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Breve historia de la literatura vasca

Desde principios de los 80, la revista literaria Susa dio el salto a la edición de libros, en un principio de poesía, y a su calor se fueron agrupando una serie de autores que podríamos considerar afines a las líneas estilísticas marcadas por Atxaga e Izagirre. Se podría afirmar que la primera obra publicada por la editorial Susa, Anfetamina (1983), de Xabier Montoia -autor que luego publicaría también en la misma editorial Likantropo (1985) y Narraztien mintzoa (El lenguaje de los reptiles, 1988)-, es en parte deudora de Etiopia. También se integraron en el proyecto Jose Luis Otamendi -que ya para entonces había publicado los poemarios Egusenti biluzia (Amancer desnudo, 1980) y Azken undinaren kaira (Hacia el puerto de la última sirena, 1983)-, Iñigo Aranbarri -autor de Jonas Poisson (1986), Dordokak eta elurrak (Las tortugas y las nieves, 1989) y Harrien lauhazka (Piedras cabalgando, 1998)-, Omar Nabarro (heterónimo de Edorta Jiménez) e Itxaro Borda, entre otros.

De esa época es el primer poemario de Joseba Sarrionandia, Izuen gordelekuetan barrena (Viaje por las guaridas de los terrores, 1981). Tanto en esa como en sus obras siguientes el autor propone al lector un viaje. Un viaje a través de las geografías y las tradiciones de la literatura europea, en esa primera obra, o la leyenda también literaria del marinero errante condenado de por vida, punto de partida de su Marinel zaharrak (Los marineros viejos, 1987), especie de cuaderno de bitácora (para entonces, Sarrionandia sufría pena de cárcel, así que en la obra asoma la angustia provocada por el encierro). Pero habría que esperar a la publicación de Huny illa nyha majah yahoo-k (1995) para visualizar la ambición poética del autor, ya que el título del libro hace referencia al lenguaje de los caballos en Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. El viaje metaliterario, por tanto, como hilo conductor de toda una obra. El tema del viaje también hila la obra de Felipe Juaristi, Denbora, nostalgia (Tiempo, nostalgia, 1985). Partiendo de su lugar de origen, el poeta recorre lugares como París, Viena, New York, la Troya de Helena, la Ithaca de Ulises, Berlín o Praga, tejiendo lazos que unen entres sí la memoria y los lugares visitados. Tras aquel poemario, llegarían Hiriaren melankonia (Melancolía de la ciudad, 1987), Laino artean zelatari (El guardián entre la niebla, 1993) y Galderen geografia (Geografía de las preguntas, 1997).

En esta década de los 80, hacen su aparición las voces de otras dos mujeres, Tere Irastorza e Itxaro Borda, tan personales y diferentes entre sí. Junto a estos nombres, habría que citar los de Luigi Anselmi, Patxi Ezkiaga, Mari Jose Kerejeta, Gerardo Markuleta, Karlos Linazasoro o Pako Aristi. Sin olvidar la importante reedición de la obra de Mikel Lasa, poeta cuya sombra se alarga con el paso del tiempo.

Ya en los noventa, la editorial Susa vuelve a reclamar un lugar al sol. La revista serviría de plataforma de lanzamiento a Lubaki banda (Banda de las trincheras), en la que, entre otros, formaron filas Harkaitz Cano, Asier Serrano, Garikoitz Berasaluze, Xabier Gantzarain, Josu Goikoetxea, Arantxa Irigoien y Xabier Aldai. Dándose a conocer a través de un manifiesto, reactivaron la propia revista, por entonces en stand bay, y desde sus páginas dispararon sus propuestas durante dos años, que fue lo que duró aquella escaramuza. Tras la disolución de la banda, cada ex de la misma tomó sus pertrechos y su senda, y siguió en solitario. Algunos publicaron sendos poemarios en la misma editorial Susa. Harkaitz Cano se estrenaría con Kea behelainopean bezala (Como humo bajo la niebla, 1994), a la que seguiría Norbait dabil sute eskaileran (Alguien anda en la escalera de incendios, 2001) y Dardaren interpretazioa (Interpretación de los espasmos, 2003). En cuanto a Xabier Aldai, dio a la luz Bala zeru urdina (Cielo azul-bala, 1993). Otros ex miembros, como Berasaluze y Serrano, siguieron publicando al margen de Susa.

Desde entonces, el campo de la poesía no ha dejado de extenderse. A las voces ya citadas se han ido uniendo otras nuevas, gracias sobre todo a la labor de las editoriales Susa y Pamiela. De la mano de la primera llegarían propuestas tan interesantes como la de Urtzi Urrutikoetxea, con Borroka galduetatik gatoz (Procedemos de batallas perdidas, 1997), Miren Agur Meabe, con Azalaren kodea (El código de la piel, 2000), Kirmen Uribe, con Bitartean heldu eskutik (Mientras tanto dame la mano, 2001), Igor Estankona, con Anemometroa (Anemómetro, 1998) y Tundra (Tundra, 2002), y Jon Benito, con Aingurak erreketan (Anclas en el río, 2001), entre otras.

En este repaso tampoco había que olvidarse de los poetas cuya obra ha visto la luz gracias a los premios literarios o a su propia iniciativa, tales como Ana Urkiza, Rikardo Diaz de Heredia, Jose Luis Padron, Sonia Gonzalez, Ixiar Rozas, Angel Erro o Mikel Peruarena.

Por último, cabría destacar la importancia que en este comienzo de milenio han adquirido los recitales de poesía, acompañada tanto de música como de otros elementos audiovisuales o multimedia.

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