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Antton Irusta Zamalloa > Extractos

Narrativa

La leyenda de Edurne |

Hace tiempo, conocí una chica que estudiaba Historia. Le gustaban mucho los bosques y los caseríos. Se llamaba Nuria. Tenía que hacer un trabajo de investigación para la Universidad. Le tenía que hacer unas fotos al Castillo Maldito, el cual estaba encima de una gran roca en los Pirineos.

Al mediodía llegamos al cruce del Castillo maldito. Comimos sobre una campa llena de flores blancas y azules. Me tumbé entre las flores y enseguida me quedé dormido, mientras mi amiga Nuria recogía alguna de esas maravillosas flores.

Por sorpresa, empezó a nevar copiosamente.

Sorprendidos, volvimos al hostal donde habíamos alquilado la habitación.

La mujer del lugar nos dijo con asombro:

-¿Pero de dónde venís así, tan empapados? ¿Qué os ha ocurrido?

-No lo sabemos. Estábamos abrasados por el sol en aquella campa, y de repente se ha puesto a nevar después de la hora de comer.

-No es algo fuera de lo común; cuando vienen forasteros, a menudo se pone a nevar. En algo que viene de tiempo atrás, concretamente, la historia de Edurne. Quizás os la cuente el abuelo.

Tras decir que sí nos llevó donde el abuelo al lado del cálido fuego.

-Abuelo, ¿les puedes contar a estos jóvenes la historia de Edurne?

-¡Claro que sí! Y gustosamente además.

Como estábamos empapados y muertos de frío, nos pusimos al lado del fuego, alrededor del abuelo, ansiosos de escuchar la historia.

"Hace ahora unos mil años, los que habitaban esas llanuras que hoy conocéis como Cataluña vivían en una situación penosa y tuvieron que huir hacia los montes. Entre ellos había granjeros, carboneros, artesanos y labradores. Entre ellos se encontraba un viejo y fuerte soldado: le llamaban Hugo el viejo.

Por orden de Hugo el viejo se construyó el castillo maldito en esa llanura.

El viejo Hugo era salvaje, fuerte y ladrón. La gente le temía, pero como era tan viejo, se murió en un lluvioso día. Hugo tenía una hija, Maranka, hermosa y esbelta. Al morir su padre, ella tomó el poder.

Una vez, yendo con sus guerreros por el bosque, la negra noche se les vino encima y fueron a una cabaña de sus tierras en busca de refugio.

Era un lugar desconocido para ellos y, tras bajar del caballo, entraron inmediatamente en la cabaña. Cuando pasó al lado del pastor, Maranka miró fijamente al chico y quedó encantada de su belleza.

Maranka se enamoró de ese pastor.

Maranka quiso volver donde el pastor pero en esta ocasión ella sola. Estando cazando, se pedió de nuevo en el bosque. Llegó a la cabaña entrada la noche y tras descabalgar del caballo, se metió rápidamente.

-Señora, ¿Cómo usted por aquí? –preguntó sorprendido el pastor al ver a Maranka.

-Mira, estoy perdida y quisiera pasar aquí la noche, a tu lado.

-¿Adónde vas? –le preguntó Maranka.

-Voy fuera a pasar la noche.

-¡Ni pensarlo! –Te ordeno que te quedes aquí conmigo.

-¿Aquí dentro? ¿Contigo, señora?

-Sí, sí. Quiero que te quedes aquí.

El pastor llamado Arnau fue a un rincón de la cabaña y se sentó allí. Mientras Maranka se acercó a un lado de la cama y empezó a desvestirse prenda a prenda, poco a poco, hasta quedarse desnuda. Entonces se acercó donde el pastor y le empezó a acariciar. El pastor, levantándose de un salto, le dijo:

-Señora, ¿es esto es lo que quería?

-¡Claro que sí! ¡Te quiero para siempre! –le respondió Maranka.

Tan pronto escuchó esas palabras, el pastor salió corriendo. Entonces, Maranka sintió un odio visceral hacia él. ¿Cómo podía haberle hecho semejante desprecio el pastor?

Se vistió inmediatamente, se subió al caballo y se dirigió hacia el castillo mientras pensaba cómo vengarse por haber recibido semejante afrenta. Al poco tiempo, supo que Arnau estaba enamorado de una chica joven. La chica se llamaba Edurne, porque tenía la piel blanca como la nieve; tenía el pelo de color oro, y los ojos claros. Todos la gente de los alrededores sabían que Edurne y Arnau estaban enamorados.

