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Aitor Arana Luzuriaga > Extractos

Narrativa

Cinco hermanas |

A las diez horas y diez minutos Amaia y Leire madre e hija, Garbiñe, Pilar y Ana estaban en el salón. En aquel instante no hablaban de nada, pues no se les ocurría un tema apropiado sobre el que charlar y, por tanto, tan solo se escuchaban en la habitación las palabras y frases de compromiso que se tienen que decir en esas situaciones.

Anastasio el mayordomo entró en aquella habitación en ese mismo instante, para dar aviso de algo a los allí presentes. Todas las cabezas se volvieron hacia él.

-El señor Areitioaurtena me ha pedido que les diga por favor que si su hermano Agustín no ha llegado para las diez y media, que la cena empiece sin él.

-Bueno, creo que sobreviviré hasta las diez y media -dijo Pilar, pues era ella la que más tiempo la que llevaba más tiempo espera que te espera.

Entonces la luz amarilla de un coche entró por la ventana a la sala de estar. Aquello quería decir que alguien había llegado a casa, y que estaba aparcando su coche junto al resto.

-Perdón, señoras, por favor –se disculpó Anastasio, y se dirigió al portal casi corriendo.

Todas en el salón, se quedaron mirando a la puerta que Anastasio había cerrado al salir, algunos sentados y otros de pie, pues al poco pudieron oír que el mayordomo se acercaba con alguien más, gracias al ruido de pasos que hacía el suelo de madera al andar sobre él. Además, escasamente un minuto antes habían visto apagar las luces de un coche que acababa de llegar. Cuando Anastasio abrió de nuevo la puerta del salón, las cuatro hermanas y Leire esperaban ver entrar a Agustín, pero, en su lugar, entró una mujer joven que no llegaba a los cuarenta años. Vestía calcetines finos de lana, de color carne, y un vestido de color morado claro. Por encima del mismo vestía una chaqueta vaquera. Llevaba su largo pelo rizado, bien peinado hacia atrás.

-¡Buenas noches, chicas! –saludó la recién llegada, nerviosa y sonriente-. Cuánto tiempo, ¿no? Por favor, perdonadme que haya venido tarde. Veo que estabais todas esperándome, y de veras que lo siento. Venía con tiempo, pero esta maldita lluvia me ha retrasado viniendo desde Aizpuru. ¿Sabéis que el riachuelo de ese puente horrible casi se ha desbordado y que hay un charco enorme en el camino? ¡Casi se me lleva con el coche!

A la joven mujer se la notaba nerviosa por el modo tan rápido en que hablaba, seguramente, porque la situación en la que se encontraba no era muy habitual para ella.

-Perdona, pero... –dijo Pilar, mientras se ponía de pie-. ¿Quién eres tú?

-Tanto tiempo sin vernos y ahora no me conocéis. Soy Agustina.

-¿Agustina? –le pregunta Garbiñe-. ¿La novia de Agustín?

-No, no –la voz se le calmó a Agustina-. Soy Agustina... vuestra hermana. Vuestro hermano de antes Agustín ya no existe.

Comparado con el que se hizo tras las palabras de Agustina, el silencio del cementerio es una alegre fiesta.

-Perdón, por favor –rogó Anastasio un poco más tarde, tras carraspear-. Voy a decir a la criada que sirva la cena. Por favor, vengan, cuando quieran al comedor.

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La criada era una señora delgada de unos sesenta años, de pelo negro y viuda. Era muda y se llamaba Nati. Llevaba puesto un vestido de rayas azules y blancas y un delantal blanco. En absoluto silencio fue sirviendo los entrantes de la cena: croquetas, langostinos, jamón, espárragos y foie-gras. En medio de la mesa, había dos hermosas ensaladeras con dos aún más hermosas ensaladas, para que cualquiera se sirviera a su gusto. A Leire se le notó de inmediato que le gustaba mucho los langostinos, pues su plato se llenó enseguida de pieles de este marisco. Al lado de la muchacha Garbiñe estaba sentada a la derecha y, a la izquierda por el contrario, Amaia. Enfrente de estas tres, estaban Pilar y Ana, con los brazos extendidos como para disponerse a comer. Y, finalmente, Agustina estaba sentada en uno de las dos extremos de la mesa, teniendo Amaia a la derecha y a Pilar a la izquierda. La mesa era ancha, y opulenta, y tenía sitio para poner tranquilamente platos para otras dos personas; los platos de los abuelos de Leire concretamente. Pero los dos sitios estaban vacíos y las cinco hermanas, las utilizaban para dejar el pan o las de vino.

