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Hasier Etxeberria Canales > Extractos

Narrativa

Me he montado un cuento postmoderno |

Suelo dormir a pierna suelta, pero la noche del pasado martes, no podía pegar ojo. Como cada noche, ya debía de llevar rato dormido. Estaba cansado y con todos los quehaceres del día finalizados. A gusto entre las sábanas, silencio total, sin quebraderos de cabeza bajo la manta, cerré los ojos y pensé, "a dormir". Pero qué va.

El teléfono sonó en mitad de la noche. Y lo peor, aquella llamada no era para mí. Me preguntaron en francés si era Néstor Desjours y, como salta a la vista, les dije que no. Que yo no soy Néstor Desjours. "Pardon Monsieur" me decían luego y cuando iba a decir que no tampoco era Monsieur, colgaban al otro lado del teléfono.

Añadí otra manta pequeña a la cama, sacada del armario. Cerré los ojos y me puse a dormir, por tanto, de nuevo.

Casi casi ya estaba. Me eché hacia el otro lado, a la izquierda. En efecto, hay algunas posturas mágicas, no sabemos por qué, que nos llevan al regazo materno. Al vientre materno, al mismo cielo.

Estaba en el vientre de la madre, por tanto, de repente. Pero, ¿cómo se respiraba en aquellas aguas del vientre de mamá? ¿A qué olía dentro de aquella vejiga gigante? ¿Cómo se escuchaban los ruidos de fuera? y cuándo papá le traía la falda roja a mamá, ¿cómo era desde allí dentro? Empecé a ahogarme en sudor con tanta pregunta y al dirigirme a abrir la ventana, vi una luna en el cielo, sin hacer caso a nadie.

Me puse echado al otro lado. De repente, me entraron unas ganas tremendas de saber qué hora era. Pero no me convenía. Si encendía la lámpara para ver el reloj, me despertaría más de lo necesario. Encendí la lámpara, sin embargo, y cuando la luz de la bombilla me quemó los ojos, me desperté de nuevo más de lo que necesitaba. Eran las cuatro y media.

Tras apagar la lámpara, la luz de la bombilla seguía clavada bajo mis párpados como si fuera una lapa pegada. Si cerraba los ojos, veía un círculo amarillo y en el medio, otro redondel azul más pequeño. "¡Kandinsky!", pensé, y me hizo gracia aquel chiste espontáneo que sólo yo podía entender. Si abría los ojos, en cambio, más que ver el yeso del techo, me lo imaginaba en medio de la oscuridad. Tan sólo notaba los cambios de pintura provocado por la humedad en aquella superficie agrietada, gracias a la débil luz que la luna la metía por la ventana. "¡Tapies!", pensé y empecé a reír de nuevo, yo sólo.

Aquello era una tontería. Si seguía así, nunca conseguiría conciliar el sueño. Tenía que dormir fuera como fuera.

Me contaré un cuento, uno de esos cuentos que valen para dormir. Además tenía el nombre del protagonista, se llamaría Néstor Desjours, y belga de nacimiento, tocaba el violín en la orquesta de Miarritze. Para dormir me pareció más interesante inventarme un violinista, más que un trompetista o un tamborilero. Inmediatamente decidí qué pinta tenía: era bastante pequeño y muy delgado Néstor Desjours. Como hombre, nada en absoluto.

Me percaté que era demasiado cruel. Si seguía por ese camino, en vez de dormir, me empezaría a arrepentir por tratar tan mal al protagonista del cuento, y que ese mismo mal sentimiento no me dejaría dormir tranquilo.

Néstor Desjours no será, por tanto, pequeño y enclenque. Y tampoco violinista. No estaba en Miarritze y no era belga. Era el cocinero de Lyon, un hombre maduro de cuarenta años. Estaba preparando codornices para un cliente especial, en salsa de trufas traídas de Perigord.

Me impacienté de nuevo: era imposible que un cocinero estuviera preparando codornices a esas horas de la madrugada. Todavía menos en Lyon.

Finalmente, convertí en taxista, por tanto, a Néstor Desjours. Por eso estaba aparcado en la estación de taxis de Baiona, con la radio encendida y medio dormido. Me uní a su sueño, y sin más, me empecé a dormir escuchando con la música de la cadena de radio France Inter que él escuchaba.

- ¿Taxi? – preguntó una mujer.
Néstor salió de un salto del auto y abrió la puerta de atrás con celeridad. Tuvo suficiente como para saber que esa mujer no era cualquiera. Sólo aquel perfume, era capaz de arrastrar a un hombre a la perdición. La mujer le ordenó que la llevara a Hendaia.

Néstor no sabía qué era lo más adecuado: empezar a hablar, poner la radio o música. ¿Y cómo empezar a hablar? Y de poner música o la radio, ¿qué clase de música le gustaría a aquella Miss Mundo? Ni una ni otra. Nada en absoluto. Néstor decidió no poner nada y quedarse callado. Entonces la mujer le preguntó si no iba a poner un poco de música.

-C'est trés jolie – dijo la mujer cuando empezó la música de Prince a sonar por los altavoces- Ça va, merçi.

"¡Bingo!", pensé y una sonrisa iluminó la cara de Néstor. Miró hacia atrás por el espejo, al escuchar aquellas palabras de complicidad. Aquella mujer parecía no tener ganas de que la noche acabara y, ¿quién mejor que Néstor para ello? Lo que quisiera, en el lugar que quisiera, haría con aquella mujer lo que ella quisiera. No pueden perderse oportunidades así.

Subí las sábanas y las mantas. De tanto sudar y dar vueltas, se habían ido hacia abajo con tanta excitación. Néstor me daba envidia con aquella chica.

La mujer le pidió que fuera por la carretera de la costa. Que no tenía mucha prisa y que en esas ocasiones siempre es más hermoso el camino más largo. "El tiempo" pensó Néstor, "hablaré del tiempo".

La mujer apartó los ojos de la ventanilla para escuchar los que decía el conductor, pero tras una sonrisa, se volvió de nuevo a lo que estaba sin decir nada, a perder la mirada en aquel mar que estaba haciéndose de plata. Néstor también se dio cuenta de que aquella mujer no tenía ganas de hablar. Todavía menos para escuchar las reflexiones meteorológicas de un taxista de Baiona. La mujer estaba a otra cosa. De vez en cuando se acomodaba el cuerpo en el asiento, como yo bajo las mantas, buscando la postura.

No sólo el mar, también las praderas habían empezado a ser iluminadas en aquella mañana de miércoles. Sobre la mancha verde y regular de la hierba, el mar reflejaba su azul blancura, como un largo cuadrado. "¡Mondrian!", pensé, pero el nuevo chiste no me hizo ni pizca de gracia, pues me estaba volviendo a alejar del cuento de Néstor.

La traje hasta la pared de la playa de Sokoa, sin que el taxi pasara por ningún camino. Podría haber hecho lo que hubiera querido con el cuento que estaba inventando. Y si quería llevar el taxi hasta Sokoa, lo llevo y punto.

Paré el coche en un semáforo: absurdo.
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