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Euskal Idazleen Elkartea

Breve historia de la literatura vasca

Llegados a la década de los 90, algunos autores, como el mismo Atxaga, dieron el paso hacia el realismo más crudo. En el caso del escritor de Asteasu, ese paso vendría precedido por Behi euskaldun baten memoriak (Memorias de una vaca, 1991), que, si bien conservaba el toque de novela fantástica (la protagonista es una vaca que habla, evidentemente), lo hacía en un contexto realista, marcado por las huellas de la guerra de 1936-1939. Las obras posteriores, Gizona bere bakardadean (El hombre solo, 1993) y Zeru horiek (Esos cielos, 1995), nos presentarían como protagonistas a personajes ligados a lo que se ha venido en llamar el conflicto vasco, si bien en el trasfondo de ambas obras estaría la soledad del ser humano. La por el momento última novela del autor es Soinujolearen semea (El hijo del acordeonista, 2003).

Por su parte, Anjel Lertxundi, con la novela Carla (1989), también marcó un antes y un después en su carrera de narrador. Si hasta entonces había venido transitando a la sombra de la narrativa latinoamericana, a partir de ese momento toma la amplia senda de la tradición literaria europea. De hecho, la novela policíaca Kapitain Frakasa (Capitán Fracaso, 1991) traía ecos del estilo de un autor como Graham Green. En sus posteriores trabajos, Lertxundi se adentraría más en la tradición oral y escrita europea, para presentarnos una lectura actualizada de elementos tradicionales como el diablo, la inmortalidad o la propia muerte como personaje. En apoyo de este proyecto de largo aliento, la editorial Alberdania crearía la colección IfrentzuakReversos-, en la que verían la luz las obras de Lertxundi posteriores a Otto Pette (Las últimas sombras, Otto Pette, 1994). Se trata de Piztiaren izena (1995), Azkenaz beste (1996), Letrak kalekantoitik (1996) y Argizariaren egunak (1998). Zorion perfektua (Felicidad perfecta, 2003), Ihes betea (Línea de fuga, 2006) y Zoaz infernura, laztana (Vete al infierno, cariño, 2008) son sus, por el momento, últimas novelas.

Por otro lado, y tras diecinueve años de silencio, Ramon Saizarbitoria vuelve a la escena literaria con Hamaika pauso (Los pasos incontables, 1995). La novela puede ser tomada como un resumen de lo ya antes hecho por el autor, y también como una anticipación de lo que nos iban a deparar sus próximas obras. Se ha oído decir que Hamaika pauso es el retrato de una generación muy concreta, ya que, por boca de su protagonista, Iñaki Abaitua, se cuenta cómo es fusilado Daniel Zabalegi, trasunto del miembro de ETA Angel Otaegi, en 1975. A medida que la narración avance, las biografías de los dos personajes se irán tejiendo y destejiendo. Tras esa novela llegaría Bihotz bi. Gerrako kronikak (Dos corazones. Crónicas de guerra, 1996), sobre la Guerra Civil y la guerra de las parejas. Luego llegaría Gorde nazazu lurpean (Guárdame bajo tierra, 2000), compuesta de cinco narraciones que tienen como tema común la obsesión por desenterrar algún cadáver. El libro reflejaría la obsesión de Saizarbitoria con la guerra civil, el desencuentro de las parejas y el tema de la propia escritura.