Maranka dio una orden estricta a un lacayo de su confianza. Encontrar a Edurne, matarla y dejar su cuerpo frente a la cabaña del pastor. Asó lo hizo el lacayo. Al poco cumplió la orden y dejó a Edurne, muerta, frente a la cabaña de Arnau.

Cuando Arnau salió de la cabaña y vio a Edurne en el suelo, no podía creer que fuera real. ¿Quién la había matado? Era obra de Maranka, sin duda.

Se dirigió a toda prisa al castillo cuando vio a Maranka:

- ¡Mátame, mátame! – le pidió el joven pastor a Maranka-. No podría vivir sin Edurne!

- Eso es lo que quería oír y eso es lo que quería hacerte sentir.

Arnau, enloquecido, cogió a Edurne en brazos y salió corriendo. Pasó siete días y siete noches son rumbo, tropezando y levantándose; al séptimo día llegó a un campo verde y allí encontró una anciana.

La anciana le dijo lo siguiente:

-Arnau, ¿dónde vas con Edurne dormida en brazos?

-Calla, que la han matado, la ha matado Maranka.

-No es así, mírala bien –le dijo la anciana-. Soy la madrina de Edurne y la he dado cobijo. Edurne está dormida.

Arnau miró a Edurne y se dio cuenta de inmediato de que tenía las mejillas coloradas.

-Está dormida –le dijo la anciana-, pero ha de ser un sueño de mil años. Ha sido la única forma de proteger a Edurne.

-¡Mil años!, Mil años son muchos. ¿Qué voy a hacer yo sin Edurne? ¿Cómo voy a vivir sin su amor?

-Eres joven –le dijo la anciana-. Encontrarás a otra a quien amar. Hay más flores en el mundo.

Arnau lloraba desconsolado. Le decía una y otra vez a la anciana que no podría vivir sin Edurne; como la anciana tenía grandes poderes, durmió a Arnau junto con Edurne y convirtió a ambos en una flor, una azul y otra blanca.

Maranka tenía espías por todos lados y uno de estos le había contado que la anciana había convertido a Arnau en una flor azul y a Edurne en una flor blanca.

Maranka dio inmediatamente la orden a sus soldados de encontrar una flor blanca y otra azul en los verdes campos y de arrancarlas.

Los soldados registraron todos los campos y en una de esas cuando un soldado dijo "están aquí", todo el campo se llenó de flores azules y blancas.
Los soldados por el contrario, volvieron al campo verde de flores blancas y azules. Nada más entrar en el campo, empezó a nevar copiosamente y en un santiamén el campo quedó completamente blanco. Maranka pensó que debía de tratarse de un hechizo, y cuando supo que sería de mil años, desistió de su pretensión.

Pasaron muchos años. Vino una peste terrible y, de nuevo, la gente del valle buscó cobijo en la montaña. Algunos habitantes llegaron al campo de flores blancas y azules. Encontraron a la anciana en ese campo.

-Si asumís la responsabilidad de cuidar esas flores, os daré a cambio animales de granja y semillas. La única condición es que cuidéis esas flores y que no dejéis a nadie que las corte.

Entonces el abuelo dijo lo siguiente:

-Nosotros somos los descendientes de los que fueron a aquellos montes y ese castillo maldito que queréis visitar es el castillo de Maranka, construido y perpetuado por ella. Desde hace tiempo, cuando se acercan forasteros, cuando se meten en el campo de flores blancas y azules, nieva.

Yo mismo dormí a pierna suelta pues me quedé tranquilo con el relato, pero mi amiga Nuria se pasó la noche dando vueltas, nerviosa, sin poder conciliar el sueño.

Al levantarse a la mañana siguiente Nuria tenía unas ojeras descomunales y no sacaba las manos de los bolsillos.

-¿Dónde está el abuelo?

-Se ha levantado temprano y ha ido al campo; siempre está así, examinando las flores.

Luego, cuando fuimos al Castillo maldito, Nuria me dijo:

-Escucha Antton, esa historia me ha dejado preocupada.

-Sí, me he dado cuenta –le dije-. No has dormido. Tienes mala cara.

-Mira, ayer al mediodía, mientras tú dormías estuve recogiendo flores.

Sacó la mano de los pantalones y cuando abrió el puño cerrado me he enseñó una flor blanca y otra azul.

-¿Y si son ellos? ¿Si son Edurne y Arnau, qué?

-¡Eso no son más que historias!, No te lo creerás todo, ¿no?

A decir verdad, no llegamos al castillo y marchamos de aquel lugar. Nos pusimos nerviosos y preocupados. Ni yo mismo he contado casi nunca aquella historia. Hace ya años que la conté y todavía dudo de si son Edurne y Arnau los que están en la caja de casa.
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