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Euskal Idazleen Elkartea

Abelin Linazisoro Azkue > Extractos

Narrativa

1995 | Susa

"Aquel primer verano en que conocí a Axun se me hizo tan normal como cualquier otro verano. La muchacha de aquella familia que venía de Bilbao era un año más joven que yo y me parecía bastante alocada, sobre todo porque se hizo amiga de una cuadrilla de chicas que eran unas cabezas de chorlito. ¡Las más alocadas y tontas del pueblo! Y si eso era poco, ¡encima de familias franquistas! Al acabar ese verano, el matrimonio de veraneantes se quedó tan satisfecho que pidieron a mi madre que les guardáramos la casa para el año siguiente. Mi madre, tras consultar con mi padre, les dijo que sí. ¡Y contenta además! ¡Pues aparte del dinero acordado por el mes le dieron una generosa propina!

En los dos veranos siguientes seguí con mi modo de vida habitual: salir de la fábrica y si hacía buen tiempo ir a la playa, los días nublados me quedaba leyendo en casa, de vez en cuando al cine por la tarde o por la noche, los jueves con la cuadrilla a jugar a cartas haciéndonos los hombres con café, copas, puro... Casi todos los sábados nos corríamos una juerga de campeonato, llegando siempre borrachos a casa, los domingos a la plaza a bailar, o a arrimarse, o a que nos dieran calabazas, es decir, a que nos dijeran que no, y en lo que respecta a nuestra historia, si no me hubiera dado cuenta de varias diferencias, me habría resultado tan común como el primer verano.

¿Diferencia? La que vi en Axun. Me di cuenta, por ejemplo, que sabía muchas viejas canciones en euskera y que cantaba muy bien. Durante toda la semana trabajaba en Bilbao y los fines de semana venía a nuestra casa una vez Gabriel de la casa Txistu Txiki, el padre de Axun, tras hablar con el nuestro decidieron que comerían con nosotros aunque solo fuera una vez por semana, que era mejor para todos. Entre semana, claro está, las horas de las comidas para los veraneantes y para nosotros eran diferentes. Por tanto, aquella comida que hacíamos juntos los domingos creó un vínculo entre las dos familias, sobre todo cuando se celebraba el cumpleaños de alguien. En las sobremesas de aquellos días tras tomar postre, café y puro nos poníamos a cantar. Nuestros dos viejos, el nuestro y el de Axun, eran unos cantarines natos, bueno, las dos familias éramos de cantar, por tanto, disfrutábamos mucho en aquellos días. Y especialmente me sorprendió la forma en que Axun cantaba. ¡Aquella chica que cantaba tan bien y con tanto sentimiento las canciones vascas no podía ser tonta! La empecé a mirar de otra manera. Empujado por la curiosidad, un día le registré la mesita de noche del su dormitorio."

-Tú ya estabas celoso, Pedro -dijo la joven Axun con ojos bailarines.

-No, no. Todavía me parecía que estaba alocada y...

-Sin que tú lo supieras, inconscientemente, estaban celosos.

-Bueno, quizás sí. Pero era algo todavía sin importancia.

"Su novio era estudiante de ingeniería. Tres o cuatro años mayor que Axun, y todos los años, al parecer, se iba a pasar el verano a un pequeño pueblo de Santander. Aquel chico iba a ser ingeniero, pero aquellas cartas no mostraban demasiada madurez: No puedo vivir sin ti. Me aburro hasta en los guateques que organizan mis amigos. Te quiero demasiado para estar tan lejos de ti, etcétera. Dicho de otra manera: Un plasta. Poco a poco empecé a comprender la postura que tenía Axun hacia los chicos del pueblo. Pues baila con todos los chicos como si no tuviera novio. ¡Normal comportarse así, qué demonios! Y... ¿si no estaba enamorada de aquel chico? ¿No sería, pues, algún arreglo entre familias? Empecé a hacerme preguntas como esas.

Pero tuve la oportunidad de conocer aquel novio. En aquel verano y en el siguiente, en agosto, venía donde la novia para una semana y en ocasiones les veía juntos, y parecía que se llevaban bien. El chico aparentaba ser un señorito y bastante pobrecillo, al menos en apariencia. Se llamaba José Antonio Larrauri. De familia bilbaína. En aquellos dos veranos, hacia la mitad de septiembre, cuando la Axun y su familia estaban para volver a Bilbao, el chico vino en busca de su novia y los dos juntos, solos, se marcharon... Así pues, hemos llegado al cuarto verano... Al del comienzo de mi historia de amor."

-No hacía falta que lo dijeras, Pedro, -dulcemente la joven Axun- Si tu historia de amor hubiera acabado bien, tú no estarías aquí contándome tu historia y la de tu esposa, ¿no? Además, parece que las que no acaban bien son más románticas.

