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Fito Rodriguez > Extractos

Narrativa

2004 La sombra de Fausto | Utriusque Vasconiae

-Me llamo Werther.

Los románticos solían suicidarse. Fausto quiso pactar con el diablo su juventud perpetua. Yo no me voy a quitar la vida porque me he hecho más viejo y más sabio en este viaje. He aprendido mucho. No sólo de la lengua y la cultura vasca sino sobre mí mismo. Los humanos debemos vivir simultáneamente en tres dimensiones, el pasado, el presente y el futuro. Por lo tanto, no hay no que decirlo, mientras viva llevará conmigo lo vivido. No quiero admitir una cuarta dimensión. No me gusta el eterno retorno. Mefisto no me ha engañado con sus propuestas para la eternidad, aunque yo mismo haya terminado siendo un vendido.

Como no creo en Dios, tampoco creo en el diablo. No conseguirán hacer de mí un joven eterno. No soy solamente un activista. Mi experiencia personal me ha llevado a ser un escéptico militante.

No hay árbol son sombra y el sol tampoco puede alumbrar todo. Siempre queda, necesariamente, un espacio para la oscuridad. Hace mucho tiempo leí que el mar no tiene esperanza, ni el aliso corazón, pero es ahora cuando he llegado a darme cuenta del significado de estas expresiones. No me rindo, pero no tengo para ello necesidad de esperanza. Si fuese Fausto tendría miedo y sería capaz de cualquier cosa para superar el pánico que produce la falta de esperanza, pero ya he aprendido a superar esa situación. Aunque el miedo me gusta menos que el humo, ya sé vivir sin ambos.

Para la religión todos los hombres son malos de nacimiento, empezando por cada persona en concreto. De alguna manera se nos ha colgado el sambenito del pecado original desde los inicios del catolicismo, pero el renacimiento religioso no ha hecho sino acentuar esa concepción negativa y pesimista de la Humanidad. La vida, en consecuencia, no es más que una auto-negación fluida que recorre nuestra existencia. Cada cual debe ser capaz de negarse a sus deseos (a las tentaciones del diablo) para conseguir una educación redentora que le lleve a la Verdad.

El yo que ha reivindicado la Modernidad ha sido siempre positivo frente a la negatividad que caracterizó al yo del Antiguo Régimen. Para Rousseau, Emilio debía ser educado fuera de la sociedad porque era ese conjunto humano el único cargado de maldad. Los “otros” serían la encarnación del infierno y del diablo.

Hubo una época en la
que los que creían en Dios o en el Diablo tenían la necesidad de creer en algo, y si no había nada en que creer, necesitaban inventárselo. Así surgió la teoría de la conspiración, por medio de la cual siempre será posible encontrar una explicación escondida a los ojos de la mayoría. Todos los que creen en un orden universal, aquellos que tienen fe en la necesidad, nunca podrán llegar a comprender que el mundo en el que vivimos está también constituido por el azar.

Todos ellos, quienes han querido convertir lo sagrado en racional, han terminado sacralizando la razón y adorando al individuo por encima de su mundo. Éste es el pecado original de la individualidad. Sin embargo, no han sido capaces de darse cuenta de que el individuo no es el inicio de nada, sino la consecuencia o el producto de algo. Esto es, una determinada convergencia de relaciones es la que ha creado al ser humano actual. Y si son incapaces de ver ese proceso no serán tampoco nunca capaces de comprender los procesos de decisión en los que se basa la libertad. Porque ser libre no es tener capacidad de elección entre distintas posibilidades que se nos ofrecen, sino ser capaz de decidir por encima, incluso, de aquellas supuestas oportunidades a las que se nos quiere abocar.

Entre los Elhuyar, fue Juan José el que le hizo partícipe a Fausto de su secreto, el que le hizo cómplice. Además de hermano le convirtió en miembro de su Sociedad Secreta. El Fausto del que nos dio noticia Goethe también es un personaje atormentado por una implicación de la que no puede librarse.

