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Aitziber Etxeberria Garro > Extractos

Narrativa

Llanto silencioso |

Llueve fuera, lluvia silenciosa, como el llanto amargo del que está sólo. Si el ama de casa de arriba no hubiera salido a colgar la ropa, ni me habría acordado.

-¡Manolo! "Por qué no has recogido la ropa si ves que está lloviendo?- su esposa está furiosa y la adrenalina le ha sacado toda la mala leche que llevaba.
-"De qué cojones me estás hablando? – la respuesta de su marido no es mucho más agradable.

Sale de la cocina, dando un fuerte golpe a la puerta y va a la sala, para ver la televisión. Allí tras pegar cuatro gritos y algún que otro taco con su hija, se hace con el mando y pone el partido de fútbol, partido amistoso España - Estonia. Esto le da la oportunidad de poder lanzar bufidos sin ver malas caras de nadie. La hija, por el contrario, va a su habitación y pone música bacalao lo más alta que puede en el radio-cassette, con intención de molestar a su padre con ese ruido.

Yo vivo en el piso de abajo, sólo y mi silencio me ha convertido en su espía. No quiero decir que me pase todo el día escuchando pero, cuando estoy en casa, habría que estar sordo para no oír todo lo que pasa arriba, porque, en efecto, parece que vivimos separados por sábanas. Lejos quedan aquellas gruesas paredes de piedra de los caseríos.

Sé a qué hora se levantan, quién va el primero al baño, quién pasa más tiempo haciendo sus necesidades, qué hace cada uno en casa, o cuál es la teleserie o el programa de televisión preferido de cada uno.

Sí, yo vivo sólo y paso bastante tiempo en casa. Vengo del trabajo a casa y, como trabajo a turnos, tengo las tardes y las mañanas libres a turnos. Cuando no trabajo paso la mayor parte del tiempo en casa. Antes, cuando salía con Naiara, pasaba mucho tiempo fuera de casa, pues siempre ardía en deseos de quedar con ella; aquella época ha pasado, ha acabado para mí. Ahora, de vez en cuando voy a dar un paseo o también al monte pero, para qué negarlo, soy un hijo de la calle y amo el asfalto, con sus coches y humos. Nunca me ha gustado ese aspecto bucólico barato del monte. No necesito subir a ninguna cima para sentirme sólo, sólo tengo que quedarme en casa y poner una de esas cintas tontas de música new age.

-¡Virginia, baja esa puta música! – su madre coge la ropa y dirige su enfado hacia la hija. La hija, en cambio, está molesta por ese segundo ataque a su intimidad.

-¡Vete a la mierda! – Oigo algunos pasos rápidos y la música todavía más alta.

Esto ha sido demasiado para su madre. Va a la habitación de su hija, apaga la radio y se pone a dar órdenes a la hija, respondiendo a los malos modos de su hija siendo aún más borde. Su madre quiere imponer respeto, pero la hija le responde que el respeto hay que ganárselo. Entonces la madre le da un tortazo a Virginia, mientras el padre grita gooooool.

No se oye nada en la habitación de Virginia, aunque esté llorando, la rabia hace que llore por dentro. La madre se va directamente a su habitación, como siempre, pues no le apetece escuchar los gritos de su marido.

El marido se acerca arrastrando la mesita que está frente al sofá para poner las pies sobre ella y sube el volumen de la televisión, para que quede claro quién manda en casa.

Basta por esta noche. Cuando acabe el partido Manolo se irá a la cama, a disfrutar del merecido descanso y, a modo de agradecimiento por la cena, le regalará a su esposa Margari sus ronquidos más sonoros.

Esta se gira hacia el otro lado y recuerda como de pequeña, en su pueblo de Extremadura, lo a gusto que comía el chorizo y el jamón tras hacer la matanza del cerdo y entonces, piensa que no tenía los problemas que ahora tiene y se le ocurrirá que en aquella época sí que era feliz y llora, llanto silencioso, como la lluvia, llanto de rabia de los que están solos.

Si fuera Mozart.

Mientras Manolo ve el partido he aprovechado para hacer las tareas de la casa. Dejo la ropa que ya está seca en una cesta del salón, detrás del sofá, para que si por casualidad alguien viniera a casa no se encontrara con ello por sorpresa. Sin embargo, me sorprendería profundamente si ocurriera algo así. Hace ya tiempo que pasó la época en la que los de la cuadrilla me llamaban para hacer o tomar algo. A decir verdad, yo tampoco he hecho gran cosa para mantener la relación con ellos. Antes de salir con Naiara me llevaba muy bien con ellos, pero en los tres años que estuve saliendo con Naiara no les hice ni caso. Aunque al principio era por compromiso, iba de vez en cuando a las cenas que organizaban pero luego, poco a poco empecé a ir cada vez menos y al final, había perdido del todo aquella relación. Naiara por el contrario, estará mucho más a gusto con su nuevo chico que conmigo y no creo que aparezca por aquí.

