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Narrativa

1995 | Alberdania

ONCE ROSAS

No han pasado ni dos años desde que llegué a esta casa y estaba fuera, en un curso, cuando ocurrió lo de Laura. Tan pronto lo supe volví y encontré una carta en el buzón: era de ella.

Vivían en el cuarto. Yo en el quinto.

Tuve la suerte de conocer a Laura. Nunca hablé con su marido, pero sí que más de una vez me lo encontré. No sabía que éramos vecinos. No tiene mucha costumbre de mirar a la gente de alrededor, del mismo modo que la mayoría que están acostumbrados a sentir las miradas de los demás sobre sí mismos. Ser un arquitecto famoso todavía tiene importancia en esta ciudad. Sobre todo entre los arquitectos famosos.

Laura era diferente. No era arquitecto. Era escritora. Hacían una pareja magnífica y si no hubiera conocido a Laura, habría asumido que eran una pareja que tenía todo lo que uno podría tener en el mundo.

Como todos los demás.

Pero, por coincidencia, la conocí.

Sólo hay un modo de decirlo. Pasé tres meses esperando conseguir una coincidencia. Al final, visto que no aparecía, yo mismo tuve que ir en busca de la coincidencia. Donde hubiera una presentación de libro, allí aparecía yo, con cara de despistado. Firma de ejemplares de cuatro a cinco en tal librería, yo, a las cuatro y media, justo en el mismo local buscando con urgencia un libro de recetas, deseando cruzar la mirada con la de Laura. Y, de paso, ya que estaba allí, compraría su libro.


Una vez, iba a impartir una conferencia en la casa de cultura, y aunque estaba más que claro que Laura estaba rodeada de gente, me acerqué, y haciéndome el ignorante, le pregunté si era ella la famosa arqueóloga que había venido de Inglaterra y a qué hora iba a hacer su lectura. Se puso a reír y a pesar de que para entonces habría jurado que mi cara se le hacía familiar, me contestó que no, que sus investigaciones las hacía entre papeles, y que no era de tan lejos. Entonces se presentó por primera vez, y yo hice lo mismo, con un simple "soy Oscar". Seguí la conferencia palabra por palabra y cuando finalizó me marché a pesar de haber notado que me buscaba entre la multitud.

Pero no muy lejos. Me quedé frente a la sala para saber adónde irían a cenar, y una vez que conseguí aquella información, me tiré cuatro horas frente al restaurante, esperando a ver cuándo salía Laura y todos aquellos pobres infelices que disfrutaban a su lado. Cuando hicieron el gesto de levantarse de la mesa, salí a la lluvia y entré en el restaurante, preguntado si había dejado allí el paraguas el día anterior. Me conoció enseguida y empezó a reírse a carcajadas, diciendo que la coincidencia nos quería reunir. Los otros, claro está, no entendían nada, y Laura, por vez primera, me dijo que me llevaría a casa si quería, que tenía el coche en la puerta. Yo, muerto de vergüenza, le dije que no. Hasta me resbalé. Es una buena estrategia la de la vergüenza.


Un par de semanas más tarde, una vez que Laura debía dar una conferencia en la universidad, entré en la clase donde estaba hablando, me puse las gafas en la punta de la nariz, me despeiné un poco el pelo y dije lo más alto que pude "perdón, no me acordaba que tenía clase ahora". Diría que aquella conferencia se tuvo que suspender, pues no había forma de silenciar aquellas carcajadas y jaleo, a pesar de que se hacían ante Laura, la ponente de honor. Y si quería que me perdonara, me dijo que tenía que invitarla a un café, mientras los alumnos silbaban y se burlaban.

Al entrar a la cafetería, dejé caer el montón de libros y carpetas que llevaba en las manos. Laura se agachó para poder contener la risa.

-Mi abuela decía que cuando se te cae algo de la mano es porque alguien se acuerda de ti –le expliqué como buenamente pude.

-¡Si algo se caía delante de nuestro abuelo nos decía "has perdido el jornal"! –me contestó Laura.

Por coincidencia, Laura recogió el libro que ella misma había escrito:

-¡Qué coincidencia! –le dije- ¡Un alumno me lo ha regalado hoy mismo! Tanta coincidencia la tenía maravillada. A decir verdad, los trucos de la coincidencia no son míos. Uno que me quería demostrar que no existían me los enseñó. Pero por entonces Laura no había aprendido esa lección, y creía ciegamente en la coincidencia.

Fue increíble, una vez más –entonces no nos reunió la coincidencia, sino una llamada de teléfono-, aquel día se le metió en el cráneo que me llevaría a casa. Sabía, que ocurriría antes si no era después, pero no tenía intención de forzar la coincidencia. Tras muchos ruegos, lo acepté. Que cogiera el volante, que yo le diría adónde ir.

Ahora a la izquierda, dos calles más allá a la derecha, sigue por aquí, ahí tienes el stop, cuidado con esos que salen por la derecha... y yo cuanto más hablaba, Laura se quedaba más callada. Cuando llegamos al portal de casa, estaba enfadada: "¿qué clase de broma es esta?" me dijo. Le mostré la cara de idiota que tantas veces había ensayado, qué tipo de problema tenía pues aquella casa... Más aún, que por fuera no era para tanto, pero que por dentro estaba rehabilitada y que sentía si no le gustaba, pero si quería subir...

Entonces se dio cuenta de nuevo del poder que tenía la coincidencia, y rompió su enfado con aquella maravillosa carcajada, como cuando los niños pequeños no pueden guardar un secreto muy grande "¡no te lo vas a creer!", repitiéndolo una y dos veces.

