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Euskal Idazleen Elkartea

Ana Urkiza Ibaibarriaga > Extractos

Narrativa

2000 | Elkarlanean

<6>Ispilu aurrean (Frente al espejo, Desira izoztuak, Elkarlanean, 2000)

Cuando el despertador hizo su habitual llamada cansina y aburrida, Elena se sintió atrapada entre las sábanas.

-¡Otro día!

Fernando no se despertó. O se hacía el dormido. Le daba la espalda, como si hubiera despreciado la llegada de un nuevo día. Elena tenía que ir a trabajar, aunque tan solo fuera por saludar un nuevo día y tener los pies en la tierra. Fernando no quiso enfrentarse con nada, tapaba la realidad con su espalda despreocupada, la falta de amor, el odio e indiferencia que había ido construyendo durante los meses anteriores.

Se levantó de la cama y Elena sintió el pantalón del pijama colgando, dando la impresión de que había pasado la toda la noche forcejeando contra algo que ella no quería. Bajo los ojos tenía unas profundas y oscuras bolsas, como si hubiera guardado el recordatorio de todas las lágrimas derramadas la noche anterior. El pelo totalmente aplastado, sin cuerpo, la cara pálida, triste.

En la ducha, abrió el grifo del agua caliente. Fernando seguía en la cama, sin hacer movimiento alguno. El agua caliente no llegaba y entonces recordó que la noche anterior se habían quedado sin butano. Pensando que bebiendo leche fría sería suficiente, cerró el grifo de la ducha, se recogió el pelo en un pequeño moño y se limpió la cara con agua fría. Tras mojarse con la esponja las axilas y entre los muslos y de echarse un montón de desodorante, se sintió renovada, como si la esponja hubiera recogido los últimos rayos exhaustos de una posible relación de amor, que había acabado la pasada noche.

Al volver a la habitación, se entretuvo limpiando de cabellos el cepillo del tocador, mecánicamente, porque le gustaba a Fernando y porque lo hacía a diario.

Se miró al espejo un instante, miró a la mujer que se le aparecía frente a ella, y desde allí, miró la espalda de Fernando que seguía haciéndose el dormido.

Ni un movimiento.

El espejo le dijo que había conseguido las bolsas bajo los ojos e, imaginando una tímida sonrisa en los labios, se alegró algo. Se sintió aliviada. “Otro día más y todo habrá acabado”, susurraba para sí. Le envió un pequeño gesto a la mujer del otro lado del espejo, con un ligero guiñar de ojos, el cual le levantaría el ánimo durante el resto del día.

Elena llamaría tres o cuatro veces por teléfono a casa, sin éxito. Fernando no hizo caso al teléfono, o es que había salido a la calle.

Llamaría de nuevo al mediodía y dejaría un mensaje en el contestador automático:

- No vengo a casa. He de quedarme a comer con un compañero de trabajo.

El apartamento del compañero de trabajo era muy grande. Tenía dos grandes baños y antes de nada, Elena le dijo que quería darse un buen baño.

Cuando se limpió y perfumó, registró el apartamento de arriba a abajo, como si quisiera disfrutar de cada metro cuadrado. Y cuando hizo notar al apartamento de su presencia, volvió su atención a su compañero de trabajo, pidiéndole que la enseñara a perder su vergüenza y, poco a poco, y a abrirse al calor de nuevas caricias.

Amanecía cuando Elena volvió a casa. No tenía nada que perder. Fernando habría estado dormido, como siempre roncando, como si se hubiera entrenado en aniquilar la verdad, viviendo solo en su mundo y como si todo le importara un bledo.

Elena, abrió todas las puertas de la casa. La necesidad de respirar aire nuevo la golpeó.

¡En vano! Todo le parecía sucio y pequeño, todo agresivo y viejo, todo tan grasiento y resbaladizo como siempre... .

Frente al espejo del tocador, totalmente sola y con un silencio ceremonioso, revisó cómo se iba desnudando poco a poco. El espejo, le hizo el gesto de que se mirara los moratones que tenía en el cuerpo y se miró al pecho, al vientre y a los muslos, claro denunciante hoy de algunas noches sin pasión pasadas junto a Fernando. La tristeza vistió el resto. Estaba desnuda y Fernando dormido, quien no se daba cuenta de nada.

Se puso tranquilamente en el tocador, cogió el pintalabios rojo, y se lo pasó por los labios, de forma ansiosa, como quien va mordiendo trozo a trozo un pastel de fresa pero sin cesar. Le temblaban los labios y no consiguió más que pintarse un borrón rojo, en la seca cueva a merced del miedo y la vergüenza.

Las lágrimas le sorprendieron de nuevo, el mismo lamento que tenía clavado entre el corazón y el estómago durante días y semanas antes. Entre las sombrías lágrimas, aunque le entorpecían la vista era capaz de leer el mensaje más escondido del más pequeño gesto, le pareció que la mujer que se reflejaba en el espejo había cambiado de cara. Tenía una expresión de maldad, de naturaleza cruel, mirada que se viste del olor de venganza y finalidad.

Elena, dirigió las manos a sus pechos por instinto, al notar que la mujer desconocida del espejo estaba mirando, deseando proteger su intimidad.

Notó que un gran peligro la iba a atacar. Sintió que estaba sola y que nadie la iba a ayudar. En ese momento reconoció la cara del final, nadie se daría cuenta de su mala suerte.

La mujer del espejo se levantó de la silla del tocador, sacó la pistola de la bolsa y apuntó a Elena entre los ojos.

- ¡No! –se oyó un grito desgarrador.

Y disparó, huyendo camino del baño, sin ofrecerle tiempo para limpiarse entre los muslos.

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