Al igual que en el salón, el fuego de abajo también estaba encendido en el comedor y, mientras fuera llovía a cántaros, las invitadas de la casa Aizpeberri estaban en un ambiente agradable. Anastasio siempre andaba cerca ocurriéndosele tareas por hacer y, de vez en cuando, dando a Nati alguna orden en voz baja. Aunque ni se le ocurría entrar en la misma, el mayordomo pudo escuchar en su totalidad la conversación entre las hijas y la nieta del señor Areitioaurtena, pues casi siempre rondaba cerca de la mesa. La conversación tuvo dos ejes principales al principio de la cena: por un lado que sus padres no estuvieran entre los familiares, y, por otro, hasta entonces había sido Agustín, había que verlo y empezar a tratar como Agustina a partir de entonces.

-Papá no ha cambiado en absoluto y no esperaba otra cosa –dijo Ana cuando empezaron a cenar-. Nos ha tenido aquí esperando hasta las diez, estando él en casa todo el rato pero sin aparecer, y ahora, aparte de tener la desvergüenza de no venir a la mesa, no le deja a nuestra pobre madre cenar con nosotras. Siempre ha sido así de cabrón e insensato.

-¿Crees tú que mamá no está aquí porque papá no le deja? – le preguntó Agustina a Ana.

-¿Y tú te crees, guapita, que mamá ha hecho alguna vez algo sin el premiso del viejo? Ha tenido suficiente con eso y con tener que estar tantas veces en el hospital – dice Ana, a modo de respuesta.

Antes de empezar a cenar, Anastasio hizo saber lo que su padre había ordenado: que efectivamente, aparecería con su madre a tomar el café con ellas. Que así sería.

-¿Y tú qué? –se dirigió Pilar a Agustina-. Estoy segura, de que sea lo que sea lo que el viejo ha de decirnos, no será mayor que la sorpresa que tenías guardada. Tomas hormonas, ¿no?

-¿Te han hecho una operación de sexo? -intercaló Ana ansiosamente, antes incluso de escuchar la respuesta de Pilar.

Antes de decir nada, Agustina masticó la ensalada que tenía en la boca y la tragó. Seguidamente habló para todas con voz firme:

-Todas nos fuimos de casa huyendo de nuestro padre, tan rápido como pudimos.

Ni siquiera por nuestra pobre madre nos quedamos en casa. Eso, aunque se diga en pocas palabras, quiere decir mucho, y las penas y esfuerzos que cada una de nosotras ha tenido que soportar y sobrellevar, tan solo lo sabe cada una. No hemos sabido unas de otras durante años, y no hemos intentado demasiado continuar con la relación. Clara prueba de lo que le digo, es que de nosotras solo Garbiñe conocía a Leire hasta hoy - Agustina hizo una pausa y bebió un poco de agua, para seguir hablando con ese tono calmado pero firme-. Por tanto, mis queridas hermana y sobrina, os propongo que en adelante sigamos como hasta ahora. Os quiero decir alto y claro que he tenido hasta el mediodía un montón de dudas sobre si venir hoy o no para venir aquí, pues decidí no venir tan pronto recibí la curiosa carta de papá. Tras escuchar lo que nos tenga que decir, me iré por el mismo camino que he venido. Os digo de verdad que no quiero nada de unos padres que se olvidaron tan rápido de mí.

-Tienes toda la razón, tía –le dijo Leire-. Si yo fuera tú, haría lo mismo.

- Muchas gracias, Leire. Eres la primera persona que me llama "tía", y de veras que eso es música para mí.

Agustina habló sonriente a Leire, pero se le borró la sonrisa, cuando habló a sus hermanas mayores Pilar y Ana:

-Y vosotras, par de víboras...

-¿Víboras nosotras? – Ana casi dio un salto en la silla, al hacer esa pregunta a gritos a Agustina.

-Sí, sí; víboras vosotras dos. No me vengáis ahora fingiendo. Todos los que estamos aquí sabemos que no sois hermanas ejemplares, y cómo os portasteis conmigo y, especialmente, con Amaia y con Garbiñe cuando mamá tuvo que pasar aquellas largas temporadas en el hospital mientras éramos pequeñas. Pero dejémonos de asuntos del pasado, y centrémonos en los nuevos. Os quería decir que las preguntas que me habéis hecho hace poco son de las que se hacen a las yeguas y a las mulas. Si os parece bien la cuestión de las hormonas y la operación la vamos a dejar para los que están enfermos. Yo, gracias a Dios, estoy perfectamente de salud, y ahora, además, más a gusto que nunca conmigo misma.

Las gemelas Pilar y Ana no se atrevieron a decir nada en aquel instante.
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