-Dejando a un lado si ha sido un final bueno o malo, yo no estaría tan ante ti tan, tan... ¿Cómo lo diría? Tan sensible o emocionado o... no sé cómo decirlo, si no me sintiera tan tocado, y tu cara, tu sonrisa y, quizás, tu carácter no revivió un viejo amor en mí.

Tras decir esto Pedro se queda callado, como si quisiera sumergirse en aquellos hermosos ojos de la mujer que tiene ante sí. En un instante la joven Axun también siente una fuerza cariñosa y cálida.

"Aquel verano se me hizo muy especial. También en la fábrica por primera vez empezamos a trabajar en jornada intensiva de tres meses. Desde las siete de la mañana a la dos y media del mediodía. Por tanto, por las tardes estaba libre. Pero lo que era especial de ese verano lo veía en Axun. Más mujer, más hecha, más trabajadora en casa, ya sin pájaros en la cabeza y me parecía más preocupada. Durante los primeros días cada uno seguimos con nuestro modo de vida habitual. Con una clara diferencia: Axun ya no salía con su grupo de amigos de costumbre y se quedaba en casa leyendo casi todas las tardes.

Así pues, un día que iba a la playa le pregunté a ver si se había enfadado con sus amigos. La respuesta me dejó de piedra: Que les resultaba demasiado tontos y que le aburría estar con ellos. Eran más tontas que Picio. Pero mientras Axun me daba esa respuesta, me di cuenta de que algo me estaba pidiendo con su mirada, como si me estuviera pidiendo ayuda.

Como al día siguiente también hacía bueno, tras estar hasta las cuatro y media leyendo, me empecé a preparar para ir a la playa. Me vestí por debajo el traje de baño, la toalla a la espalda, me metí la funda de las gafas en el bolsillo izquierdo y al coger de encima de la mesa que estaba leyendo, me topé de frente con la cara de quien estaba allí sentada. ¿A la playa? Me preguntó. Sí, le respondí. Me pareció ver la mirada que puso el día anterior, pero aún más acentuada.

-Estoy sola – me soltó.

-¿Qué?

-Me siento muy sola.

En silencio, desconcertado, como cuando de niño me pillaban haciendo alguna trastada, me quedé sin saber qué responder. Se me hizo largo aquel corto instante, y sin saber todavía qué contestar, le dije:

-¿Quieres que...?

-¡Sí! Llévame a la playa.

De improviso me vi con aquella joven y hermosa chica. ¡Me parecía mentira! Incapaz de poner mi más dulce sonrisa, le respondí, de acuerdo, vamos, pues, el rostro de Axun se iluminó. En aquel preciso instante me di cuenta de lo bonita y maravillosa que era su cara! Regalándome una amplia sonrisa, se fue a cambiar al dormitorio diciendo, enseguida estoy contigo, espera un poco.

Mientras esperaba de pie en la sala de estar me llegaban los ruidos de fuera desde el balcón abierto: los niños jugando en la calle, dro, dro, Belandro, siete hombres bailan en la iglesia de Belandro... La grúa del muelle depositando la mercancía en los cargueros, el ladrido de un perro perdido en la lejanía, el pío pío del nido bajo el tejado... En eso, Axun, haciendo un gesto sensato y del mismo modo divertido, se presentó ante mí como una aparición en la puerta de la habitación. Aún hoy veo aquella imagen ante mí: Falda holgada verde hasta las rodillas con un niki rojo. Con su mano izquierda en la cadera, al estilo vamp del cine negro y con la derecha sobre la cabeza, hello, my darling!, me saludó en inglés. Reí. ¡Vamos my darling Clementine!, respondí, recordando un viejo film de John Ford que acababa de ver.

De camino a la playa se me agolpaban y arremolinaban sentimientos en mi interior. Por un lado de vergüenza, algo solo, de quien no ha salido nunca con una única chica joven, y por otro lado orgullo, porque, como diría mi amigo pescador Dionisio llevaba un pedazo de chica al lado. Sí. Me sentía más orgulloso que las sábanas infladas por el viento. Además nos ocurrió algo muy especial. A ambos de repente nos entraron unas ganas enormes de hablar, cortándonos uno a otro sin parar, tanto en el camino como cuando nos tumbamos uno al lado del otro en la playa.

Esa vía de comunicación entre ambos me alegró mucho y sabía que a Axun le estaba sucediendo lo mismo. Aquel primer día que no pudo ser más maravilloso se nos fue. Así pues, olvidándome por completo de mi grupo de amigos, empezamos a salir a diario.
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