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Euskal Idazleen Elkartea

Breve historia de la literatura vasca

En la década de los 80 se dieron importantes acontecimientos en el mundo literario vasco. Así, en 1982 se crearía EIE (Euskal Idazleen Elkartea / Asociación de Escritores en Lengua Vasca), y cinco años después nacería EIZIE (Euskal Itzultzaile, Zuzentzaile eta Interpretatzaileen Elkartea / Asociación de Traductores, Correctores e Intérpretes de Lengua Vasca). Eso en el plano de las estructuras del sistema literario vasco.

En el plano de la creación también se verían cambios importantes. Así, si bien en la década anterior el vanguardismo y la experimentación habían estado a la orden del día, en esta nueva década se impone una cierta vuelta a la realidad. No todos los autores y autoras lo harán por la misma vía. A modo de ejemplo, Joan Mari Irigoien, autor de Oilarraren promesa (La promesa del gallo, 1980), Poliedroaren hostoak (Las hojas del poliedro, 1983), Udazkenaren balkoitik (Desde el balcón de la primavera, 1987), Babilonia (1989) y Consummatum est (1993), recurre a la vía del realismo mágico, tan en boga por entonces. De hecho, en la mayoría de las obras de Irigoien se presentan sagas familiares, como en Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Sagas que retratan varias generaciones, desde el siglo XIX hasta nuestros días, pretendiendo con ello poner de manifiesto los cambios en el universo de la lengua y en la propia cosmogonía tradicional, así como en el campo de lo estrictamente político, con todas sus contradicciones y luchas fratricidas. 

La sombra de Márquez era tan alargada que alcanzó a un autor como Anjel Lertxundi y es perceptible en Hamaseigarrenean, aidanez (A la de dieciséis, según parece, 1983), en la que los paralelismos con Crónica de una muerte anunciada son más que evidentes. Con todo, el escritor de Orio rompió con la visión casi idílica del mundo rural vasco que Irigoien planteaba, y lo hizo hablando de la soledad de una mujer condenada a vivir en ese mundo, tremendamente agobiante, machista y duro. Lertxundi ya llevaba sobres sus espaldas obras como las ya citadas colecciones de relatos Hunik arrats artean o Aise eman zenidan eskua, pero sería Hamaseigarrenean aidanez la que lo confirmara como un importante valor de la literatura. La obra es, junto a la de Atxaga Bi anai (1985, editada en castellano con el título de Historias de Obaba, en 2001) una de las cimas de la narrativa de aquellos años.

También Atxaga, en Bi anai, recurre a ese mundo rural arriba citado, integrándolo en un relato que no por fantástico es menos crudo. Así, junto a las voces de Paulo y su hermano Daniel, retrasado, se unen las de dos animales que anuncian la tragedia en la que acabará el relato. Y la crueldad de ese mundo rural antes tantas veces idealizado es también uno de los rasgos de la narrativa de Pako Aristi, autor de la trilogía formada por Kcappo, tempo di tremolo (1985); Irene, tempo di adagio (1987) y Crisálida (1990), novelas en las que hechos como el incesto, la violación, las relaciones sexuales indomables o los homicidios aparecen una y otra vez. 

Ya antes de esos años ochenta la novela policíaca había tenido un cultivador prolífico y tenaz, que también durante esa década seguiría escribiendo y editando sus propios libros. Se trata de Xabier Gereño, autor de, entre otras, las novelas Hiltzaile baten bila (Se busca asesino, 1971), Espioitza (De espías, 1977) y Gudari bat (Un gudari, 1977). También Gotzon Garate cultivó el género, con novelas y colecciones de relatos, entre los que cabría citar Esku leuna (Suave mano, 1978), Goizuetako ezkongaiak (Los prometidos de Goizueta, 1979), Elizondoko eskutitzak (Cartas de Elizondo, 1981), Muskilak (Retoños, 1980), Izurri berria (La nueva epidemia, 1982) o Alaba (Hija, 1984). También Xabier Kintana se acercó al género, con Ta Marbuta (1984). Aunque lo más destacable, desde la perspectiva actual, fue la aparición como novelista de Itxaro Borda, con Basilika (1984). Itxaro Borda iba a crear la detective más original de la narrativa en euskara. Se trata de Amaia Ezpeldoi, protagonista de las novelas Bizi nizano munduan (Mientras viva en este mundo, 1996), Amorezko pena baño (Más de amores que de penas, 1996) y Jalgi hadi plazara (Sal a la calle, 2007).

Muy diferente sería la senda que tomara Juan Luis Zabala, autor de novelas como Zigarrokin ziztrin baten azken keak (Las últimas volutas de un mísero cigarrillo, 1985) o Kaka esplikatzen (Explicando lo evidente, 1989), o la de Pello Lizarralde, con E pericoloso sporgersi (1984), Sargori (Bochorno, 1984) o Hatza mapa gainean (El dedo en el mapa, 1988). Ambos transitarían por la más absoluta modernidad, tanto temática como estilística, si bien las similitudes entre ambos terminan ahí. Sin olvidar a Aingeru Epaltza, que irrumpe en el panorama literario con Sasiak ere begiak baditik (Hasta las paredes oyen, 1986), novela ambientada en la Primera Guerra Carlista.

Sin embargo, la obra que marcaría tanto la década como los años por venir sería Obabakoak (1988), de Atxaga, a la que se otorgaría el Premio Nacional de Literatura de España. El libro tiene su origen en el relato Camilo Lizardi erretorearen etxean aurkitutako gutunaren azalpena, relato galardonado en 1982 con el Premio Ciudad de Irun de narrativa breve. Ahí estaba ya Obaba, la geografía literaria del autor, presente también en sus obras siguientes, como Sugeak txoriari begiratzen dionean (Cuando una serpiente…; 1984), Bi letter jaso nituen oso denbora gutxian (Dos letters, 1984) o la ya citada Bi anai. Todo confluyó en Obabakoak, obra que se sigue traduciendo a los idiomas más diversos.

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