Junto a los ya citados, cabría recordar a muchos más autores que durante la década siguieron publicando, con obras tan importantes como la de Koldo Izagirre, con Metxa esaten dioten agirretar baten ibili herrenak (Un Aguirre llamado Mecha, 1997), Ez duk erraza, konpai! (No es fácil, compai, 1995), Nik ere Germinal egin gura nuen aldarri (También yo hubiera gritado ¡Germinal!, 1998), Agirre zaharraren kartzelaldi berriak (Nuevas prisiones del viejo Aguirre, 1999). Por su parte, Patxi Zabaleta publicaría su trilogía sobre la Navarra del siglo XX, compuesta por Ukoreka (1994), Badena dena da (1995) y Arian ari (1996). Edorta Jimenez hizo lo propio con Speed gauak (Noches de speed, 1990), Azken fusila (El último fusil, 1994) y Baleen berbaroa (Voces de ballena, 1999); a esta última seguirían las otras dos novelas que componen la trilogía Piztien Itasoa (El mar de las bestias), Sukar ustelaren urtea (El año del tifus, 2004) y Azeria eta Lehoia (El zorro y el león, 2007). También Joxemari Iturralde publicaría una trilogía, escrita con el propio país como eje temático, compuesta de Izua hemen (El terror aquí, 1989), Kilkerra eta roulottea (El grillo y la roulotte, 1997) y Euliak ez dira argazkietan ateratzen (Las moscas no salen en las fotos, 2000). La lista de autores y autoras de narrativa de la década debería incluir entre otros nombres los de Aingeru Epaltza, Joxean Agirre, Jon Alonso, Laura Mintegi, Xabier Mendiguren Elizegi, Hasier Etxeberria y Lourdes Oñederra, así como los de quienes despuntan con el nuevo milenio, como Harkaitz Cano, Xabier Aldai, Ixiar Rozas, Jasone Osoro, Julen Gabiria, Unai Elorriaga (su nobela Un tranvía para SP  recibiría el Premio Nacional de Literatura de España en 2002), los hermanos Etxeberria o Fernando Morillo.

En definitiva, el actual panorama de la narrativa en lengua vasca nada tiene que ver con el de los primeros años tras la muerte del dictador. La producción mejora tanto en calidad como en cantidad. Aparecen novelas de humor, como las de Joxean Sagastizabal Kutsidazu bidea, Ixabel (Muéstrame el camino, Isabel; editada en 1994 y llevada recientemente al cine) o Gerturik daukagu odola (Dispuestos a dar nuestra sangre, 1999); novelas de ciencia-ficción como la de Iñaki Irazabalbeitia Uda guztiak ez dituk berdinak, Isi (No todos los veranos son iguales, Isi, 1995); novelas de viajes, de la mano de autores como Jon Arretxe; amorosas, como la de Iñaki Mendiguren Haltzak badu bihotzik (El aliso sí tiene corazón, 1990), o eróticas, por medio de la colección puesta en marcha por la editorial Txalaparta, que con el nombre de Literotura va publicando a autores como Paddy Rekalde, Aitor Arana o Juan Martin Elexpuru. La narrativa de divulgación científica encuentra también sus vías de expresión a través, principalmente, de las editoriales Gaiak o Elhuyar. Valga este último apunte tan sólo para constatar el grado de madurez alcanzado por la prosa en lengua vasca.

Pero sería parcial y por tanto injusto cerrar este capítulo sobre la narrativa sin hacer mención de la narrativa corta y de las literaturas para públicos infantiles o juveniles, ya que su peso es más que evidente en nuestra literatura.

En cuanto a la narrativa corta, el género fue tomando impulso durante la década de los 70, siendo sus mayores influencias la obra de Mirande y la tradición anglosajona. De esa época son las obras ya citadas de Lertxundi o Atxaga, y la tan influyente de Joseba Sarrionandia, compuesta por las colecciones de Narrazioak (Narraciones, 1983), Atabala eta euria (El atabal y la lluvia, 1986) e Ifar aldeko orduak (Las horas del norte, 1990), entre otras.

Desde entonces son muchos los nombres de quienes han transitado por el género. Mikel Antza, Inazio Mujika Iraola, Pello Lizarralde, Xabier Montoia, Laura Mintegi, Iban Zaldua, Felipe Juaristi, Karlos Linazasoro, Edorta Jimenez, Arantxa Iturbe y Harkaitz Cano son algunos de ellos.