Llevo el cesto a la cocina y vuelco el cesto sobre la mesa. Para empezar separo la ropa interior y doblo los calzoncillos. Después estiro bien las camisetas interiores y seguidamente estas también las doblo bien. Como el resto de la ropa es obligatorio planchar, tras doblarla las llevo a una habitación que tengo medio vacía y la dejo encima de la plancha.

Como el partido ya ha acabado, Manolo apaga la tele y se va a la cama. Ahora el silencio es casi absoluto. Casi sí, porque en el piso de al lado Iosune está escuchando música, como todas las noches.

Iosune es tan cruel como joven y guapa. Se gusta, eso está a la vista y el resto, por el contrario, le gusta en la medida en que les utiliza para conseguir su agrado. Estoy seguro, que no se fijará nunca en un tipo corriente como yo.

Si supiera que conozco cada centímetro cuadrado de su cuerpo, estoy seguro de que pondría una denuncia, no por violar su intimidad, sino por gozar de aquello sin su permiso.

Apago la luz del cuarto de la plancha y voy al baño. Mi baño y el de Iosune están pegados y sé que ahora estará en la bañera, tumbada en ella, hasta arriba de espuma, con dos rodajas de pepinillos en los ojos, una máscara verde en la cara y escuchando a Mozart.

Sé todo esto porque lo veo. Antes de que ella llegara a este piso, los anteriores dueños modificaron el baño y, como les gustaban mucho las plantas, construyeron una pared falsa para colocar las plantas dentro del cuarto de baño, justamente detrás de la bañera. Supe todo esto el mismo día que alquilé la habitación. Hace más o menos unos seis meses. Naiara y yo habíamos comprado un piso y nos fuimos a vivir juntos, pero por desgracia, nos salió mal. Por tanto, cuando nuestra relación terminó vendimos el piso y decidí meterme en un alquiler.

La señora de la casa es una cotilla y al enseñarme la casa, me dio toda la información que tenía sobre los nuevos vecinos, mientras a mí me hacía un montón de preguntas. No le di demasiada información sobre mí porque no me gusta hablar de mis problemas ni con desconocidos ni con conocidos. Creo que se fue un poco mosqueada, pensando que era uno de esos tipos muermos, pero me importa un bledo. A los pocos días de establecerme allí me di cuenta de que una baldosa de la pared del baño estaba medio suelta. Aunque decidí arreglar inmediatamente aquello, fueron pasando los días sin hacer nada.

Una vez que fui al baño y me di cuenta de nuevo de que había alguien al otro lado de la habitación, empujado por la curiosidad, puse el ojo contra la pared y miré por la rendija. Lo que vi casi me deja sin aliento. Mi vecina era una mujer de bandera y estaba desnuda, para meterse en la bañera. Sé que no hago bien pero entonces decidí retrasar el arreglo para volver a disfrutar de nuevo de la emoción que sentí y así mi buena intención inicial se fue al garete. Ya sé que me he convertido en un espía asqueroso pero, la soledad me empuja a hacer cosas como esa de vez en cuando.

¡No sabe bien cuánto me gusta su desnudez! Pues al verla así, me siento tan poderoso como ella.

Iosune siempre repite el mismo ritual, entra al baño y, tras encender la luz, se queda frente al espejo y con sumo cuidado examina toda su cara.

Siempre empieza por la frente, luego vienen las cejas, párpados, pestañas y la nariz y finalmente las mejillas, los labios, la barbilla y el cuello. Tras garantizar que su belleza no se ha marchitado, se limpia la cara y con un aceite aromático se da un pequeño masaje lentamente, con dulzura.

Cuando acaba con la cara abre el grifo del agua, no antes, y mientras se llena la bañera y el baño se llena de vapor, marcha a otro sitio. Creo que a su habitación, pues vuelve solo vestida con el albornoz y el hilo musical de la casa se enciende.

En ese instante me quedo esperando con avidez, a medida que se llena la bañera mi deseo también va aumentando y, cuando entra al baño solo con el albornoz, el corazón me empieza a latir como loco.

Antes de entrar al agua, recoge su largo pelo en un especie de moño, se pone la mascarilla de la cara, echa unas sales especiales en el agua y tras meter un platito que tiene rodajas de pepinillo, lo deja en una pequeña silla que le queda a mano. Finalmente, se quita el albornoz y lo deja en un colgador que está sobre la silla.
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