Una niña, eso es. Me pareció que estaba engañando a una niña pequeña, cuando cogido de la mano, y a la carrera me llevó hasta el cuarto piso, para confesar todo orgulloso "yo vivo aquí". Estuve tentado de decir que ya lo sabía, que sabía mucho sobre ella, que tenía una carpeta roja llena de fotos suyas, que compraba dos o tres ejemplares de cada nuevo libro que publicaba para tenerlos a mano en varios lugares de la casa... pero para entonces estaba muy colgado, y tenía miedo, de que si le aclarara todos los misterios creados por la coincidencia, antes de que lo nuestro siquiera empezara, habría acabado definitivamente, y de que volviéramos a ser simples vecinos.

Por eso seguí en mi papel.

Fue cada vez más fácil, además, porque de un piso a otro no hay más que treinta y seis escaleras, y porque tanto yo como Laura, normalmente, trabajamos en casa. Trabajábamos.

Tan sólo debía bajar treinta y seis escaleras para hablar con su marido. Treinta y seis escaleras para saber qué demonios había ocurrido. Treinta y seis escaleras para aclarar qué la había empujado a asesinar lo que había estado vivo, escribiendo te quiero en un trozo de papel y sin decir adiós.

Dos meses me costó bajar aquellas treinta y seis escaleras. Totalmente en vano. Su marido, Ricardo, no me abrió la puerta.

Por eso no me conoció el día que nos encontramos frente a frente en el cementerio.

Llovía con ganas aquel día. Y no era coincidencia. Elegí aquel día porque llovía a cántaros. Ricardo, el viudo de Laura, parecía no poder darse cuenta de que llovía con fuerza. Sentado sobre la lápida de la tumba, con la mirada hacia la puerta del cementerio, mirando a la nada, para cuando aparecí estaba empapado. Hice el gesto de retirarme pero no pude porque me preguntó desde lejos.

-¿Por qué once? - me preguntó lentamente, melancólico. No sabía de qué hablaba no sabía a qué se refería.

-¿Por qué once? ¿Por qué once? – repitió la pregunta como los maníacos, rápido y comiéndose las palabras.

-Perdona, no sé qué quieres decirme.

Me enseñó las flores. Rosas. Rojas. Recién puestas. Había once.

-¿Por qué once? -llorando.

-No sé, ¿lo sabes tú?

-Si lo supiera, no te lo preguntaría.

-¿Y qué quiere decir que sean once? –a mí también me picó la curiosidad.

-Que no son doce. Siempre son doce. O media docena, o sólo una.

-Bueno, no tiene por qué ser siempre así, ¿no?

-Era mi esposa. Laura. Mira, ahí lo pone.

Me quedé mirando a la lápida, sin poder quitarme de la cabeza aquel nombre que tanto amaba. Decidí hablar antes de que aparecieran las lágrimas.

-Era joven.

-Sí.

-¿Qué ocurrió?

-Murió.

-Sí, claro.

-Y a diario, alguien le lleva once rosas. Todos los días.

-Alguien que la quería.

-El chico de la floristería.

Cumpliendo órdenes. Alguien pagó las rosas de seis meses por adelantado: once, todos los días. Para Laura.

-Si hubiera doce, no me habría dado cuenta, ¿comprendes? - Ricardo estaba fuera de sus casillas-. Tampoco me di cuenta de que eran once. El vigilante me dijo: "Perdone la atrevimiento, ¿Por qué once?" y entonces me di cuenta. Once. No doce.

-¿Y no saben en la floristería quién las pagó?

-No. "El negocio es el negocio – dijo Ricardo imitando la voz del dueño de la floristería-. A mí me lo mandaron hacer así, y así las envío. A diario. Oye, el negocio es el negocio, y yo no hago preguntas. Sobre todo, cuando el cliente paga".

-Algún amigo quizás... .

-He hablado con todos. Nadie sabe nada.

Estaba hecho polvo.

-Si la hubieras conocido...

-Bueno, mejor si nos vamos de aquí. No tiene pinta de escampar.

-Once rosas...

-Alguna coincidencia, quizás...

Se enfadó conmigo.

-Una vez podría ser coincidencia, la segunda nunca es coincidencia.

-Es coincidencia si la coincidencia aparece más de una vez. Lo que ocurre una vez no es más que eso, algo que sucede una vez.

- Efectivamente, que la coincidencia no existe.

- O que todo es coincidencia. ¡Vamos, hombre!, estás empapado.

No me hizo caso. De repente se le iluminó la cara, como si le hubiera llegado una idea excelente. Le noté una especie de sonrisa en los labios. Al poco, se volvió a poner serio de nuevo.

- Tú no estás aquí por coincidencia – me dijo serio.

- No –le respondí.

- Era maravillosa, ¿no? –Ambos sabemos a quién te refieres.

-Sí.

- ¿Por qué once?

-Yo no las envío.

No me preguntó nada más. No me preguntó nada más. Le ayudé a levantarse de la losa y con paso lento nos dirigimos a la puerta del cementerio. Ricardo por delante, yo detrás.

-Sería demasiada coincidencia toparte frente a frente con quien te las trae, ¿no te parece?

-Sí, así lo creo yo.

Fuimos juntos hasta casa. Me agradeció encarecidamente que la acompañara. No le dije que éramos vecinos. Sería una coincidencia demasiado grande que cualquier día nos encontráramos en la escalera, porque, entre otras cosas, había empezado a volver a sus costumbres de siempre y porque sé perfectamente su horario de cada día. Además, antes que tarde, me voy a poner a buscar otra casa. No puedo resignarme en esta, sabiendo que la coincidencia no me pondrá más al lado de Laura.
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