Juan José de Elhuyar quiso dejar claro a su hermano que la historia nos implica a todos, queramos o no. No parece ser que Fausto de Elhuyar supiese nada de lo que su propio hermano le hizo partícipe, pero tanto si lo supo como si no, estaba implicado. El ser dueño del secreto ni ayuda ni obliga. Parece que, a la postre, Juan José fue asesinado (por lo menos el texto de la revista Elhuyar al que hacen referencia las hemerotecas así lo sugiere), mientras que Fausto, cuya vida fue larga y productiva, consiguió personalizar los honores consiguientes al descubrimiento del wólfram. Todo ello, aunque parezca bastante evidente que estos méritos deberían corresponder, como mínimo, tanto a él como a su hermano Juan José. Pienso que el tiempo ha dejado a cada uno en su lugar. Los documentos que destruyó Ignatius no serán suficientes para hacer desaparecer esta información. De hecho, la cinta de vídeo que estoy grabando no hace sino confirmar esta información.

No puede decirse, en consecuencia, que exista una posible ciencia neutral. Al menos en este caso. Tampoco creo que debamos creer en una historia basada en la equidistancia. Al contrario, tanto la ciencia como la historia no son más que el producto de hombres y mujeres concretos, tan contaminados e implicados como cualquiera de sus congéneres.

Si hoy en día vemos la ciencia como una actividad sucia y vendida, no deberíamos pensar que eso es el resultado de una degeneración progresiva, sino una característica del propio procedimiento científico, por lo menos, de su lado oculto. No deberíamos quejarnos solamente de la basura y contaminación que crea un mundo dominado por la gestión científica de la producción, sino que deberíamos empezar a preocuparnos por las condiciones mismas de la producción científica, de aquello que se elige como preeminente a la hora de investigación y el desarrollo. Yo ya estoy bastante escarmentado con todo ello, pero no me arrepiento de nada. No hay falsas esperanzas para el futuro, pero, como dijo Unamuno, no es escéptico aquel que habita en la duda constante sino el que constantemente busca e investiga. Ese tipo de escepticismo es el que me impide avergonzarme de mí mismo porque es el camino que he elegido. Por eso no puedo abandonar mi esencia nómada. Mi identidad tan gitana como lapona. Pero esa identidad o esencia son ahora para mí el resultado de una decisión y ni la consecuencia de una historia desconocida. Ahí está la cuestión.

Los vascos son gente tímida y solitaria, aunque se encuentren en armonía con su entorno, quizás por eso mismo. Los lapones, sin embargo, hemos vivido siempre en familias extensas, expandidas. Aquí la referencia a la casa es clave para la comprensión de las relaciones sociales, la estética y la ética. En las llanuras del Norte es el nuestro un pueblo nómada. Sin casa o, por lo menos, que lleva su casa a cuestas.

No le hacemos frente al frío escondidos en un albergue. Nuestro pueblo es autosuficiente para calentarse. Quizás por eso le hemos tenido siempre un respeto especial a la soledad, porque estar solo en nuestra tierra es estar cerca de la muerte. Esto, en la misma medida en que consideramos la soledad es también la fuente de las malas costumbres: Por eso. En cualquier lugar que nos encontremos, intentamos estar como en casa. Yo lo he intentado aquí, pero las consecuencias de mi soledad mal administrada me han llevado a la necesidad de vivir en mi pueblo de origen.

Por eso quiero comunicara aquí y ahora mi experiencia. De hecho, estoy en deuda con el Pueblo Vasco y a él quiero hacer partícipe de mi historia. Recordando aquello que dijo Goethe, “ándate con cuidado con respecto a lo que de joven quieras ser de mayor ya que, probablemente, te conviertas en ello”. Así pues, además de recuperar aquellos sueños de juventud, quería contar mi historia. Porque cada árbol tiene su sombra. Es esa parte oscura la que aparecerá en estas cintas de vídeo.

En julio puede verse el sol de medianoche en las orillas del lago Inari, cerca de los confines del Cabo Norte, en la vieja tierra de los lapones cuyo calor estival me llama ahora.

Después de cantar el “Pobre de mí”, encaminaré hacia allá mis pasos. Así lo ha decidido este lapón que nació finlandés.

Me dirigiré hacia las tierras que todavía controlan los lapones, mis ancestros, aquellos que ni tienen un estado ni aceptan ninguno por encima de su pueblo.

Hasta siempre... .
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