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Breve historia de la literatura vasca

Fieles a los aires de su tiempo, los códigos literarios de las voces poéticas emergentes responden a una necesidad evidente de ruptura con el pasado. Lejos quedaba ya la novela Leturiaren egunkari ezkutua (El diario secreto de Leturia), de Jose Luis Alvarez Enparantza Txillardegi, y lejos el modelo de modernidad que aportó. Se imponía la búsqueda de nuevos cánones, la experimentación. Y es que una definición de la década debería incluir forzosamente los términos vanguardia y experimentalismo. En lo que se refiere a la poesía, el punto de partida de las nuevas tendencias lo marcaría Etiopia (1978), de B. Atxaga. Pero al hilo de Atxaga no queda sino volver a mirar a Gabriel Aresti, ya que aquél se consideraría como su sucesor natural. No hay que olvidar que el poemario de Gabriel Aresti Harri eta herri era la obra que más iba a influir en los nuevos poetas, junto quizás la de Mikel Lasa. Este poeta y traductor publicaría en 1971 su Poema bilduma (Colección de poemas), obra en la que transita por la tradición simbolista, desde Baudelaire hasta Rimbaud, a quienes ha traducido al euskara, haciendo guiños a las vanguardias surrealistas y dadaístas, hasta alcanzar un nivel de lirismo absolutamente único, lo que le convierte en faro solitario en el panorama de su tiempo. Habría que esperara a que la piedra de Aresti, en manos de Atxaga, se transformara en arena para entender la desolación de Mikel Lasa.

Uno de los miembros de Pott Banda utilizaría la imagen del mayo del 68, aquélla de que bajo los adoquines se encontraría la playa, para decir que debajo de la obra Etiopia se escondía el asfalto, eso que tanto habrían de buscar los nuevos creadores. El título de la obra remite a Rimbaud, el joven que puso patas arriba la poesía, y quizás pretendiera poner de manifiesto que la lección de aquél ya estaba aprendida. Más allá de las críticas iniciales, la obra mostró que la literatura vasca también cabía lejos del mundo rural, en el mero asfalto. Un principio semejante se puede apreciar en la obra de Koldo Izagirre Itsaso ahantzia (Mar olvidado, 1976), con el amor, la soledad y el mar como temas y la influencia del poeta surrealista Paul Eluard como guía. Poco después, en 1977, el mismo Izagirre publicaría Oinaze Zaharrera (Hacia el viejo dolor, 1977), a la que seguirían, ya más tarde, Balizko erroten erresuma (El reino de los molinos imaginarios, 1989) y Non da Basques’ harbour? (¿Dónde está Basques’ harbour?, 1997), además de Rimmel (2006), en lo que hasta ahora es una de las carreras poéticas más brillantes de nuestra literatura.

Frente a las propuestas vanguardistas de Atxaga e Izagirre, otros poetas, como Bitoriano Gandiaga (Hiru gizon bakarka-Tres hombres a solas, 1974; Uda batez Madrilen-Un verano en Madrid, 1977; Denbora galdu alde-Por el placer de perder el tiempo, 1986) y Juan Mari Lekuona (Muga beroak-Fronteras calurosas, 1972; Ilargiaren eskolan-En la escuela de la luna, 1979; Mimodramak eta ikonoak-Mimodramas e iconos, 1990) plantean otras propuestas. Si bien ambos autores tienen en común tanto la influencia de Jorge Oteiza como su admiración por el Aresti de los sesenta, sus respectivas obras poéticas son únicas. En el caso de Gandiaga, el poeta venía de aquel armonioso poemario ya por entonces legendario, Elorri (Espino; idealización de Euskal Herria desde el entorno bucólico de Arantzazu, en cuyo convento vivía), pero dejaría atrás esa vía poética para acceder a otras visiones de la realidad, más pesimistas y problematizadas. Así, aparecen como temas la ausencia de una fe firme en la naturaleza, la preocupación por el país y la lengua, o la soledad y el anonimato de la vida en las urbes. Sería Lekuona quien definiría el estilo de Gandiaga como “expresionismo social”. El mismo Lekuona recurrió a materiales parecidos a los de Gandiaga, a la unidad básica del ser humano con la materia elemental, mostrando siempre un gran compromiso en la búsqueda de un mundo nuevo para la humanidad. Podría decirse que su poética hizo escuela, en tanto en cuanto que su huella puede ser rastreada en la obra de Imanol Irigoien Argiaren barne-distantziak (Las distancias interiores de la luz, 1989) o en la de Amaia Iturbide Gelak eta zelaiak (Habitaciones y campos, 1994), como casos más evidentes. Y cabría citar a otros poetas, como Joxe Austin Arrieta, Juan Ramon Madariaga, Juan Kruz Igerabide, Pello Zabaleta o Patziku Perurena, que, aunque con voz propia, tampoco se alejan demasiado de la senda marcada por Lekuona.

La década de los 70 aportó un ramillete de tendencias digno de remarcar. Así, Joseba Zulaika, con Adanen poema amaigabea (Poema inacabado de Adán, 1975), mostraba una actitud de queja existencial, mientras que otros autores, como Luis Mari Mujika, tendían a la poesía popular, con obras como Hitzak ebakitzen (Pronunciando las palabras, 1975), si bien en sus próximos poemarios éste volvería a la poesía de corte clásico, en obras como Zortziko hautsiak-Octosílabos rotos, 1978; Herria eta bidea-Pueblo y camino, 1978; Arnas gaiztoa erromantzeen airera-Respirando mal en tonos de romances, 1979, o Aire neurtuak-Aires rimados, 1984. Por su lado, Arantxa Urretabizkaia, tras su largo poema San Pedro bezperaren ondokoak, vuelve al intimismo en Maitasunaren magalean (En el regazo del amor, 1982). Un poco más allá, Amaia Lasa cultiva un nihilismo de corte romántico en sus obras Hitz nahastuak (Palabras confusas, 1977) y Nere paradisuetan (En mis paraísos, 1979). Sin olvidar la poesía de Manu Ertzilla, de gran sensibilidad. De hecho, por aquel entonces todo era posible, o lo parecía. Una muestra la dio el movimiento artístico Ez dok Amairu, en el que participarían voces tan diversas como Xabier Lete, Hartzabal (Joxean Artze) y Joxe Angel Irigarai. Junto a la visión intimista y al tiempo conflictiva del Lete de Bigarren poemategia (Segundo poemario, 1974), nos encontramos con la visión mítico-simbólica contenida en Kondairaren ihauterian (En el carnaval de la historia, 1978), de Joxe Angel Irigarai. Dentro del mismo movimiento surgiría la poesía de Hartzabal, con Isturitzetik Tolosan barru (Desde Isturitz por Tolosa, 1969); Laino guztien azpitik…, eta sasi guztien gainetik… (Por bajo de la niebla…, por sobre los zarzales…, 1973); …bide bazterrean hi eta ni kantari… (Tú y yo cantando junto al camino..., 1979), experimentación en estado puro, con proyecciones públicas de sus poemas visuales como espectáculo lírico acompañado de su propia voz y de músicas de vanguardia.

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