el motor del camión que venía entre calles. Un hombre se detuvo y bajó frente a la vieja puerta: Jalal.

«Adentro, adentro!» les gritó como si fueran animales a aquellos hombres ensuciados que iban a empujones.

Jalal bajó el manto de la parte trasera del camión de la parte trasera del camión, tras hacerles saber que debían permanecer en silencio hasta que él diera dos golpes. Se dirigió de nuevo al camión, dejando atrás el barrio Príncipe Alfonso. Al poco llegaron a la playa Benítez. Con mucho sigilo acercó el camión a la cuneta, paró el motor y escudriñó los alrededores. Tan solo se oía el ruido que hacían las olas a pocos metros del camino. Entonces sacó la mano por la ventana sin cristal y golpeó dos veces en la chapa de metal del remolque de atrás. Seguidamente, respondiendo a la señal hecha por Jalal, recogió el manto trasero del camión y salieron apresuradamente.

Jalal no se quedó mirando, tan pronto el último de los hombres puso los pies en el suelo quitó el freno de mano y dejó que el camión avanzara por el camino sin encender las luces y el motor.

Veinticuatro hombres atravesaron la playa, hasta cobijarse en los escollos, encogidos, hechos uno con la roca, sin poder apartar los ojos del mar que se expandía cerca de allí. No se lo podían creer: ¡su sueño estaba a punto de convertirse en realidad! Por los pensamientos de aquellos hombres pasaron los días hasta llegar a la playa, rápidamente, como compitiendo con los latidos de su corazón.

Ahmed recordó con pesar el mes que había pasado en aquel pequeño hostal de Ceuta, un mes que le hizo ver, oler, sentir la Europa que anhelaba mirándola desde la ventana del hostal. Un largo mes llamando a la esperanza, rezando, apilados como viejos aperos, durmiendo a turnos en sencillos jergones de paja, hasta que les hicieron saber que la patera estaba preparada.

Un largo mes, y tal vez algo más también, desde que llegaron a aquella ciudad desconocida que les saludaba con un frío «Bienvenidos», cada uno con su camino a cuestas. Un largo mes, y tal vez algo más también, un largo mes vagando por las estrechas calles de Ceuta, desde que empezaron a dar vueltas aquí y allá a la búsqueda de un salvador que no conocían; hasta que la voz que durante tanto tiempo habían esperado les susurraran palabras de ayuda.

Un largo mes, y tal vez algo más también, hasta que les dijeron que iba a llegar un camión a Ceuta con una carga especial. Un mes... y dos semanas más tarde también, observando el cielo, a la espera de que se calmara el temible Levante y las condiciones adecuadas para hacerse a la mar. Hasta que, aquella mañana, ayudado por la luna menguante, hasta que el viejo camión de Jalal pasó por el estrecho camino que iba hasta el hostal y paró frente a su portal.

De repente, una luz cegadora detuvo los pensamientos de Ahmed:

- ¡Quietos ahí! ¡Policía! ¡Quietos!

Los veinticuatro hombres huyeron despavoridos, intentando huir de los policías que se adentraban en la playa. Efectivamente, aquellos desesperados que huían de nuevo no eran los únicos que estaban esperando que el viento de Levante se calmara, pues los policías de Ceuta sabían perfectamente que aquella calma era una buena oportunidad para los atunes que querían atravesar el estrecho de Gibraltar.

la Policía atrapó a la mayoría de los hombres. Las caras reflejaban desesperación: débil, vulnerable, sometido. Estaban asustados y lo habían perdido todo. Temblando, de frío y de miedo. Tenían al alcance de la mano su sueño, a una pocas horas, y no pueden cumplirlo.

Sentados en el suelo, a la espera de los vehículos policiales, con la parte de abajo del pantalón empapada, los fugados que habían sido detenidos se hundieron en un gran resentimiento. Uno de ellos se acercó donde un policía:

- No hemos hecho nada malo. Además, no tenemos intención de quedarnos en España, ya que vamos a ir a Italia. Allí tengo a mis primos, han comprado un coche y ropa y gastan dinero a espuertas. Viviremos bien. No puedo volver a casa, soy el último joven de casa y, todos los demás hace tiempo que salieron de Marruecos. No hemos hecho nada malo –y de nuevo, temblándole los dientes, le suplicaba al inexpugnable policía.

Abdurahman también estaba temblando. Ensimismado, quiso esconder la mirada en la arena del suelo, agarrando con fuerza la bolsa de plástico donde llevaba sus cosas. Él era el único que llevaba bolsa: el resto quisieron pasar el estrecho con lo que llevaban puesto, con los zapatos, camisa, chaqueta y pantalón. Y también con el papelito en el que tenían escrito el teléfono del amigo que les esperaba en Europa.

- ¿Cómo es posible? –dijo para sí, mientras miraba el mar en calma y pacífico que parecía inmejorable para zarpar-. ¿Cómo es posible? Estábamos callados, escondidos detrás de los bloques de hormigón...

«Por qué nos detienen, no hemos hecho nada malo, íbamos a Italia y...» les repetían una y otra vez a los policías que los empujaban hacia los vehículos. La mayoría de los marroquíes iba cojeando, tropezando, ya que los bordes de los bloques de hormigón que les dieron cobijo durante unos minutos les habían herido y cortado las piernas.
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