Más difícil sería hacer un balance de las literaturas infantil y juvenil, géneros en los que la lengua vasca rinde a niveles excepcionales. Ahí tenemos, por ejemplo, a Mariasun Landa, que recibió el Premio Nacional de Literatura de España, por su obra Krokodiloa ohe azpian (Un cocodrilo debajo de la cama, 2003). Otros nombres a tener en cuenta serían los de  Felipe Juaristi, Arrate Egaña, Patxi Zubizarreta, Juan Kruz Igerabide, Joxemari Iturralde, Joxantonio Ormazabal, Aitor Arana, Jesus Mari Olaizola Txiliku o el mismo Atxaga.

El ensayo

A partir de la década de los 70, la ensayística cobraría un cierto auge, destacando la figura de Joxe Azurmendi, autor de referencia obligada con obras como Errealismo sozialistaz (Sobre el realismo socialista, 1978), Arana Goiriren pentsamendu politikoa (El pensamiento político de Arana Goiri, 1978), Euskaldunak eta espainolak (Los vascos y los españoles, 1992), en cuanto al campo de la política, y con otras dedicadas al estudio de la literatura, como Zer dugu Orixeren kontra (Qué tenemos contra Orixe, 1976) y Zer dugu Orixeren alde (Qué tenemos a favor de Orixe, 1977), o Schopenhauer Miranderen pentsamenduan (Schopenhauer en el pensamiento de Mirande, 1989).

Otros autores también se adentrarían en el género a lo largo de los 80. Así lo haría Joseba Sarrionandia, con Marginalia (1988), Ni ez naiz hemengoa (No pertenezco a este lugar, 1985) o Eduardo Gil Bera con O Tempora! O Mores! (1989) y Fisikaz honatago (A este lado de la Física, 1990), como nombres destacados. En los años siguientes, otros autores, como Patziku Perurena, Joseba Zulaika, Mikel Azurmendi o Jose Angel Irigarai publicarían obras también importantes.

Pero si todavía hoy se sigue publicando obra de ensayística es gracias sobre todo a los concursos que premian el género. A modo de ejemplo cabe citar el premio Mikel Zarate, concedido anualmente por BBK y Euskaltzaindia, el Irun Hiria, el Becerro de Bengoa de la Diputación Foral de Álava, el Xalbador de la Diputación Foral de Navarra, el Santi Onandia de la municipalidad de Amorobieta-Etxano, el Miguel de Unamuno de la municipalidad de Bilbao, o el Justo Garate de la municipalidad de Bergara, e incluso los premios Pedro de Axular, del Gobierno Vasco a lo largo de los ochenta. En ese contexto han publicado obras importantes autores como Jon Sudupe, Jose Manuel Odriozola, Patri Urkizu, Jon Alonso, Luis Alberto Aranbarri Amatiño, Kirmen Uribe, Jon Elordi o Juana Atxabal.

En cuanto a la temática, habría que señalar la diversidad, aunque la política y la cultura destacan sobre temas como la sociedad o la economía. Editoriales como Elkar o Alberdania han abierto sendas colecciones de ensayo y divulgación, en concreto en la segunda, en su colección Zerberri, se publicaría la obra de Saizarbitoria Aberriaren alde, eta kontra (A favor de la patria, y en contra, 1999).

