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Euskal Idazleen Elkartea

Gotzon Garate Goihartzun > Extractos

Narrativa

Una historia puede salvar una vida |

Se me apagó como las velas del altar de la esperanza. En mi vida no había ni un rayo de luz. Necesitado de dinero y de cariño. Todas las cosas del mundo me causaban repulsión. Un malestar interior me llevaba en su remolino de acá para allá.
Me asusté, empapado de miedo en sed de cariño. Ahí residía, precisamente, el meollo de mi desasosiego. Necesitaba a la gente pero no sabía tratarla bien.

Hubo una época en la que tenía muchos amigos cerca, a los que quería de corazón. Mi brusquedad, en cambio, mi insolencia les fue ahuyentado poco a poco a todos, hasta que me quedé más sólo que el suspiro de una viuda.

Antes trabajaba a gusto, luego me vi incapaz de realizarlo correctamente. Al final me empezó un temblor muy pronunciado.

–Zaldua -, me dijo el jefe de la fábrica, como si le estuviera hablando a una máquina – será mejor que te vayas de nuestra fábrica. Se te dará una compensación.
Diez días más tarde, había gastado todo mi dinero.

No tenía familiares. No he conocido a mis padres. Nada más nacer me abandonaron en un orfanato.

Iba por la calle. Los coches y la gente iban arriba y abajo sin parar. No podía entender aquel ruido. A ellos les importaba un bledo las desgracias de mi alma. ¿Es que ellos y yo éramos del mismo mundo?

Me quedaban cuatro reales. Pasé al lado de un vendedor de dulces. Compré dos y me metí uno en la boca. Lamiéndolo, me fui hacia casa pensativo.

No vería de nuevo esas calles. El silencio permanente en vez del ajetreo de las idas y venidas. En vez del alboroto diario de las idas y venidas, silencio eterno. Mi único amigo en aquel momento: Mi escopeta. La tenía cerca en la habitación, esperándome.

Me dolía el estómago, como si lo tuviera de piedra. Al llegar a casa, la cabeza me daba vueltas, tenía la vista borrosa y las piernas me temblaban. En mi interior no parecía haber sucumbido a la amargura de la vida. Todo era en vano, había tomado una firme decisión.

Vivía en un extremo del barrio de la ciudad. Vivía, o medio vivía, en una casa sucia que vista tanto desde fuera y desde dentro estaba mejor para que vivieran animales antes que personas. Entre aquellos domicilios, mi camarote bajo tejas era lamentable.
Empecé a subir por la escalerilla.

"Un minuto más y todo quedará en silencio. No más lágrimas; se apagará el dolor de vivir; paz, paz, tranquilidad sin límites".

Se me revolvió el estómago. Antes de llegar al tercer piso empecé a vomitar. Me agarré con fuerza a la barandilla.
Al legar al cuarto piso los instantes eran pedazos de eternidad.

Allí, encima de la trampilla, en el lado derecho, al lado de la puerta, había una niñita pequeña, sentada, parecía que echando la siesta, totalmente acurrucada, ¿de unos cinco años?
Sin decir palabra, despidiéndome por última vez de la vida, saqué el caramelo del bolsillo y se lo di a la mano. Subí el primer escalón de mi desván.
- ¡Muchas gracias, señor!

Noté un soplo de aire frío en los orificios nasales. Me quedé mirando a la niña.

- Mamá está en el trabajo – profirió, como si más que conmigo hablara consigo misma, abrió el papel del caramelo y lo redondeó con sus deditos - No sé cuándo vendrá.

Silencio. La niña me mira y yo a ella.

- Señor – me preguntó, levantándose y acercándose a mí, -¿se sabe algún cuento?

No sé cuánto tiempo necesité para responder.
- Sí, sí que me los sé; y bonitos además.

- ¡Jo, cuénteme uno, por favor!
La niña me siguió a mi habitación. Me senté en la silla y escondí la cabeza entre las manos. Me puse a llorar. Las lágrimas me salían del fondo del corazón.

La niña se arredró. Luego me quiso quitar las manos de la cara.

-¿Por qué llora?

No le respondí nada. Ella también se puso a llorar.

Me sequé las lágrimas y también las de la niña. Cogí a la niña y me la puse en las rodillas empezando a contarle cuentos, sin aburrirle.

De repente algo se oyó abajo.

- Tu mamá ha venido. ¡Ve, angelito!

- Sí, pero mañana también me contarás algún cuento, ¿no?

No pude evitar el llanto.

- Sí, mañana también, le respondí.
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