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Euskal Idazleen Elkartea

Fernando Morillo Grande > Extractos

Narrativa

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El niño salió corriendo por la puerta. Chocó contra el cielo. Un cielo pequeño, disfrazado de ramas de un viejo roble.

-El anciano de ayer tenía razón –dijo el pequeño, admirando la noche del patio. Era una capa de seda negra, cosida con parches de estrellas.

Dio unos pasos silenciosos, para ver mejor. Sonrió.

-¿Qué andas tramando? –le espetó la criada-. Déjate de sueños y ayuda un poco. Coge esos vestidos. Llévalos al desván.

El niño siguió inmerso en su fascinación, perdido en el infinito techo sobre el patio.

-El anciano dijo que allí arriba había un camino ahí arriba –susurró el pequeño, casi diciendo para sí, mirando aquella calzada blanca que anudaba la noche-. Parece que lleva a un campo de estrellas. Y que lleva hasta el fin del mundo.

-¡Ay, niño del demonio! ¿Te vas a despertar de una vez? Muévete, que tengo prisa.

El pequeño cruzó los brazos. Se puso serio.

-Algún día me haré viajero. Como el anciano de ayer. Yo también llevaré una barba enorme, como de algodón de azúcar. Y cruzaré ese campo de estrellas –cerró los ojos y suspiró, encantado por su sueño-. Llegaré al fin del mundo, para ver qué hay al otro lado.

-No tienes remedio. Estás loco de remate. ¡Recoge esa ropa si no quieres ganarte un tirón de orejas!

El niño sintonizó con el patio, con el roble, con la criada. A la fuerza: aquella mujer no amenazaba en vano. Lentamente, se acercó hacia la ropa. Pero echó una última mirada desde las ramas del viejo roble.

-¡Algún día! -gritó, mostrando su diminuto puño a la noche insensible.

Qué curioso. Por un instante le pareció que aquel camino teñía de harina la noche-¡el mismo que llevaba al fin del mundo!- que se agitaba. Como si su mirada de niño se hubiese alterado. Como si las estrellas se hubieran dado cuenta, de repente, que la mirada de un niño tenía la fuerza de un sueño imborrable.

-Ay, Cristóbal, Cristóbal – dijo la criada-. Tu padre, el señor Colón, tenía razón: ¡nunca serás nada!


Amaneceres pétreos

Dani, moreno y delgado, puso una sonrisa pétrea. Cruel recompensa para unos dientes demasiado separados. El chico, nervioso, presentía la noche que llegaba. Y estaba callado. Como de costumbre.

-¡Cobarde! – le gritó Laura-. ¡Cobarde!

Dani evitó la mirada de la chica. Tan rojo como una remolacha, clavó los ojos en el suelo. Era una estatua avergonzada, una maldita y ridícula lápida.

-¡Cobarde! -repitió Laura, con un alarido animal salpicado de saliva.

Su chica le acababa de confesar que había tenido alguna historia de amor con alguien –con otro cualquiera-. De nuevo. Dani no le conoce de nada. Le importa un bledo. Ni siquiera la misma Laura quizás, le conocería. Dani siguió con la mirada aparcada en el suelo. Viéndolo cada vez más negro. Cada vez más de noche.

-¿Por qué no reaccionas? – le gritó Laura-. ¡Di algo de una vez! Tienes las venas de corcho, o qué? Siempre estás ahí, pegado a mí. Más que un amante eres una lapa ¿Me oyes? Una lapa lamentable. Me voy. No volveré –miró solo una vez hacia atrás-. Hasta nunca.

El portazo -violento, seco- sonó como un niño desvalido; el sonido del amargo café de los perdedores. El chico ahogó como pudo el suspiro que sentía se le escapaba entre las venas. Cerró los ojos, fuertemente, y se escondió a sí mismo un último llanto.

Ahora, a esperar. Volvería. Sabía que Laura volvería. Los gritos de la chica, las paranoias, las rabietas. Hasta que al otro se le hace insoportable. Sea quien sea el otro. Entonces, Laura se daría cuenta de que estaba sola. Y volvería. Como la piedra pertinaz de Sísifo. Como un predestinado e inevitable bumerán. Y le pediría perdón.

-Quisiera que todo fuera como al principio –le rogaría Laura-. Perdona.

Otra vez.

Dani sonrió con aquellos dientes de ladrillo. Volvieron a salir los rayos de sol, de nuevo, entre los claros de las nubes negras impregnadas de ruinas. Pronto. Era pronto, otra vez, el amanecer.

Laura volvería.

¿No?


La biografía silenciosa de las lápidas

Carlos se tapó con la sábana y se quedó mirando al techo del dormitorio.

-Copérnico murió el mismo día que le llegó el libro a sus manos –le explicó a Sara-. ¡El momento en que obtuvo el libro que le otorgaría los laureles de la Historia!

Le citó la cruel ironía de las biografías. Y que nunca podemos saber dónde demonios nos va a pillar la noche.

- Copérnico cambió la historia. Pero no pudo saberlo. ¿Te das cuenta? Sara, ¿me escuchas?

Sara se dispuso a hacerle un gesto de ternura, ofreciéndole un medio abrazo. No era por Carlos. Carlos no la tocaba. Ni siquiera cuando la tocaba. Pero aquella mañana el hijo del panadero temblando, cuando aquel joven se la quedó mirando.

-Qué guapa eres –se le escapó, entre sus sudores de juventud.

EL chico no dijo nada más. Sara en cambio se lo leyó en los ojos. Por eso abrazó a Carlos. Porque sintió que todavía lo sentía. Porque estaba viva. Y, quizás, anhelando el amor de un extraño.

Carlos se quitó de encima a su esposa.

-¿No me has oído, Sara? Murió el mismo día. El mismo día que le llegó el libro. Qué cruel, Dios mío.

Se quedaron dormidos.

Al despertar, Carlos estiró el brazo. Se sorprendió, al notar que el otro lado de la cama estaba vacío. La llamó. La buscó por toda la casa. Sara no estaba. Aún más le sorprendió a Carlos el trozo mudo de papel puesto sobre la mesa de la cocina. «Quiero el divorcio», gritaba la nota. «Es definitivo».

Carlos cayó sobre la silla, fosilizado. Se abrazó así mismo. Era algo frío.

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