No se debería desdeñar el espacio que la crítica literaria mantiene dentro del género de la ensayística, con ejemplos tan señalado como el de Lourdes Otaegi, autora de Lizardiren poetika Pizkundearen ingurumariaren argitan (La obra poética de Lizardi a la luz del contexto de Pizkunde, 1994), el de Iñaki Aldekoa con obras como Zirkuluaren hutsmina (El doloroso vacío del círculo, 1993), Antzarra eta ispilua Obabakoak-en irudimen mundua (El ganso y el espejo, el mundo imaginario de Obabakoak, 1992), Munduaren neurria; Arestiren ahots biblikoaz (La medida del mundo; sobre la voz bíblica de Aresti, 1998); el de Jon Kortazar, con Laberintoaren oroimena: gure garaiko olerkigintzaz (Memoria del laberinto: sobre la poesía de nuestro tiempo, 1994), Luma eta lurra. Euskal poesía 80ko hamarkadan (La pluma y la tierra. La poesía vasca en la década de los 80, 1997), o el de Mari Jose Olaziregi, con Bernardo Atxagaren irakurlea (El lector / la lectora de Bernardo Atxaga, 1998), Intimismoaz haraindi: emakumezkoek idatzitako euskal literatura (Más allá del intimismo: la literatura vasca escrita por mujeres, 1999), Ramon Saizarbitoriaren unibertso literarioa (El universo literario de Ramón Saizarbitoria, 2001) y Euskal eleberriaren historia (Historia de la novela vasca, 2002).

El teatro

En la década de los 70 alcanzaría su cénit la que algunos han convenido en llamar la tercera generación de la posguerra. Al final de la dictadura, al grupo de autores teatrales ya existente, como Atxaga, Haranburu, Lete, Arozena y Landart, se unen los nombres de Amestoy, Eneko Olasagasti, Xabier Mendiguren o Yolanda Arrieta. Entre las piezas de la época habría que citar a un Atxaga que, tomando el testigo de Aresti, publica el texto de Borobila eta puntua (El círculo y el punto). En la obra se daban elementos de la tradición teatral hibridados con otros más propios de la vanguardia, anticipando lo que habría de ser el manifiesto titulado Euskal Theatro Berria(ren alde) (Por Un Teatro Nuevo), publicado en la revista Anaitasuna, manifiesto en el que se abogaba por un teatro nacional, popular y revolucionario.

Era una época en la que las infraestructura brillaban por su ausencia, y cuando la ocasión lo exigía eran los frontones y polideportivos los espacios que acogían las escenificaciones, sin olvidar otros espacios, como aulas escolares o universitarias. Con todo, la actividad teatral se mantenía viva. 

A principios de la década de los 80, el conocido grupo de Bilbao Cómicos de la legua se dividía en dos, quedando por un lado lo que sería el grupo Karraka, con Ramón Barea, y el grupo Maskarada, con Karlos Panera. El segundo pondría en escena numerosas obra en lengua vasca, tanto contemporáneas (particularmente de Atxaga) como de clásicos traducidos (de Oscar Wilde, como La importancia de llamarse Ernesto, o de Marc Legasse, como Gastibeltzaren karabinakLas carabinas de Gastibeltza). En la misma línea, un grupo de colectivos teatrales fundaría Antzerki Taldeen Biltzarra (Asamblea de Grupos Teatrales). Sin embargo, sus esfuerzos serían baldíos, ya que la distancia entre los grupos profesionales Maskarada y Kukubiltxo era enorme con respecto a los grupos aficionados, que eran todos los demás.

A partir de entonces llegaron años de muchas sombras y pocas luces para el teatro vasco. Si bien el Gobierno Vasco había fundado la escuela de teatro Antzerti, la misma desaparecería al poco de comenzar su andadura. En su lugar irían creándose aquí y allá escuelas de teatro independientes. En aquella situación, la producción de textos teatrales estaba condenada a una grave crisis. Tal y como ocurrió con el género ensayístico, la creación de textos teatrales quedó prácticamente reducida al ámbito de los concursos y premios de diferentes entes e instituciones. A día de hoy se mantienen vivos el premio BBK-Euskaltzaindia Toribio Altzaga y el Donostia Hiria.

De quienes en la última década han cultivado el género citaremos los nombres de Xabier Mendiguren, Luis Haranburu, Junes Casenave, Juanjo Olasagarre, Martin Irigoien, Karlos Linazosoro, Juan Karlos del Olmo, Koldo Daniel Izpizua, Ramon Agirre, Aitzpea Goenaga, Antton Luku, Pantxo Hirigaray y Javi Cillero, sin pretender agotar la nómina de autores.

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